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El discurso que Guindos y Rajoy deberían leer hoy mismo

Jackson Hole es un clásico del verano. Como se sabe, allí se reúnen durante varios días, desde los últimos años 70, los banqueros centrales de medio

Foto: El gobernador del Banco de Japón, Haruhiko Kuroda (Reuters)
El gobernador del Banco de Japón, Haruhiko Kuroda (Reuters)

Jackson Hole es un clásico del verano. Como se sabe, allí se reúnen durante varios días, desde los últimos años 70, los banqueros centrales de medio mundo, lo que explica el interés mediático que despierta el cónclave. Sobre todo en estos últimos años en los que los bancos centrales han tomado las riendas de la política económica.

Paradójicamente, fue la demencial política monetaria expansiva de los años anteriores a la crisis (sin compensarla con políticas fiscales más restrictivas) la que cultivó y alimentó el desastre; pero, curiosamente, esa misma estrategia (articulada ahora en unas circunstancias muy distintas) es la que ha salvado al mundo de la hecatombe.

Sea como fuere, lo cierto es que en el estado de Wyoming es donde los banqueros centrales cuentan las verdades del barquero, valga el juego de palabras. Y entre las perlas de este año se encuentra un lúcido discurso del gobernador del Banco de Japón, Haruhiko Kuroda, en el que saca los colores –sin citarlos– a quienes han dirigido la política económica de Europa en los últimos años.

 

Kuroda sabe de lo que habla. Es obvio que conoce mejor que nadie la experiencia de su país. Como recuerda en su discurso, hace ahora casi un cuarto de siglo, a principios de los años 90, Japón sufrió con extraordinaria intensidad la explosión de sus burbujas de activos (no sólo el inmobiliario), lo que obligó a empresas y hogares a ajustar sus deteriorados balances. El resultado, como no podía ser de otra manera, fue una intensa recesión. Y en coherencia con ello una de las consecuencias más negativas, también como todo el mundo sabe, es que pese a las ingentes cantidades de dinero público, Japón vivió en medio de una formidable deflación durante al menos 15 años.

El gobernador del Banco de Japón saca los colores a quienes han dirigido la política económica de Europa en los últimos años. Es obvio que conoce mejor que nadie la experiencia de su país.El problema de Japón –aún lo tiene– es que ese extraordinario ajuste económico coincidió en el tiempo con un proceso de envejecimiento de la población sin parangón en ninguna parte del planeta, lo que afectaba de forma decisiva al mercado laboral. Y aunque Japón ha vuelto a crear empleo de forma sostenida –hasta acercar la tasa de paro coyuntural a la estructural (la que no tiene que ver con el ciclo económico)–, lo cierto es que las autoridades económicas han identificado una serie de problemas que bien podrían aplicarse al caso español, por muchas diferencias que haya (y las hay) entre ambas economías.

Ahorro de las empresas

El gobernador Kuroda identifica una deficiencia casi obvia pero que bien podría estar sucediendo en España. En los últimos años, el ahorro neto de las empresas está creciendo de forma relevante, a un ritmo mucho más veloz que el de los hogares. Kuroda llama a esto la paradoja del ahorro. Las empresas están utilizando las ganancias obtenidas mediante los recortes salariales a acumular reservas financieras en lugar de a la inversión. Y el resultado no puede ser otro que la demanda interna tiende a encogerse.

 

¿Y por qué sucede esto?, se pregunta Kuroda. Por una lógica aplastante. Puesto que la demanda agregada se achica, los beneficios empresariales también lo hacen, y la respuesta que dan las empresas a este fenómeno es recortar aún más los salarios de sus trabajadores para que no se contraigan sus excedentes. El propio gobernador del Banco de Japón –nada sospechoso de ser un ultraizquierdista irredento– reconoce que eso tiene mucho que ver con un círculo vicioso. Los salarios bajan para no mermar la solvencia de las empresas y, como disminuye la renta disponible de los hogares, también se reduce la demanda interna y, por lo tanto, los beneficios empresariales.

