MIENTRAS TANTO

Una tragedia catalana

Recordaba Herrero de Miñón en abril, en una polémica conferencia en el Círculo de Economía de Barcelona, un ensayo del historiador y filósofo francés Ernest Renan

Foto: Papeletas para la consulta de hoy en Cataluña. (AP)
Papeletas para la consulta de hoy en Cataluña. (AP)

Recordaba Herrero de Miñón en una polémica conferencia ofrecida en abril en el Círculo de Economía de Barcelona –en la que propuso incluir una nueva disposición adicional en la Constitución para resolver la cuestión catalana– un lúcido ensayo del historiador y filósofo francés Ernest Renan, leído en 1882 en la Sorbona de París.

El texto es muy conocido, y, como se sabe, pretendía responder a una pregunta clave que puede explicar algunas cosas de las que están pasando. No sólo en Cataluña, sino, también, en otros territorios europeos en los que el virus nacionalista ha germinado. Se titulaba: ¿Qué es una nación?, lo que da idea de su actualidad.

Renan, que era un estudioso de las civilizaciones antiguas, sostenía que una nación consiste en que “todos los individuos tengan muchas cosas en común”. Pero, al mismo tiempo, llamaba la atención sobre algo que se suele pasar por alto. Para llegar a tener “muchas cosas en común” era necesario previamente “haber olvidado muchas cosas”. Y ponía un ejemplo.

Ningún ciudadano francés sabe si es burgundio, alano, taífalo o visigodo. Incluso, sostenía, todo ciudadano francés estaba obligado a olvidar la noche de San Bartolomé (el asesinato en masa de protestantes durante las guerras de religión) y, por supuesto, las matanzas del Mediodía durante el siglo XIII. Su conclusión era diáfana. “No hay en Francia”, decía, “diez familias que puedan suministrar la prueba de su origen franco”. E incluso, si eso fuera posible, las pruebas serían falsas “a consecuencia de mil cruzamientos desconocidos que puedan descomponer todos los sistemas genealogistas”.

La tercera opción es construir una nueva racionalidad en Cataluña a partir de una puesta al día de la Constitución. O lo que es igual: el reconocimiento de la realidad catalana -como la del resto de entes territoriales tras tres décadas de sistema autonómico- dentro de la Carta Magna

Renan, en realidad, lo que quería subrayar es que una nación no es una dinastía -ahí está el caso de EEUU-. Ni siquiera una raza, una lengua o una religión. Tampoco una comunidad de intereses o una determinada geografía. Una nación, decía, “es un alma, un principio espiritual”. O lo que es lo mismo, una nación es una gran solidaridad constituida por el sentimiento de los sacrificios comunes. Y en coherencia con esta idea defendía que una nación es un plebiscito cotidiano con un objetivo compartido: “continuar la vida en común”.

Parece evidente -a estas alturas es irrelevante entrar a fondo en las causas últimas de este desencuentro- que ese plebiscito cotidiano, que va mucho más allá que votar cada cuatro años, se ha quebrado. Hoy, guste o no, una parte importante de los catalanes desiste de vivir en común con el resto del Estado, y ese es, en realidad, el centro del problema. Todo lo demás es accesorio. Todos y cada uno de los jugadores de esta partida, Artur Mas, Mariano Rajoy o el propio Rodríguez Zapatero –y, por supuesto, Oriol Junqueras o la ANC– son una mera anécdota histórica que pasarán con el tiempo. Lo relevante es que hoy una parte significativa del pueblo catalán ya no quiere seguir siendo parte de España. Así de duro.

Un relato inveraz

La tentación inmediata de cualquier político es echar mano del pasado para explicar el futuro, y ahí está el nacionalismo para inventarse la historia y construir un relato inveraz sobre el que construir su propia entelequia. Otros, al contrario, basan únicamente su estrategia política en lazos históricos para justificar la pervivencia de una nación. Olvidando, así, lo principal.

Una nación -como una Monarquía o cualquier institución democrática- es, siguiendo a Renan, un plebiscito diario. Y parece evidente que a causa de los errores cometidos por el Estado en los últimos 30 años en Cataluña, renuncia a influir de forma decisiva en el sistema educativo, financiación asegurada como contrapartida al papel de CIU en el parlamento o auténtica desgana cuando la corrupción trepaba por las instituciones, España ha dejado de ser para muchos catalanes ese proyecto común.

