MIENTRAS TANTO

La traición de Merkel y el susto de Rajoy

Europa se traiciona a sí misma. La estrategia con Grecia no funciona. Probablemente, porque los fundamentos sobre los que se construyó se han diluido en manos de una clase política oportunista

Foto: La portada del número de 'Der Spiegel' publicado el pasado 13 de marzo (Efe).
La portada del número de 'Der Spiegel' publicado el pasado 13 de marzo (Efe).

Recordaba hace unos días Bernard-Henry Lévy una reciente portada del semanario alemán Der Spiegel que mostraba a la canciller Merkel, a los pies de la Acrópolis, rodeada de oficiales nazis. Merkel mira en la imagen hacia el cielo de la luminosa Atenas, como dando las gracias a los dioses griegos por haber alcanzado sus últimos objetivos.

La portada, como comentaba el filósofo francés, no era más que una obviedad. O una simplificación de la historia, como se prefiera. Buena parte de la opinión pública piensa que la Vieja Europa se está construyendo al diktat de Alemania. Muy parecido –aunque en sentido contrario– al que soportó el pueblo alemán tras la firma del Tratado de Versalles.

Ese sentimiento existe no sólo en Grecia, también está presente en los países intervenidos y en otros lugares que no necesitaron asistencia financiera, pero que en su reciente memoria colectiva cuentan con suficientes certezas que ponen negro sobre blanco que es Alemania –y sólo Alemania– quien dirige los pasos de Europa.

Más allá de la banalización del dolor que supone identificar a Merkel o a la Alemania del siglo XXI con el horror y el espanto del nacionalsocialismo, lo cual hiere a cualquier conciencia democrática por exigua que sea -y es hasta de mal gusto-, lo cierto es que esa sensación existe.

Hoy, como reconoció hace unas semanas el ministro heleno de Finanzas, el mediático Varufakis, los griegos se vuelven contra los alemanes; los alemanes, contra los griegos, y, a medida que más países han ido afrontando las penalidades fiscales con elevadas tasas de desempleo y bajos crecimientos, Europa ha acabado por revolverse contra sí misma. Como muy probablemente se verá en las próximas elecciones británicas, donde también el bipartidismo sufrirá un fuerte castigo.

Merkel, como Rajoy, aparece ante la opinión pública como mero gestor que presenta una cuenta de resultados, pero sin capacidad de liderazgo

La causa de la decepción general con el orden surgido tras 1945  tiene que ver con que el continente –y lo que representa– comienza a traicionarse a sí mismo, y en particular Alemania y sus países satélite, que en ocasiones parecen haber olvidado los cimientos ideológicos y humanísticos sobre los que se reconstruyó Europa en circunstancias mucho peores que las actuales. La probable salida de Grecia del euro –las próximas tres semanas son decisivas– es el mejor exponente de ese fracaso colectivo. En particular por la responsabilidad de los propios griegos y su desastrosa política económica, pero en general a causa de tener en estos momentos una de las peores clases políticas desde 1945.

Política, solo política

El Grexit, sin embargo, suele analizarse casi exclusivamente como un fenómeno estrictamente económico (solo parece preocupar su influencia sobre la evolución de los mercados financieros), cuando en realidad es un problema de naturaleza política, y solo política. El diseño de la unión monetaria, como bien sabe Alemania, se hizo por razones políticas al margen del rigor económico, por lo que solo a la política corresponde resolver los problemas. La masiva incorporación de los antiguos países del Este en la UE –y ya algunos de ellos en la zona euro– es la mejor prueba de ese impulso ajeno en muchos casos a la racionalidad económica.

El economista alemán Herbert Giersch –de enorme influencia durante los gobiernos de Willy Brand, Schmidt o Helmut Kohl desde el Instituto de Kiel–, como recordaba hace unos días Jürgen Jeske, exeditor del Frankfurter Allgemeine Zeitung, sostenía que lo políticamente conveniente raras veces es económicamente beneficioso. Pero hay ocasiones en las que ocurre exactamente lo contrario. Y ahora que el propio Kohl cumple 85 años, bien merece la pena recordar que fue una decisión política –criticada con dureza por el Bundesbank y por casi todos los economistas ortodoxos– la que aceleró la reunificación alemana.

