MIENTRAS TANTO

El barón rampante y la limpieza de sangre

Rivera se equivoca. Ha caído en lo que él más criticó desde Cataluña: un país en el que cada barón regional hace la política. Su decisión de no impulsar gobiernos de coalición puede ser la ruina de C's

Foto: Rivera, atendiendo a los periodistas en los pasillos del Parlament. (EFE)
Rivera, atendiendo a los periodistas en los pasillos del Parlament. (EFE)

“Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cósimo Piovasco de Rondó, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros…”  Así comienza El Barón Rampante, probablemente la obra más sugerente de Italo Calvino. El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, todavía no es Cósimo, pero va camino de imitar su increíble historia.

Como el heredero de la decadente y aristocrática familia de Ombrosa, ha decidido vivir entre las copas de la arboleda, y desde allí escrutar el extraño mundo que le rodea. Pero, al contrario que Cósimo -que dijo a su padre envalentonado: ¡No bajaré nunca más! (y sin mediar palabra se subió a una encina milenaria)-, no lo hace como un gesto de rebeldía en favor de los pobres caracoles guisados que le plantó sobre la mesa la cocinera, sino como un movimiento a la defensiva.

Es menos costoso levantar el pulgar hacia arriba o hacia abajo desde la tribuna del Circo romano -como un moderno Vespasiano que lucha contra las conspiraciones que le vienen del Este y del Oeste- que descender al territorio de los gladiadores, donde el hedor de las bestias produce nauseas.

Todo es tan extravagante que con apenas el 6,55% de los votos en las municipales -la cuarta parte que los dos grandes partidos-, otorga parabienes y extiende estatutos de limpieza de sangre. Una vieja práctica que se creía superada. Algunos de sus líderes, incluso, hablan de ‘daños colaterales’ cuando un inocente es imputado por una acusación falsa, lo que convierte las garantías constitucionales en un estorbo intelectual.

Tácticamente, el movimiento puede resultar sagaz. Y a corto plazo, es verdad que lo puede ser. El líder ha dicho que es mejor no sufrir desgaste político alguno formando parte de los nuevos equipos de Gobierno municipal y autonómico que asumir riesgos. Sin duda, porque las elecciones generales están cerca. Muy cerca.

Si Rivera hubiera hecho una oferta global tanto al PP como al PSOE tras el 24-M, es probable que se hubiera convertido en un referente a nivel nacional

Estratégicamente, sin embargo, estamos ante una calamidad. No parece razonable que la ‘nueva política’ renuncie de antemano a tomar decisiones y/o a publicar normas en los diarios oficiales cuando los electores quieren, precisamente, otra forma de gestionar la cosa pública después del colapso del antiguo régimen.Y parece evidente que desde dentro la eficacia del discurso es mayor.

El problema de C’s, sin embargo, va mucho más allá. Si Rivera hubiera hecho una oferta global tanto al PP como al PSOE tras el 24-M, con un programa claro y conciso de transformación territorial del país, es probable que se hubiera convertido en un referente a nivel nacional. Ahora, apenas alcanzará los despojos del poder. La alianza PSOE-Podemos deja a C’s como el báculo del PP, que era, precisamente, lo que Pablo Iglesias quería que se visualizara.

El partido de la catástrofe

La política de alianzas es un asunto tan viejo como la propia política. Incluso Keynes, que era un avispado observador de lo que sucedía a su alrededor durante la primera mitad del siglo XX, llegó a escribir un pequeño y lúcido ensayo*, que ahora Página Indómita* acaba de editar, sobre una hipotética coalición entre liberales y laboristas.

Keynes, y el tiempo le dio la razón, creía que el liberalismo nunca llegaría a ser una gran máquina de partido como lo eran los conservadores y los laboristas, pero estaba convencido de que podían desempeñar un papel fundamental a la hora de modelar el Gobierno. “Los grandes cambios”, sostenía, “sólo se lograrán con la ayuda activa del laborismo [era legendaria su antipatía por Churchill], pero no serán ni sólidos ni duraderos si no se ajustan a la crítica y el consejo de los liberales”. En caso contrario, sugería, es probable que los laboristas caigan en manos de eso que Keynes denominaba con acidez el partido de la catástrofe (el ala izquierda del laborismo), cuyo credo estaba basado en practicar el mal para engendrar el bien. En una palabra, lo que hoy representaría Podemos.

