Anatomía de un suicidio político
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Carlos Sánchez

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Anatomía de un suicidio político

La ausencia de una cultura del pacto ha colocado a la política en un callejón de difícil salida. El regate en corto se ha impuesto. El sectarismo y los cordones sanitarios impregnan hoy la vida política

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(Enrique Villarino)

Fue Nietzsche quien pronunció una frase prodigiosa: “¡Contradícete a ti mismo! Para vivir es necesario permanecer dividido”. El Partido Socialista es un claro ejemplo de que la máxima del filósofo se cumple. Pero Nietzsche, cuando animaba a rebelarse contra la moral tradicional en el marco de la filosofía de la sospecha, lo hacía desde la convicción de que había que desenmascarar las viejas conductas.

O lo que es lo mismo: la modernidad exige desnudar los comportamientos cínicos que sólo pretenden ocultar vergüenzas inconfesables. Justo lo que parece ambicionar Pedro Sánchez cuando plantea un pacto con Podemos sólo para seguir gobernando Ferraz. O el propio Pablo Iglesias cuando, de manera hipócrita, ofrece un Gobierno de coalición para derribar a su aliado a las primeras de cambio. O Mariano Rajoy cuando, en lugar de enfrentarse a un mal trago, hace mutis por el foro para salvar la cara y ganar tiempo, convirtiendo algo tan representativo simbólicamente como un debate de investidura (expresión del voto popular) en pura marrullería política.

Oscar Wilde puso en boca de uno de sus personajes la idea que resume el error de Sánchez cuando hasta la humillación del pasado viernes buscaba un pacto a cualquier precio con formaciones antagónicas a la cultura socialista: “Puedo comprender que los burgueses franceses hagan la revolución para conquistar ciertos derechos; pero me resulta difícil explicarme por qué los nobles rusos hacen la revolución para perderlos”.

Y el PSOE, si alcanza la presidencia del Gobierno sólo con los votos de Podemos y sus satélites territoriales (aunque se abstengan los partidos independentistas catalanes), tiene muchas probabilidades de caminar hacia la irrelevancia política. Incluso, corre el riesgo de que le ocurra lo que a los nobles rusos en la revolución decembrista, que acabe por suicidarse. No porque el programa a pactar pueda estar exento de medidas razonables -sobre todo en cuestiones de carácter social o la recuperación de algunos derechos que se ha llevado la crisis por delante- sino por lo que representa contra la esencia del socialismo democrático. No hay nada más reaccionario que explorar vías fracasadas.

Tanto el PSOE como Podemos saben que las reglas del juego existen, y prometer cosas que no se van a cumplir es simplemente engañar al electorado

Si algo ha caracterizado a los partidos socialdemócratas desde 1945 es su integración en un sistema político (ahí están los índices de bienestar en Europa) que Podemos -con la legitimidad propia de cualquier grupo político- desdeña. Ese el problema de fondo. Un pacto de Gobierno tiene mucho más significado de lo que Sánchez quiere dar a entender cuando lo plantea como un simple acuerdo de investidura vacío de contenido y sin transcendencia ideológica.

El hipotético pacto estaría construido sobre la falacia. O sobre la farsa, como se prefiera. Se puede estar de acuerdo en que hay que derogar la reforma laboral, la ley Wert o la ley de seguridad ciudadana, pero es improbable que se pueda pactar un discurso de gobierno coherente capaz de estar vigente al menos una generación aceptado por la mayoría de españoles. Y menos cuando se trata de poner al día la Constitución. El sectarismo, desgraciadamente, ha acabado por anegar la vida política española y hoy todo el país es prisionero de la catástrofe. Sin duda, por la existencia de un centro derecha montaraz incapaz de tejer alianzas, pero también por una izquierda que forja su ideología a partir de la destrucción del adversario. Qué otra cosa son los cordones sanitarios aplicados a ciertas formaciones.

El error nacionalista

Tanto la dirección del PSOE como la de Podemos saben que las reglas del juego existen, y prometer cosas que no se van a cumplir es simplemente engañar al electorado. Podemos es muy libre de hacerlo -ahí está la Grecia de Syriza aplicando con disciplina espartana los recortes que le exige la troika-. O el Gobierno ‘de progreso’ en Portugal ejecutando bajo la música triste del fado el mandato de Merkel sólo con algunos ajustes cosméticos. El PSOE iniciaría un camino de difícil retorno, como sufre en carne propia el PSC tras gobernar con el nacionalismo sólo para expulsar del poder al pujolismo y acabar empujándolo hacia el soberanismo. El PSC no gobernó para transformar la realidad del tejido social o la regeneración política de Cataluña, lo cual era verdaderamente necesario, sino para adentrarse en las procelosas aguas del discurso identitario que al final se lo ha llevado por delante.

Nietzsche lo llamo “bailar sobre el abismo”. Y eso es lo que haría Sánchez si llega a Moncloa respaldado por el 'vicepresidente' Iglesias, imagen fiel del aventurerismo político que ya denunciaba hasta la propia Rosa Luxemburgo. Su presunta audacia política haciéndole el Gobierno a Sánchez de sopetón no es valentía. Es irresponsabilidad en manos de quien no tiene nada que perder. El mejor camino para cargarse las instituciones es desprestigiarlas, como ya denunció hace muchos años Arthur Koestler. Lo decía en privado hace unos días un veterano dirigente socialista que conoce bien los entresijos de Ferraz. 'Hay dos alternativas: o Pedro [por Sánchez] opta por someterse a la investidura con el apoyo de Podemos, y eso sería un horror, o hay elecciones”.