En el proscenio de esta ópera bufa propiciada por el nacionalismo y sus acólitos hay, sin embargo, otro actor -el Estado- que corre el peligro de caer en el mismo error si alguien no cambia a tiempo el libreto para enriquecer el discurso político más allá de los inevitables recursos ante las instituciones judiciales

Rajoy tiene al menos tres opciones. La primera, hacer oídos sordos y no darse por enterado de que pantomimas como las de este domingo siguen marcando cansinamente la agenda política del conjunto del país, lo cual generará necesariamente más independentistas. Lo mismo que el tiempo corre a favor de Podemos y del populismo si quien puede y debe hacerlo no actúa contra la corrupción y las malas artes en política, los nacionalistas se nutren fundamentalmente de la inacción del Estado. Y mirar hacia otro lado sólo seguirá restando razones para seguir esa vida en común. El árbol de la unidad seguirá perdiendo ramas.

La segunda opción es verter el agua del barreño con el niño dentro. Es decir, tirar por la calle de en medio y suspender la autonomía por la vía de una lectura torticera de la Constitución, lo cual generaría hoy otros problemas de incalculables consecuencias. Hay que reconocerle a Rajoy el indudable mérito de no haberse dejado secuestrar por los cantos de sirena de una parte significativa de su electorado. Malo es no actuar, pero peor hubiera sido sobreactuar, como hacen los malos actores, para calmar a una parte de su respaldo popular.

La tercera opción es construir una nueva racionalidad en Cataluña a partir de una puesta al día de la Constitución. O lo que es igual: el reconocimiento de la realidad catalana –como la del resto de entes territoriales tras tres décadas de sistema autonómico– dentro de la Carta Magna.  No hay nada peor que tratar de forma igualitaria problemas desiguales, como se pretendió con el célebre ‘café para todos’.

Espíritu de nación

En el fondo, y aunque parezca mentira, en la esencia del guirigay actual se encuentra simplemente el reconocimiento de la singularidad de Cataluña, que no supone necesariamente un trato de favor. A veces se olvida que el problema de la disposición adicional que garantiza constitucionalmente los derechos históricos de los territorios forales no es la existencia de ese precepto, sino el cálculo del Cupo, que es lo que distorsiona el reparto de la solidaridad interregional. El Cupo se estima con criterios políticos y no únicamente técnicos, lo cual altera las reglas del juego y explica el lógico cabreo de muchos ciudadanos con el régimen foral.

¿Qué es lo que impide adentrarse en una reforma constitucional? Sin duda, la deslealtad de algunos actores de la obra dramática que vive hoy España. En particular el nacionalismo burgués catalán

Esto no significa, en ningún caso, que haya que cambiar la Constitución para satisfacer a los nacionalistas catalanes. Al contrario. Se trata de aprovechar la necesaria puesta al día de la Carta Magna para resolver las ineficiencias y hasta las incoherencias que necesariamente ha producido el sistema autonómico. Como, por cierto, era inevitable dado que España se adentró en 1978 en un territorio tan desconocido como complejo. Como dice el profesor Muñoz Machado, volver a dotarnos de un sistema constitucional capaz de durar otros 30 y 40 años aprendiendo de los errores pasados. Básicamente uno: la inacción del Estado en cuestiones fundamentales que moldean ese espíritu de nación que reclamaba Renan. Al contrario de lo que sucede de forma nítida en países tan distantes política y administrativamente como EEUU o Francia.

¿Qué es lo que impide adentrarse en una reforma constitucional? Sin duda, la deslealtad de algunos actores de la obra dramática que vive hoy España. En particular el nacionalismo burgués catalán (aliado ahora de quienes proponen expropiar buena parte de los medios de producción), que en lugar de buscar soluciones ha convertido la política en un espectáculo de agitación y propaganda que obliga a Mas a seguir hablando y hablando hasta convertirse en un pobrecito hablador, que diría Larra. Aunque se haya quedado sin guion en una especie de fuga hacia adelante sin retorno.

En el proscenio de esta ópera bufa propiciada por el nacionalismo y sus acólitos hay, sin embargo, otro actor –el Estado– que corre el peligro de caer en el mismo error si alguien no cambia a tiempo el libreto para enriquecer el discurso político más allá de los inevitables recursos ante las instituciones judiciales.

Ya decía el gran Jean-Baptiste Colbert –el mejor ministro que haya tenido nunca Europa– que cuando en una gran nación (él hablaba de un país rico) “sale más oro del que entra es que está perdiendo fuerza”. Y las hojas comienzan a caer. No es sólo por el otoño.

 

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