Los demonios familiares de Rajoy
  1. España
  2. Mientras Tanto
Carlos Sánchez

Mientras Tanto

Por

Los demonios familiares de Rajoy

Cuenta Aguirre que está dispuesta fundar un partido ‘de derechas’ con tres ideas: rebaja de impuestos, nuevo orden territorial y encarcelación de Bolinaga

placeholder Foto: Esperanza Aguirre, presidenta del PP de Madrid. (Efe)
Esperanza Aguirre, presidenta del PP de Madrid. (Efe)

Cuenta Esperanza Aguirre, en privado, que a sus 62 años está dispuesta fundar un partido ‘de derechas’ con tres ideas fundamentales: rebaja de impuestos, nuevo orden territorial y encarcelación de Bolinaga. No lo hará. Y no sólo porque fuera del PP hace mucho frío. Fundamentalmente, porque para crear un partido es necesario un debate público previo dentro del bloque conservador que en la España de 2014 no existe. El fracaso de Vox es el mejor ejemplo.

Lo que une realmente al Partido Popular (como a la mayoría de fuerzas políticas) es, realmente, el poder o las expectativas de lograrlo en un tiempo razonable (ahí radica el éxito de Podemos, que tiene probabilidades ciertas de alcanzar su cuota). Nadie votaría a Pablo Iglesias si no fuera porque puede mover el mapa político. El caso de IU -que lleva décadas reclamando lo mismo que pide ahora Podemos- es, igualmente, el mejor ejemplo.

Es precisamente esa visión tacticista y meramente instrumental de la hegemonía política por parte de los electores y de los líderes políticos, lo que impide la existencia de debates de cierta transcendencia sobre el papel que le toca jugar hoy al partido conservador. Nadie, ni la propia Esperanza Aguirre, parece dispuesto a dar una batalla por las ideas cuando lo que está en juego es un cargo público (en su caso, ser candidata a la alcaldía de Madrid).

El PP, como reconocen en privado sus dirigentes, es una anomalía histórica. Ningún partido europeo de sus características ocupa todavía hoy, pese a su indudable desgaste electoral, tanto espacio político como el que preside Mariano Rajoy.

Incluso, si en las próximas elecciones bajara al 28-30% del electorado, su representación se situaría todavía varios puntos por encima de muchos de sus homólogos europeos. Su éxito ha sido de tanta envergadura que The Economist llegó a sugeriren su día que este partido era un modelo a seguir para otros partidos conservadores europeos y, de hecho, dos nuevas formaciones, la francesa UMP (creada en 2002) y el Polo de la Libertad italiano (fundado en 2009), se han inspirado en los populares españoles, como recuerda el profesor Javier Astudillo en un trabajo fértil editado por la Fundación Alternativas.

Fuera de eso, no hay nada. Tan sólo una discusión interesada sobre cómo mantener el poder a cualquier precio, aunque sea en contra de los cimientos que llevaron al PP al gobierno.

Esto es todavía más singular teniendo en cuenta la existencia real de al menos tres familias ideológicas que conviven hoy en el PP. La netamente conservadora, reflejo de la derecha de toda la vida y que siempre votará al partido conservador pase lo que pase (el histórico suelo electoral del Partido Popular); la familia más cercana a la CDU alemana con un fuerte componente socialdemócrata e intervencionista en la economía (aunque sea de derechas), y la de raíz liberal, sin duda la menos relevante dentro del Partido Popular.

Los auténticos liberales están hoy desolados con ministros como Montoro, y sucapacidad de influencia es nula, lo que explica que algunos ministros quieran hacer mutis por el foro. El liberalismo en el sentido radical del término ha sido cercenado con la ocupación de todos los espacios de poder. En el fondo, el problema esencial de la democracia española desde el punto de vista institucional.

Merece la pena, en este sentido, recordar un reciente trabajo del profesor Jaime de Salas en el último número de la revista trimestral de Faes en el que se hace eco de la figura de Julián Marías, un hombre profundamente conservador en sus hábitos pero fieramente progresista en defensa de los valores de la convivencia y de la libertad. Recordaba Salas en su artículo que durante el franquismo por supuesto que había opinión pública, pero ésta tenía unas limitaciones muy claras propias de una dictadura. La democracia, por el contrario, consolidó un sistema de opinión pública ya sin ataduras, y eso es lo que explica la consolidación de un espacio público en el que se debiera discutir con total libertad.

La consecuencia, como no puede ser de otra manera, es la existencia de un proyecto político que aleja a los militantes y afiliados de la cosa pública. Es decir, se ha producido una especie de profesionalización de la política que explica una paradoja: los votantes acuden a las urnas porque a alguien tienen que votar (en caso contrario sería como rehuir de la propia democracia), pero una vez depositado el voto emergen críticas feroces contra sus representantes porque no se sienten representados. Una auténtica alegoría del voto útil. En una palabra, existe un problema de legitimidad que envenena la vida pública.

El problema se agranda cuando los liderazgos tienden a ser más frágiles, salvo en algunas excepciones (el caso de Angela Merkel), lo cual genera un clima irrespirable. Es como si nadie hubiera votado a un partido que obtuvo hace apenas tres años once millones de votos.

Hoy estamos ante una carcasa ideológica, fruto de su propia incapacidad para tejer una ideología en la que muchos ciudadanos puedan mirarse. La ideología de los votantes no coincide con la de los partidos -se llamen PP o PSOE-, y eso genera nuevos problemas para el sistema democrático en términos de desamparo ideológico. La política camaleónica, que no es otra cosa que arrimarse a los resortes que garantizan o acercan el poder, ha sido puesta al descubierto por la realidad. Sirvió para ganar elecciones, pero hoy se bate en retirada.

Política Pablo Iglesias Izquierda Unida Angela Merkel Mariano Rajoy Esperanza Aguirre The Economist Noticias de Podemos