Contra Twitter (y todo lo demás)
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Carlos Sánchez

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Contra Twitter (y todo lo demás)

El pasado lunes, 29 de diciembre, ocurrió algo supuestamente importante. La agencia Reuters distribuyó un despacho en el que un portavoz del

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(Reuters)

El pasado lunes, 29 de diciembre, ocurrió algo supuestamente importante. La agencia Reuters distribuyó un despacho en el que un portavoz del Fondo Monetario Internacional (FMI) anunciaba, a través de un correo electrónico enviado a una de sus delegaciones, la suspensión de las discusiones con Grecia sobre la sexta revisión del programa de asistencia financiera. En total, 28.000 millones de euros. La noticia se difundió de forma inmediata por todo el planeta.

La inmensa mayoría de los seguidores de Twitter y de otras redes sociales interpretó el correo del portavoz del FMI -un procedimiento inusual habida cuenta de que el Fondo habla tradicionalmente de forma oficial a través de comunicados publicados en su página web- como una presión ‘inaceptable’ sobre la soberanía griega. Se criticaba, en particular, el hecho de que el FMI quisiera influir de esta manera sobre las próximas elecciones griegas tras fracasar la elección de un nuevo presidente de la República.

Nadie, o casi nadie, cayó en la cuenta de lo más importante. El FMI y Grecia no tienen nada que negociar (salvo la aplicación de lo pactado anteriormente) hasta el próximo 28 de febrero, que es cuando toca hacer la siguiente revisión del programa de asistencia financiera, según el calendario pactado, y que se refleja de forma precisa en el Memorando de entendimiento firmado en su día entre Grecia y el FMI. Es decir, casi un mes después de las elecciones griegas, convocadas para el próximo 25 de enero.

Por lo tanto, se trataba de una suspensión meramente formal sin relevancia política o económica alguna (el propio FMI reconoció en su correo que Grecia no tiene urgentes necesidades de liquidez) pero que, sin embargo, podía tener una doble lectura. Si el FMI seguía hablando con el actual Gobierno en funciones, eso se hubiera interpretado como una forma de presionar al nuevo Ejecutivo que saliera de las urnas mediante una política de hechos consumados, pero si suspendía las negociaciones (que es lo que anunció su portavoz) la decisión sería también inaceptable, toda vez que el FMI querría meter presión al nuevo Gobierno.

Como salió la segunda opción, desde entonces la red se ha llenado de comentarios tan hirientes como sin fundamento contra el Fondo Monetario, que en verdad no es ningún modelo para muchas cosas por sus errores en política económica, pero en este asunto ha hecho simplemente lo que tenía que hacer, que era dejar que los griegos voten a quien consideren oportuno.

Medias verdades y mentiras

Durante estos días, sin embargo, se han escrito en España (se supone que también en otros países) decenas de artículos y miles y miles de tuits y de comentarios sin fundamento alguno guiados simplemente por la ignorancia. No se trata de un hecho aislado ni de un fenómeno intranscendente. Las redes sociales son hoy un hervidero de medias verdades y de mentiras descaradas -cuando no del insulto- que la gente compra simplemente por afinidad ideológica. Ya se sabe que en España la gente compra periódicos para discutir consigo mismo.

Lo de menos es saber si lo que se comenta es cierto o no. Lo relevante es aparentar que se conoce de lo que se habla aunque no se tenga ni repajolera idea. Así es como se ha creado una nueva opinión pública desinformadacuya utilidad se basaen aniquilar al adversario político por la vía de apabullar en las redes sociales con presuntos argumentos sin soporte intelectual alguno. Algunos partidoscomo Podemos han convertido a la red, incluso, en la forma esencial de hacer política creando una nueva realidad virtual completamente al margen de los hechos. De nuevo, una mentira repetida millones de veces acaba siendo una verdad.

Algunos lo han llamado ciberdemocracia. Otros tecnopolítica. Y los más osados, hacktivistas o Proselitismo 2.0. Pero en realidad todo es lo mismo. Ha nacido una nueva forma de opinión pública basada no en el conocimiento y la razón -que son la base de una sociedad informada-, sino en la vana palabrería -los célebres 140 caracteres- destinada simplemente a influir en la toma de decisiones políticas dando apariencia de veracidad, y todo ello con un fuerte componente narcisista.

Quien escribe más tuits traslada a sus lectores la falsa impresión de estar mejor informado, cuando el sentido común indica justamente lo contrario. Leer lleva tiempo y escribir memeces apenas requiere unos segundos. Muchos pseudointelectuales navegan horas y horas en la red como siestuvieran al tanto de todo lo que se mueve en la escena nacional e internacional.

El resultado de este proceso es evidente. La información, que es la materia prima del buen periodismo, se ha degradado hasta límites impensables. Y no sólo la información. También la propia formación de muchos ciudadanos cuyas decisiones políticas están contaminadas por productos de mala calidad, lo cual tiene indudables consecuencias electorales.

Ignorancia y desinformación

Hay muy pocos ciudadanos dispuestos a pagar por una informaciónde calidad, pero millones son proclives a comprar cualquier mercancía averiada avalada únicamente por su propia ideología y no por la ilustración o por la razón. La sociedad del conocimiento, paradójicamente, se convierte así, de forma inexorable, en la de la ignorancia y la desinformación. Y lo que es peor, en la de la alienación en el sentido clásico del término. Se trata, sin duda, del mejor caldo de cultivo para movimientos populistas y autoritarios. Así es como la maquinaria política cercena cualquier atisbo de crítica racional e ideológica. En palabras de Habermas, se configura la conciencia individual de acuerdo con una determinada “cultura de consumo”. Cuantos más tuits, mejor.

Twitter u otras redes sociales, evidentemente, no tienen la culpa. Son autopistas por las que circulan ideas con una enorme capacidad de reagrupación del pensamiento en torno a un objetivo común. Pero una cosa es aprovechar las ventajas de las redes sociales, sin duda un formidable instrumento de comunicación que favorece la participación democrática en los procesos de toma de decisiones, y otra muy distinta es desplazar la legitimidad política hacia el universo de Internet despreciando la validez del voto a través de la generalización de un sistema de sospechas y de prejuicios.

Se ha creado, de esta manera, una nueva realidad imaginaria que consiste en hacer creer que millones de tuits son capaces de transformar las circunstancias sociales, económicas y políticas de una comunidad al margen de la existencia de condiciones objetivas que explican los cambios de civilización. Se confunde, de esta manera, el espacio público, que es Internet, con larepresentación política, que es la esencia de la democracia. El viejo dilema entre opinión pública y opinión publicada. Y la victima del desaguisadono es otra que la propia legitimidad del poder elegido de forma democrática.

La idea de que Internet favorece a los oprimidos antes que al opresor resulta falseada por lo que Evgeny Morozov llama ‘ciberutopismo’, que no es otra cosa que una fe ciega en la naturaleza emancipadora de la comunicación en la red. Un fervor que incluso han abrazado veteranos activistas de la Transición que han encontrado en Internet una segunda oportunidad para hacer la revolución que las urnas les negaron en su día. Cánovas,que era un político la mar de conspicuo, ya dijo en una ocasión que “un hombre honrado no puede tomar parte más que en unarevolución,y eso porque ignora lo que es”.

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