Cuando Kohl planteó que un marco de la RFA valía lo mismo que un marco de la RDA muchos lo consideraron un loco o un visionario que ponía en peligro el ‘milagro alemán’. Pero sin aquella decisión, tomada contra viento y marea y a espaldas de los mercados financieros, ni Europa sería hoy la misma ni por supuesto la propia Alemania (las reformas vinieron después). Fue el arrojo de un estadista -y probablemente de una generación de políticos de primer orden- quien cambió el destino de Europa. Y esta vez para bien.

Hoy Merkel, como el propio Rajoy u Hollande, aparece ante la opinión pública como meros gestores que presentan una cuenta de resultados a sus accionistas, que no son necesariamente los ciudadanos, pero sin capacidad de liderazgo alguno, justamente lo que define a la política. Lo contrario –bien lo sabe Europa– es el populismo, una vieja expresión de la barbarie ideológica que siempre dice a los votantes (casi siempre egoístas) lo que quieren oír. Y en España hay ejemplos muy cercanos y emergentes.

Remiendos o estrategia

La ausencia de liderazgo no tiene un origen biológico, sino que hay que relacionarla con la pérdida de orientación y hasta de solidez en la política económica, que convierte las decisiones de gobierno en meros remiendos desprovistos de consistencia. Se confunde, como dijo con lucidez en una ocasión el economista César Molinas, hacer política económica con el hecho de adoptar y aprobar muchas medidas para dar la impresión de llevar la iniciativa. Aunque muchas de ellas sean incoherentes y carezcan de cualquier sentido estratégico solo para lograr el aval de los mercados y el respaldo popular.

Las recientes rectificaciones del Gobierno en materias como el tratamiento de los enfermos de hepatitis C inciden en esa idea de desgobierno y oportunismo

Las recientes rectificaciones del Gobierno Rajoy en materias como el tratamiento de los enfermos de hepatitis C o la asistencia sanitaria de los inmigrantes sin papeles -sin duda necesarias- inciden en esa idea de desgobierno y oportunismo que convierte a la política en un mero instrumento de persuasión y captación de votos. Y el hecho de que el Gobierno ‘celebre’ que en 2014 España haya vuelto a ser país de la Eurozona con mayor déficit público revela esa concepción de la política como un instrumento meramente especulativo.

Lo cierto, sin embargo, es que al gobierno que salga de las elecciones generales de noviembre -susto o muerte- le tocará hacer los ajustes que ninguna administración está dispuesta a realizar ahora, y que se tapan simplemente porque los tipos de interés se han desplomado gracias a la borrachera de liquidez que proporciona el BCE, y que está detrás del aumento de las bolsas.

Lo real es que el servicio de la deuda se comió el año pasado nada menos que 34.533 millones de euros (el 3,3% del PIB). Se trata de la cifra más alta jamás alcanzada por la economía española en términos absolutos y la más elevada en términos relativos desde hace dos décadas, lo que da idea de su dimensión en un contexto de caída de los tipos de interés. Sin duda porque el volumen de deuda pública continúa creciendo. Hasta el punto de que en el último trienio –pese a la subida de impuestos– este país se ha endeudado en 241.935 millones de euros. Sí, han leído bien.

Fue Ludwig Erhard, precisamente el padre del milagro económico alemán, quien sostenía –lo recordaba el antiguo editor del Frankfurter– que el capitalismo sin dirección se socavaba a sí mismo, pues los monopolios tienden  a arrinconar a los mercados de bienes y servicios y se apropian del Estado.

Ahora bien, la sociedad humana, sostenía el gran Erhard, no funciona con las reglas de una colonia de termitas: el orden debe dejar sitio para la libertad y la individualidad. Y aplicar las mismas recetas a Grecia, Alemania o España -al paso que marca Berlín- es un sinsentido que resquebraja los cimientos de Europa y la hace inviable.

La arbitrariedad con Grecia, a quien se le exige mayor disciplina fiscal que a España –simplemente porque nuestro país es demasiado grande para caer y pone en peligro el futuro del euro debido a su dimensión–, forma parte de esa inconsistencia ideológica que convierte a los países en capricho de sus gobernantes.

Mientras Tanto
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