MIENTRAS TANTO

Pablo Iglesias descubre el Santo Grial: así se hizo socialdemócrata

El programa económico de Podemos es como el Santo Grial: la luz que ilumina a los partidos en elecciones. Una socialdemocracia clásica donde los ricos pagan los impuestos y ningún pobre sufre

Foto: El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Un viejo axioma de la filosofía sostiene que allí donde acaba el sentido termina la capacidad de pensar. O dicho de otra forma: no se puede pensar lo que no tiene sentido ni, por supuesto, lo que no está lingüísticamente conformado.

El primer programa económico de Podemos -presentado hace poco más de medio año (sin contar con el que concurrió a las europeas, todavía más disparatado)- caía en la primera de ambas consideraciones. Estaba tan fuera de lugar que carecía de sentido aunque estuviera ordenado mediante una estructura narrativa. Con el tiempo, la formación de Pablo Iglesias ha construido un discurso más matizado, lo que no significa, necesariamente, que sea menos radical. El valor de un programa político -en este caso económico- tiene que ver con su eficacia. Y parece evidente que un programa fuera de lugar (o de sentido) por su alejamiento de la realidad se convierte ontológicamente en inútil. Lo radical es lo que sirve para el cambio, no para la melancolía.

Este razonamiento es lo que puede explicar el programa económico de Podemos, que, por primera vez, introduce matices en su discurso tras descubrir el Santo Grial que ilumina a la socialdemocracia europea. Parte de un análisis casi obvio. El modelo productivo es ineficiente y no sirve para el objetivo de política económica de Podemos, que no es otro que ensanchar el Estado de bienestar.

A partir de esta premisa, realiza una primera proposición: es necesario firmar un gran pacto social (sindicatos. patronal y Gobierno) destinado a ganar competitividad a medio y largo plazo, pero no solo vía reducción de los costes laborales, sino fortaleciendo la cadena de valor de las empresas.

El modelo productivo es ineficiente y no sirve para el objetivo de política económica de Podemos, que no es otro que ensanchar el Estado de bienestar

Probablemente, este punto vaya a estar en todos los programas de los partidos políticos, pero Podemos introduce una diferencia: la creación de un fondo soberano (como el que existe en otros países) para invertir en empresas y sectores que se consideren estratégicos. ¿Qué es estratégico? Esa es la pregunta a la que no responden los economistas de Podemos, como tampoco dicen nada de su financiación (en España, al contrario que en Noruega o Kuwait, no hay petróleo).

Podemos ofrece otra variante. Plantea incluir cláusulas sociales y medioambientales en los contratos públicos. En muchos países europeos -también en España, aunque en menor medida- ya existe este tipo de prácticas. Por lo tanto, nada nuevo bajo el sol. Sí lo es, por el contrario, su propuesta de introducir el 'software' libre en las administraciones públicas.

Más fácil de cumplir es la idea de reorientar el sector de la construcción hacia la rehabilitación, la eficiencia energética o el desarrollo de la domótica en los hogares. Tampoco es nada nuevo. La crisis del ladrillo ha obligado a reinventarse a muchas empresas y hoy esas actividades han ganado peso en la cartera de negocios de las constructoras. Podemos estima que se podrían rehabilitar 200.000 viviendas al año para hacerlas energéticamente eficientes (aislamiento, calefacción, iluminación…). En total, se crearían 300.000 empleos estables.

Revolución energética

La propuesta, sobre el papel, es impecable. El problema es que eso cuesta dinero. Y con lo que plantean los economistas de la formación morada no parece que sea fácil conseguirlo. Incluso, muy difícil. Proponen, en concreto, la puesta en marcha de planes de eficiencia energética público-privados capaces de invertir nada menos que el 1,5% del PIB (15.000 millones de euros) durante 20 años. Y aquí está la paradoja.

Lo que se pretende es hacer compatible esa propuesta con la reducción en un 30% del consumo de energía primaria, con la derogación del decreto de autoconsumo, con la prohibición del 'fracking', con el cierre de buena parte de las centrales de ciclo combinado o con la clausura de forma paulatina de las centrales nucleares. Impidiendo, al mismo tiempo, que nadie pueda cortar la luz o el gas a las familias con escasos recursos o nacionalizando a largo plazo las centrales hidroeléctricas. ¿Quién da más?

Más matizada es la propuesta sobre la banca. Lo que hace Podemos es reivindicar la célebre ley Glass-Steagall, nacida en 1933 en plena Gran Depresión para separar la banca de inversión de la que capta depósitos. Aquella norma se ha transformado hoy en la llamada Regla Volcker (antiguo presidente de la Reserva Federal), y hasta la legislación británica la ha hecho suya. Como se ve, capitalismo puro y duro de la City que Podemos asume. Sin duda, porque la crisis ha demostrado que cuando los bancos se juegan el dinero que no es suyo son más manirrotos. La aportación del partido de Pablo Iglesias al debate es proponer que la concentración bancaria tenga límites para que ninguna entidad sea tan grande que le impida ser liquidada en caso de quiebra. El control de los CDS (seguros contra los impagos) y una regulación estricta de las operaciones fuera de balance también están detrás de la oferta electoral de Podemos.