Es falso que no haya más salidas. Las hay. El paisaje devastador que ha dejado la crisis no merece una salida populista. Ni una solución conservadora

Lo del 'horror' no es sólo una impresión subjetiva. Es algo más. Es la constatación del fracaso histórico de España y de su clase política. La cúpula dirigente de Podemos, al contrario de lo que aparenta, no representa el progreso. Ha diseñado una formación profundamente reaccionaria.

No hay progreso cuando se reivindica una España plurinacional que quiebra el sistema educativo. O cuando se pretende fraccionar el mercado laboral por territorios limitando la movilidad para quienes carecen de empleo. O, incluso, cuando se cuestiona la unidad de mercado para favorecer los intereses regionales formulando esa teoría absurda de la España plurinacional. Ni es progresista caminar hacia la ruptura de la caja única de la Seguridad Social, el mejor instrumento de solidaridad interregional.

El nacionalismo -esa nación de naciones de la que habla Iglesias- nunca puede ser el progreso. Es el pasado. Es majadería. Nadie es de izquierdas simplemente por pedir más gasto público ni por ir en mangas de camisa para ver ‘al ciudadano Felipe VI’. Ni siquiera por amamantar a un criatura en el hemiciclo. El triunfo de Podemos ha sido haber canalizado el legítimo descontento popular, pero con un discurso trasnochado, y que sus electores perdonan simplemente porque el objetivo es impedir que gobierne Rajoy.

Es falso que no haya más salidas. Las hay. El paisaje devastador que ha dejado la crisis -por los errores cometidos por el PP desprotegiendo a muchos sectores vulnerables y por haber gobernado por decreto sin tino y sin compasión en cuestiones como los desahucios o la asistencia sanitaria de los inmigrantes- no merece una salida populista. Ni tampoco una solución conservadora para dejar las cosas como están. Ni, por supuesto, pasa por entregar la patata caliente al Rey en una cuestión que atañe en exclusiva a los partidos.

Cinco millones de parados, una deuda pública que representa el 100% del PIB, el mayor déficit de la Eurozona y un grave problema de productividad y de precariedad laboral -además del pequeño tamaño de las empresas que las hace menos competitivas- son asuntos demasiado serios como para hacer ingeniería política. O económica. Y hay soluciones. Por ejemplo, que sea el líder socialista quien facilite (que no es lo mismo que apoyarlo) un pacto de investidura entre el Partido Popular -sin Rajoy- y Ciudadanos garantizando la abstención del PSOE a cambio de determinadas reformas pactadas con el nuevo Gobierno.

Exactamente, las mismas medidas (o muy parecidas) que los socialistas podrían sacar adelante con el respaldo de Podemos con el objetivo de que las instituciones vuelvan a ser creíbles para millones de españoles que han dejado de confiar en ellas y se han echado en manos del populismo.

O un pacto entre PSOE y Ciudadanos con el respaldo por fuera del Partido Popular para la aprobación de leyes que exigen elevadas dosis de consenso. 130 diputados -la suma de PSOE y C's- no son menos legítimos que los 123 del PP para formar Gobierno. Son, incluso, más. Nueve millones de votos. Es lo que tiene la democracia parlamentaria.

Abstención activa

Esa posibilidad, la abstención activa de uno u otro partido, “hoy por hoy no la veo”, sostiene, sin embargo, un dirigente socialista. El tiempo dirá si tiene razón o se está ante una hipótesis descabellada. La clave está en ese ‘hoy por hoy’, y que revela de forma descarnada cómo la política ha derivado en puro 'chauchau'. O en puro teatro, como se prefiera. Existe un riego evidente de que la legislatura del cambio sea al final la del bloqueo. Y eso, ya se sabe, sólo genera frustración y salidas políticas fáciles para resolver cuestiones complejas.

Sin duda, porque España se enfrenta a problemas nuevos (las negociaciones para formar Gobierno con un parlamento fragmentado) con el mismo guión de las viejas situaciones. Lo cual es todavía más preocupante si se tiene en cuenta que los nuevos protagonistas hablan a la opinión pública a través de la televisión. Justo lo contrario que sucedía en la Transición, cuando los líderes, unas veces de forma discreta y otras a la luz de los taquígrafos, forzaban el cara a cara para evitar problemas de comprensión que emponzoñan el debate.

Hay riesgo de que la legislatura del cambio sea al final la del bloqueo. Y eso sólo genera frustración y salidas políticas fáciles para resolver cuestiones complejas

Hay otra posibilidad que en los últimos días se está perfilando en algunas filas socialistas. Obtener la investidura con Podemos pero luego gobernar con el PP (y con Ciudadanos de forma alterna) en los asuntos de Estado. Es decir, una especie de pacto bis a la portuguesa, donde los socialdemócratas (la derecha) han apoyado al primer ministro socialista en cuestiones que tienen que ver con el cumplimiento de las condiciones del rescate.

Es verdad, sin embargo, que no hay razones para pensar que eso sea posible en España. La realidad es que el centro derecha, ya desde los tiempos de Fraga, ha hecho suyo el célebre ‘cuanto peor, mejor’. El propio Fraga, incluso, forzó una abstención de Alianza Popular en el referéndum sobre la OTAN cuando su partido era más atlantista que la Sexta Flota de EEUU. Tanto Aznar como Rajoy continuaron adelante con esa estrategia (al enemigo ni agua aunque el país se vaya a pique). Y eso mismo es lo que se hizo el PP cuando España estaba al borde del rescate en mayo de 2010. No parece razonable creer, por lo tanto, en una salida en esa dirección. Entre otras cosas porque sería un fraude al electorado.

No se puede filosofar a martillazos, que diría el pensador alemán.

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