Hay más. Como recuerda Kuroda, la deflación (y España la acaricia) afecta de forma significativa a las decisiones de inversión de las empresas. Las perspectivas de deflación reducen la tasa esperada de los rendimientos empresariales. O lo que es igual: si alguien pensaba ganar un 5%, un periodo largo de deflación bajará necesariamente la rentabilidad de los activos. Es casi de perogrullo. Por eso, precisamente, las empresas atesoran sus beneficios en lugar de destinarlos a inversión. De esta manera, se protegían ante posibles pérdidas en el futuro. No sólo reducen deuda –lo cual es razonable–, sino que guardan los excedentes debajo del colchón.

A principios de los años 90, Japón sufrió con extraordinaria intensidad la explosión de sus burbujas de activos, lo que obligó a empresas y hogares a ajustar sus deteriorados balances. El resultado fue una intensa recesión.¿Cómo escapó Japón de este círculo vicioso? Kuroda lo explica de forma muy pedagógica. Lo primero que había que hacer era resolver una ecuación. Si la incertidumbre y la preocupación por el futuro eran la causa de la disminución de los salarios (para compensar la pobre evolución de los beneficios), lo que había que hacer era que tanto trabajadores como empleadores mejoraran sus expectativas de inflación. O lo que es lo mismo, pasar de una deflación a una tasa moderada de inflación en el entorno del 2%. Precisamente el objetivo del BCE. Los estímulos monetarios del Banco de Japón van en esa dirección.

Desempleo e inflación

Si el gobernador Kuroda fuera ministro del Gobierno de España, es probable que estuviera la mar de satisfecho. Al fin y al cabo, el desempleo japonés se encuentra en el 3,7% de la población activa, un nivel similar al del paro estructural, lo que induce a pensar que no existen tendencias inflacionistas ni fuentes de futuros desequilibrios. Pero como Kuroda no forma parte del Gobierno español ha identificado un problema que lastra el crecimiento de su país. Y que no es otro que el empleo a tiempo parcial.

 

Como reconoce en su discurso, los problemas se presentaron en los años de la deflación (tan suicidamente defendida por algunos). Las empresas, para poder reducir sus costes laborales, lo que hicieron fue invertir en máquinas (una forma de compensar la falta de empleados a causa del envejecimiento) y también en trabajadores a tiempo parcial. La fórmula funcionó: la recuperación de su economía vino en un primer momento del empleo de menor duración, sobre todo en las empresas del sector servicios, mientras que el manufacturero seguía contratando de forma ‘clásica’.

Si la incertidumbre y la preocupación por el futuro era la causa de la disminución de los salarios, lo que había que hacer es que tanto trabajadores como empleadores mejoraran sus expectativas de inflación. Aquí nace, sin embargo, otro problema. Debido a la escasa movilidad laboral –existe una dualidad evidente entre trabajadores a tiempo parcial y a tiempo completo–, los salarios siguen bajando. Los trabajadores prefieren ver mermar sus nóminas antes que perder el empleo, lo cual tiene indudables efectos macroeconómicos. La economía crece muy poco porque los salarios son bajos, no empujan la actividad económica y, por ende, los beneficios empresariales.

Lo que propone el gobernador Kuroda es recordar la célebre ‘mano invisible’ de Adam Smith, pero en un sentido claramente intervencionista: Kuroda dice que los salarios deben subir hasta un nivel cercano al objetivo de inflación, un 2%. El gobernador del Banco de Japón, de hecho, se queja de que en el último decenio, debido a que los empleados aceptaban cualquier salario para no ser despedidos y a que las empresas preferían engordar sus reservas, la negociación colectiva había prácticamente desaparecido.  

Su conclusión es limpia como la patena. Las empresas y los hogares deben tener certeza de que la inflación va a volver a tasas moderadas del 2%. Y por eso propone lisa y llanamente la creación de un mecanismo de fijación de salarios que juegue un papel importante en la estabilización de las expectativas de inflación en torno a ese 2%. Y eso es, precisamente, lo que están haciendo las empresas, tanto las grandes como las pequeñas y medianas: hacer caso a los llamamientos del Gobierno para que suben los salarios de forma moderada.

Ya sabemos por qué Kuroda no se sienta cada viernes en el Consejo de Ministros.

Mientras Tanto
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