La España moribunda se irrita con el Cupo vasco
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Carlos Sánchez

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La España moribunda se irrita con el Cupo vasco

Las viejas banderías han vuelto a salir a la luz. La revisión del Concierto vasco y navarro que reclaman algunos forma parte de esa permanente discusión sobre la naturaleza territorial de España

Foto: Celebración del Aberri Eguna en Navarra en 2012. (EFE)
Celebración del Aberri Eguna en Navarra en 2012. (EFE)

Uno de los discursos políticos más relevantes de los últimos dos siglos -por su significado histórico- lo pronunció Lord Salisbury en mayo de 1898 en el Albert Hall de Londres. Salisbury, por entonces primer ministro de Inglaterra y un auténtico experto en política exterior, puso en circulación el término 'naciones moribundas' para referirse a aquellos países con un imponente pasado colonial -como España, Portugal o, incluso, China- que al filo del siglo XX se arrastraban por el concierto internacional.

Frente a esas naciones moribundas, Salisbury identificó a los países emergentes de la época, como EEUU o Rusia, pero sobre todo Inglaterra y Francia, por entonces en plena expansión territorial. Incluso Alemania (una potencia económica pero no territorial) buscaba su lugar en el mundo tratando de tener alguna presencia en Marruecos, Mesopotamia o China. Suele pasar desapercibido que fue la Alemania del káiser Guillermo quien primero utilizó la yihad -la guerra santa- contra los británicos en la India o Egipto en aras de atrapar un buen pedazo territorial del decadente y moribundo imperio otomano, su aliado, por entonces el verdadero “enfermo de Europa”, una expresión que suena moderna, pero que tiene más de un siglo.

“Por un lado”, sostenía el 'premier' británico, “tenemos grandes países cuyo enorme poder crece de año en año, aumentando su riqueza, aumentando su poder, aumentando la perfección de su organización”, por otro, decía, “otras naciones que década tras década son cada vez más débiles, más pobres y poseen menos hombres destacados o instituciones en que poder confiar y que todavía se agarran con extraña tenacidad a la vida que tienen”. Salisbury achacaba la caída de los antiguos imperios coloniales a la existencia de una Administración convertida “en un nido de corrupción, por lo que no existe una base firme en la que pudiera apoyarse una esperanza de reforma y reconstrucción”.

Ya se conocen las consecuencias de aquella crisis finisecular en el caso español, pero lo que es realmente significativo es que más de un siglo después el país siga enfrascado en viejas rencillas que se creían superadas.

No hay mucho más que decir del disparate en que se han embarcado las clases dirigentes de Cataluña, enfrascadas en un proceso absurdo y anacrónico que forma parte de esa España moribunda de la que hablaba Salisbury. Y que se resume en aquel tristemente célebre ¡Viva Cartagena!’.

La estupidez humana

Pero lo que sorprende es que en los últimos días algunos irresponsables hayan vuelto a remover uno de los viejos fantasmas de la política española: los fueros del País Vasco y Navarra. Como sostiene en privado un veterano dirigente socialista, tenemos un incendio en Cataluña y alguien quiere montar otro de considerables dimensiones, lo cual pone de manifiesto que es cierta la primera ley fundamental de la estupidez humana de la que hablaba Carlo M. Cipolla: “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”.

Parece evidente, y así lo han puesto de relieve multitud de artículos académicos, incluso los publicados en revistas de la Hacienda central, que el cálculo del Cupo en ambos territorios es un insulto a la inteligencia. Como ha puesto de manifiesto el profesor De la Fuente, uno de los mayores expertos en financiación territorial, el origen del desajuste está en las leyes quinquenales del Cupo, donde los principios y procedimientos de valoración establecidos en la ley del Concierto se concretan de una forma “muy discutible”. Por un lado, la valoración de las cargas estatales no asumidas por el País Vasco está fuertemente sesgada a la baja. Y por otro, el ajuste por IVA se realiza utilizando valores desfasados de los coeficientes que recogen el peso del País Vasco en el consumo nacional y en la base del impuesto. Habría que añadir la ausencia clamorosa del País Vasco y Navarra en la financiación de los mecanismos de cohesión territorial.

