La ‘dacha’ de Wert en París y la decencia de Estado
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Carlos Sánchez

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La ‘dacha’ de Wert en París y la decencia de Estado

La economía se recupera. Pero las causas institucionales que llevaron a la destrucción de 3,5 millones de empleos siguen ahí. El último ejemplo es el nombramiento de Wert como embajador

placeholder Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (i), junto al exministro de Educación José Ignacio Wert (d). (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (i), junto al exministro de Educación José Ignacio Wert (d). (EFE)

Existe una ecuación fácil de resolver. Si España ha dejado atrás la recesión y la destrucción de empleo sin haber modificado la arquitectura institucional del Estado, ¿qué hubiera pasado si en lugar de tener un sistema político clientelar y con altas tasas de corrupción, el país hubiera disfrutado de instituciones sólidas y decentes?

Probablemente, se hubiera evitado el descomunal sacrificio que han tenido que hacer las familias y las empresas desde 2008: despidos masivos, bajos salarios, degradación del mercado laboral, ensanchamiento insoportable de la desigualdad, deterioro de los servicios públicos… Y lo que no es menos importante, ese sentimiento de frustración colectiva que llevó al país a no creer que España era una gran nación pese a todo. Algunos, incluso, llegaron a predecir que España volvería a los años 50.

Por eso, sorprende ahora observar el comportamiento del presidente del Gobierno durante la salida de la crisis, que reproduce los mismos errores que él mismo critica.

Rajoy, con razón, suele cuestionar el comportamiento de los nuevos partidos emergentes por caer en eso que se ha llamado el ‘adanismo’ -pensar que el mundo comienza cuando uno se entera de las cosas-, pero eso es, precisamente, lo que hace el presidente cuando piensa que el año cero de la historia comienza el 20-N, y no precisamente por la muerte del dictador, sino por la victoria del PP en las generales.

Rajoy parece olvidar que él mismo formó parte de todos y cada uno de los gobiernos de Aznar. Aquellos que dejaron plantadas en 2004 -con la anuencia del Banco de España- las semillas del diablo tras haber construido una estructura productiva basada en el ‘ladrillo’ y embriagada con crédito barato. Hasta el punto de que la financiación de familias y empresas crecía cada año en tasas superiores a dos dígitos, lo cual generó una enorme burbuja que necesariamente tenía que estallar. Expulsando, al mismo tiempo, a decenas de miles de jóvenes del sistema educativo porque era mejor cobrar 2.000 o 3.000 euros en el tajo de alicatador o de fontanero que estudiar en las aulas.

Ni que decir tiene que la ‘herencia recibida’ -exactamente igual que la que recogió Aznar de Felipe González- fue una catástrofe cuya factura el país no tardó en pagar, lo que unido a la insensatez del Gobierno entrante, obligó al sector privado a hacer un durísimo ajuste. La calamidad de Zapatero llegó a tales dimensiones que hasta presumía ante el mundo en 2007 de estar sentado sobre un barril de pólvora: “España”, dijo, “tiene el mejor sistema financiero de la comunidad internacional’. Sin llegar a la ridiculez de Aznar cuando proclamó ufano ante el WSJ: ‘Yo soy el milagro’.

El frío mármol de la morgue

Rajoy, por lo tanto, tiene razones para ser más prudente y no dejarse llevar por lo que ha sucedido en la economía española durante un par de años. Como dicen los forenses, hay enfermedades que sólo se conocen cuando el finado está sobre el frío mármol de la morgue. Pero sobre todo, porque si se mira un poco más atrás, sin necesidad de hacer arqueología económica, el panorama es desolador.

España, junto a Italia, es el único de los grandes países que todavía no ha recuperado su nivel del PIB previo a la crisis, y ni siquiera (en contra de lo que suele decir Rajoy) ha alcanzado el nivel de ocupación que tenía en el último trimestre de 2011 (faltan 287.000 puestos de trabajo). Con base 100 en 2009, el PIB de España todavía se encuentra en 97,4 puntos. Incluso, todavía se sitúa por debajo de los valores de 2011. Eso sí, con un patrón de crecimiento sustancialmente más equilibrado. Aunque tampoco haya mucho de que presumir. La economía crece exclusivamente por la demanda interna. Ni el sector exterior ni la productividad aportan nada al avance del producto.