Rivera en una acto de Ciudadanos en Barcelona. (EFE)
Rivera en una acto de Ciudadanos en Barcelona. (EFE)

El partido de Rivera no ha dicho hacia dónde se inclina. Vive, como un funambulista, sobre el alambre ideológico, y es muy libre de hacerlo. Pero es probable que algún día se arrepienta. Al final y al cabo, nadie vota a un partido para que renuncie a tomar decisiones o tire de voluntarismo intentando controlar desde fuera la acción de Gobierno. Conformarse con unas cuantas dimisiones de políticos achicharrados (incluida Esperanza Aguirre) es muy poco para un partido que quiere gobernar, y a quien se le reclama una visión de España. No una formación fragmentada por autonomías con discursos, en ocasiones, incoherentes o hasta contradictorios.

La política, como sostenía Keynes, está tan imbuida de un característico odio social que arrastra a partidos melifluos, toda vez que las sociedades complejas buscan respuestas robustas. Algo que puede explicar que las próximas elecciones generales se vayan a articular a través de bloques formalmente antagónicos para tensar artificialmente el voto, como ya ha hecho Rajoy este viernes pasado.

Por un lado, las candidaturas de unidad popular que diseña Podemos, y que con el tiempo se pueden comer hasta al propio Partido Socialista. Pedro Sánchez ha vendido su alma al diablo y es hoy víctima de su propia ambición por el poder. Se ha entregado a los barones regionales para seguir mandando en Ferraz a costa de lo que sea y frenar a Susana Díaz.

Por otro, ese bloque de hielo que representa Rajoy, incapaz de entender el significado de la palabra democracia y de preguntarse por qué el partido más votado es, al mismo tiempo, la formación más antipática para buena parte del electorado. Hasta el punto de que ni C’s -que podría representar ese partido liberal del que hablaba Keynes- quiere pactar con ellos. España, en todo caso, va de cabeza al escenario político soñado por Arriola. ‘O el PP o el caos’. ‘O Rajoy o el Frente Popular’. El PSC sabe bien lo que pasa cuando se toman decisiones ambiguas. Desgraciadamente, no son buenos tiempos para los matices.

Gobiernos de coalición

La decisión de Rivera saca a Ciudadanos del mapa, pero no es, desde luego, un hecho extraordinario. Como han puesto de manifiesto recientemente los politólogos Pablo Simón y María Ramos, España es, junto a Rusia y Rumania, el único país europeo que en las últimas décadas nunca ha tenido gobiernos de coalición a nivel estatal.

Es verdad, sin embargo, que los pactos han sido numerosos en algunas CCAA o en grandes ayuntamientos, principalmente en donde existen partidos nacionalistas o regionalistas, pero lo que está fuera de toda duda es que los grandes gobiernos de coalición son ajenos a la cultura de los grandes partidos.

La estrategia de Rivera puede llevar al desastre a su partido. Acabará quedándose en tierra de nadie. Entre el bloque PSOE-Podemos y el Partido Popular

Probablemente, porque el sistema político se ha vertebrado territorialmente hasta el absurdo, produciendo consecuencias devastadores. Incluso para Ciudadanos. El partido de Rivera aparecía antes del 24-M como un partido con una visión nacional, pero ya no lo es. ¿Tiene España ahora un sistema de representación política propio de países confederales?

La estrategia de Rivera puede llevar al desastre a su partido. Acabará quedándose en tierra de nadie. Entre el bloque PSOE-Podemos y el Partido Popular, lo que a la larga lo convertirá en un partido irrelevante por ausencia de una visión global de la realidad.

El voto útil, como se ha demostrado en innumerables ocasiones, es determinante a la hora de las elecciones. Y si un partido aparece como desdibujado ideológicamente, con pactos aquí y pactos allá, lo lógico es que quede sepultado por los viejos partidos. O por los nuevos.

Podemos, que es una formación mucho más pragmática y oportunista (pacta sin pudor con quien reformó la Constitución para obligar al déficit cero o con quien aprobó los mayor recortes del gasto social que se recuedan), ha logrado ya, con su movimiento táctico y mediático con el PSOE, que Ciudadanos deje de mordisquear entre su electorado. Ciudadanos, en cambio, se desdibuja por falta de arrojo político.

(*) John Maynard Keynes. Política y futuro. Ensayos escogidos. Editorial Página Indómita

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