Algunos irresponsables han vuelto a remover los fueros del País Vasco y de Navarra: tenemos un incendio en Cataluña y alguien quiere montar otro

¿Qué quiere decir esto? Pues que una cosa es discutir cómo se calcula el Cupo y otra muy distinta cuestionar un modelo de autogobierno no solo amparado por la Constitución, sino que forma parte de la racionalidad económica.

Parece obvio que una de las lagunas de todos los modelos de financiación autonómica puestos en marcha desde los primeros años noventa tiene que ver con la asimetría entre ingresos y gastos. Las comunidades autónomas gastan (sobre todo en sanidad, educación y funcionarios), pero su capacidad para prever los ingresos es muy limitada. O dicho de otra forma, existe una ausencia de correspondencia entre la distribución de competencias y la distribución de los ingresos. De ahí la aparición de frecuentes déficits que periódicamente deben ser cubiertos por la Hacienda central, siempre presta a plegarse a los partidos nacionalistas por razones de supervivencia parlamentaria o a los barones regionales del mismo partido por motivos internos.

Para evitar esta anomalía que impide la suficiencia financiera, desde hace décadas se habla de avanzar en la corresponsabilidad fiscal. Precisamente, para impedir la deficiencia estructural del modelo. Desde luego, sin hacerlo incompatible con la existencia de potentes instrumentos de nivelación y solidaridad interregional a cargo del Estado capaces de garantizar la cohesión social entre territorios y la prestación de los servicios públicos.

El hecho de que esa capacidad de autogobierno esté solo reconocida al País Vasco y Navarra, por lo tanto, no es un privilegio. Es simplemente un factor diferencial emanado de circunstancias históricas recogidas en la Carta Magna, por lo que lo razonable sería avanzar en esa dirección en el conjunto del territorio siempre que, al mismo tiempo, el Estado se asegurase la gestión de grandes tributos para garantizar la equidad horizontal.

Agravios comparativos

Ocurre, sin embargo, que la España autonómica ha derivado en una suerte de reino de taifas -a lo mejor habría que hablar de simples bandoleros que hacen la guerra por su cuenta- donde cada barón regional hace patria para ganar votos mirándose en lo que hace el contrario, lo que explica la proliferación de falsos agravios comparativos que convenientemente azuzados explotan los comportamientos más primarios. Son los políticos, y únicamente los políticos, quienes han generado tanta confusión.

El ensimismamiento en los problemas derivados de la política territorial ha hecho que el país siga mirándose el ombligo como si en el exterior no pasara nada

O dicho de una forma más directa. Ha emergido el populismo más rancio y barato, que solo pretende tocar la fibra más sensible: los sentimientos, que por su propia naturaleza son irracionales. Esa forma de actuar -un tanto tosca y provinciana para un asunto que tiene mucho que ver con la sensatez económica y el rigor técnico- tuvo su máxima expresión cuando en el reformado Estatuto de la Comunidad Valenciana se incluyó la célebre ‘cláusula Camps’, que obligaba a tener -no se sabe muy bien a quién se podría demandar- el mismo techo competencial que Cataluña, independientemente de las necesidades de la región. El absurdo en su máxima expresión.

El resultado de este ensimismamiento en los problemas derivados de la política territorial ha provocado que el país siga mirándose el ombligo como si en el exterior no pasara nada.

Como si fuera del ‘planeta España’ las grandes potencias estuvieran dormidas y no se estuvieran repartiendo el mundo. Algo que inevitablemente recuerda al comportamiento de esas naciones moribundas de las que hablaba Lord Salisbury, que solo se recrean en sus propias miserias: que si Cataluña, que si el País Vasco y Navarra, que si las banderas o los símbolos, que si el derecho a decidir, que si somos nación, nacionalidad, región o algo parecido, que si tú tienes más competencias que yo al margen de mis propias necesidades… Problemas nominalistas más propios de un país adolescente y barbilampiño pese a tener 500 años de historia dentro de las mismas fronteras, pero incapaz de coser sus heridas interiores.

Sin duda que esto explica la eclosión de fenómenos como la CUP, un partido del siglo XIX que entra con fuerza en el siglo XXI sin que nadie se pregunte con espanto -otra prueba fehaciente del pobre y decadente parlamentarismo español- qué ha hecho tan mal este país para merecer esto.

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