¿Se ha hecho socialdemócrata Podemos? Pues a tenor de lo que plantea en política macroeconómica no demasiado

¿Y qué hay de la banca pública? Podemos se limita a dar un consejo a De Guindos: no hay que vender ni Bankia ni BMN. Al tiempo que pretende que la Sareb, el banco público, se reconvierta en una especie de agencia pública de alquiler para los más necesitados. Los bancos privados pagarían su cuota del coste de la reestructuración financiera mediante el abono de un impuesto específico. Además de la imposición de la célebre Tasa Tobin (tan aguada que ya no queda casi nada de ella) y que 11 países de la UE (entre ellos España) se han comprometido a poner en marcha (puro humo).

¿Se ha hecho socialdemócrata Podemos? Pues a tenor de lo que plantea en política macroeconómica, no demasiado, aunque en línea con aquello que dijo Nixon en 1973: "Ahora todos somos socialdemócratas". Podemos plantea la derogación de la nueva redacción del artículo 135 de la Constitución (déficit cero), y vuelve a reivindicar una auditoría de la deuda pública. Aunque con una diferencia tan sutil como importante.

Ya no habla de que hay deuda legítima y otra ilegítima, y, de hecho, se ampara en reglamentos de la propia UE para reivindicar esa fiscalización extraordinaria. Es decir, nada de rebeldías ni de impagos. La única condonación que asume es la deuda que afecta a las familias que no pueden pagar la hipoteca, para las que propone una reestructuración. En otras palabras, un modelo parecido al que se aplica en otros países europeos en los que hay leyes que se enfrentan al problema del sobreendeudamiento de los hogares.

Los ricos pagan más

Y es que el discurso económico de Podemos se dirige a las clases de menor renta (ni siquiera medias). Algo que explica su propuesta de subir los impuestos a quienes obtienen unos ingresos superiores a los 60.000 euros, que ya son los que soportan la mayor parte de la presión fiscal en el IRPF. Propone, en concreto, crear nuevos tramos -hasta el 55% (frente al 45% actual)- para quienes ingresen por encima de esa cantidad y hasta 300.000 euros. A eso se le llama tirar con pólvora del rey al sacar a su electorado de su oferta fiscal. Incluyendo la rebaja del delito fiscal hasta los 50.000 euros (ahora son 120.000) con 10 años de prescripción legal.

El ministro de Economía, Luis de Guindos. (EFE)
El ministro de Economía, Luis de Guindos. (EFE)

Más sutil es la propuesta de que tanto las rentas del trabajo como las del capital paguen los mismos impuestos. No es nada revolucionario. No hace demasiados años, así lo establecía la ley del IRPF. En total, incluyendo todas las subidas de impuestos, Iglesias piensa sacar entre 30.000 y 40.000 millones de euros. Ahí es nada. Solo con la máquina de la actividad funcionando a pleno pulmón, España ha logrado recaudar más allá del 40% del PIB.

El IRPF, en todo caso, es un impuesto nacional que cada Gobierno decide por su cuenta y riesgo. No así el IVA, y aquí es donde Podemos vuelve a caer en viejas tentaciones populistas. Pensar que la UE va a aceptar ampliar el número de productos que tributan al tipo superreducido del 4% (sobre todo cuando se trata de algo con tanto peso económico como los alimentos y las bebidas no alcohólicas) es simplemente iluso. Entre otras cosas, porque la UE se financia en parte con la recaudación por IVA, y por razones obvias es muy celosa con las reducciones de tipos impositivos. Alguien debería recordar a los partidos antes de las elecciones que el IVA es un impuesto comunitario (y si no que se lo digan a la cultura) y apenas depende de decisiones nacionales. O por lo menos, recordarles que España forma parte de la UE, un asunto que no debe ser importante, lo que explica la ausencia de referencias a los compromisos adquiridos con la UE.

Otra cosa son las Sicav, cuyo funcionamiento depende de cada Gobierno. Y en este caso, lo que propone Podemos (como el PSOE) es volver a la casilla de partida. Es decir, que la Agencia Tributaria, y no la CNMV, sea quien controle su funcionamiento. Al mismo tiempo, plantea acabar con los 'mariachis' -u hombres de paja- que convierten a estas instituciones de inversión colectiva en un fraude permanente (no en todos los casos). Y es que su electorado tampoco está ahí.

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