De hecho, si no fuera por la caída de la población activa (425.000 activos menos), España tendría hoy casi 290.000 parados más que en el último trimestre de 2011). Y eso que el país se ha beneficiado de unas condiciones financieras extraordinarias (liquidez ilimitada por parte del BCE) y mayor flexibilidad en el cumplimiento de los objetivos de déficit (dos años más). Sin contar el desplome del precio del petróleo, que en los años más duros de la crisis rozó los 150 dólares, casi el triple que ahora, lo que drenó de forma intensa la renta disponible de las familias.

Por eso, España crece bastante más que el resto de la UE. Porque estaba en el fondo del pozo y la salida, como no puede ser de otra manera, es más rápida, salvo en el lamentable caso de Grecia por causas políticas. Sin despreciar, lógicamente, muchas de las reformas que ha aprobado este Gobierno y que van, sin duda, en la buena dirección.

Rajoy tiene razones para ser más prudente y no dejarse llevar por lo que ha sucedido en la economía durante un par de años

El análisis simplón que se hace cuando se dice que España crece más que el resto con las mismas condiciones financieras no tiene en cuenta la situación cíclica de cada economía, lo cual es fundamental para entender por qué un país crece más que otro. De ahí que haya que analizar periodos más largos. Parece evidente que si un país está más endeudado que otro (y España está a la cabeza) se beneficia más de que los tipos de interés se hayan desplomado por la intervención del BCE.

Con todo, lo peor es que la salida de la crisis y el comienzo de la recuperación (que es evidente e incontestable) esconden un riesgo que el presidente del Gobierno parece obviar: la calidad de las instituciones y los usos democráticos no son ajenos a la situación económica. Y el mejor ejemplo de ello es la cacicada de nombrar al exministro Wert embajador ante la OCDE, donde ya trabaja su mujer, la ex número dos del Ministerio. Una especie de reagrupamiento familiar, pero en este caso en favor de las clases extractivas.

Se trata de un acto más propio de repúblicas bananeras (los organismos multilaterales están llenos de parientes y acólitos de dictadores que viven en Nueva York, Ginebra o París con estatus diplomático) que dice muy poco en favor de un país que ha identificado como una de las causas de las ‘cosas que nos pasan’, como decía Ortega, la baja calidad de sus instituciones.

Política de nombramientos

Es muy probable que si el Tribunal de Cuentas hubiera hecho bien su trabajo; los jueces y la Fiscalía el suyo; el Banco de España hubiera trabajado con mayor rigor y los directivos de las cajas de ahorros no hubieran robado tanto, el país no hubiera sufrido tanto. Las instituciones, como se ha demostrado empíricamente en multitud de trabajos académicos, son las que determinan la suerte de un país. Y en coherencia con ello, la política de nombramientos.

La elección de Wert no es desde luego relevante en términos económicos, ni siquiera una novedad a la luz de lo que ha sucedido en los últimos años. Al fin y al cabo, todos los gobiernos de la democracia (unos más que otros) se han reservado para sus altos cargos los mejores puestos de la Administración una vez que han sido cesados: embajadas, agregadurías comerciales, fundaciones o cargos institucionales creados a su medida. En las próximas semanas la lista irá engordando. Lo terrible es que el PSOE no podrá decir ni una palabra porque durante años ha hecho exactamente lo mismo.

El mejor ejemplo es la cacicada de nombrar al exministro Wert embajador ante la OCDE, donde ya trabaja su mujer, la ex número dos del Ministerio

Pero el hecho de que sea lo habitual no deja de poner de relieve el desprecio por el valor de las instituciones y por eso que se suele llamar ‘meritocracia’. Algo que explica el hartazgo de buena parte de la opinión pública con el sistema político, donde el amiguismo y el fulanismo -sólo hay que ver muchos de los nombramientos hechos por Podemos y sus fuerzas afines- es una plaga que ninguna Administración es capaz de erradicar.

Probablemente, por esa visión cortoplacista de la cosa pública que consiste en no ver más allá de lo último. Incluidas las cifras macroeconómicas.

Lo sorprendente es que el propio Rajoy -también con buen criterio- suele decir que los populismos son la mayor amenaza contra la consolidación de la recuperación económica. Y sin duda que lo son. Pero es, precisamente, el presidente del Gobierno con ese tipo de decisiones -los nombramientos arbitrarios a dedo en los mejores puestos de la Administración- quien riega y alimenta esa reacción indignada de los ciudadanos que se traduce en el apoyo a fuerzas políticas populistas.

Paradojas de la vida. La gasolina la suministra Rajoy -como antes lo hicieron sus antecesores- y luego se queja amargamente de que el bosque arda. Ver para creer.

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