La inevitable marcha de Errejón al PSOE

Iglesias o Errejón. Errejón o Iglesias. La alianza con IU desnaturaliza Podemos para convertirlo en un simple partido izquierdista que excluye a buena parte de su electorado

Foto: ¿Acabará Errejón en el PSOE? (EFE)
¿Acabará Errejón en el PSOE? (EFE)

Sostenía hace algún tiempo el historiador económico Gabriel Tortella que la izquierda había muerto de éxito. Y lo explicaba en los siguientes términos. Ningún dirigente podía pensar hace un siglo que los países que hoy llamamos avanzados -la mayoría europeos- hubieran podido levantar un Estado de bienestar tan formidable como el que se ha construido, fundamentalmente a partir de 1945.

Las cifras le dan la razón. El gasto público se situó el año pasado en el 48,6% del PIB de la Eurozona, lo que se explica por la universalización de derechos esenciales como la sanidad, la educación, las prestaciones sociales de carácter económico, las pensiones o la cobertura de desempleo, que han evitado la exclusión social de millones de familias. Un logro inimaginable para quienes, en el primer tercio del siglo XX, luchaban por la generalización de los derechos económicos y sociales.

Aunque es evidente que la crisis ha afectado negativamente al tamaño -y a la calidad- de ese Estado de bienestar, y todavía demasiados ciudadanos están fuera del progreso económico, lo cierto es que el viejo sueño de Beveridge y de la socialdemocracia europea se ha cumplido con creces. Hoy, casi la mitad de la riqueza generada por un país en un año se destina a gasto público, que, por lógica, beneficia en mayor medida a quienes tienen menores recursos para destinar sus magros ingresos a educación o sanidad privadas. La revolución tecnológica, igualmente, ha influido de forma decisiva en el sujeto del cambio político, que ya no es el obrero industrial fordista (que requiere altos salarios para que el sistema funcione) o el proletariado clásico enajenado de sus derechos sociales.

Pablo Iglesias. (EFE)
Pablo Iglesias. (EFE)

Esto explicaría, según Tortella, que la izquierda, fundamentalmente a partir de los primeros años 80, que es cuando comienza a quebrarse la hegemonía del pensamiento keynesiano en favor del liberalismo (una especie de triunfo casi póstumo de Hayek sobre el sabio de Cambridge) comenzara a volcarse en todo tipo de revoluciones: la revolución feminista, el pacifismo, la ecología o los derechos de las minorías marginadas.

Es decir, se pasó de un movimiento político basado en cuestiones económicas y sociales -la situación de millones de trabajadores era angustiosa en la primera mitad del siglo XX y en el último tercio del XIX- a otro muy distinto en el que los derechos civiles formaban parte central del discurso político. En el caso de España, con otro factor de carácter 'nacional': la cuestión territorial, una rara anomalía en el espectro de la izquierda europea. Hoy, un porcentaje no despreciable de la izquierda española se ha hecho nacionalista desafiando el tradicional internacionalismo que históricamente ha configurado sus señas de identidad.

Hegemonía e impuestos

Como consecuencia de estas transformaciones, la socialdemocracia tradicional se ha visto arrinconada. Al fin y al cabo, la generalización de las prestaciones sociales (incluso en países con gobiernos conservadores) hace menos necesario su discurso. Y de ahí que nuevas formaciones hayan horadado su hegemonía. Hasta el punto de que hoy, utilizando la célebre metáfora de Marx, la socialdemocracia clásica es un fantasma que recorre Europa, pero en sentido contrario al que predecía el filósofo alemán. Sus electores tradicionales están hartos de pagar tantos impuestos para financiar el Estado de bienestar y por eso votan a los conservadores. O a los partidos socialdemócratas cuando se hacen ‘de derechas’.

El tiempo corre en contra del oportunismo político, y en la medida en que la situación se 'normailce', los nuevos populismos irán perdiendo fuelle y adeptos

Ese paraíso perdido -o crisis de identidad- lo ocupan hoy, en el caso español, formaciones como Podemos o, en mucha menor medida, Izquierda Unida, con un doble anclaje ideológico. Por un lado, sus dirigentes se sienten herederos de las viejas reivindicaciones de la izquierda de carácter material (más gasto público); pero, por otro lado, han articulado un discurso populista, sin consistencia intelectual alguna, que se basa más en el activismo social que en el sistema de representación parlamentaria, algo consustancial a las democracias más avanzadas. Cualquier reivindicación callejera, en este sentido, sirve para moldear el discurso, aunque sea incoherente y a veces trasnochado. Lo importante es ‘estar’ allí donde hay una reivindicación, aunque sea profundamente reaccionaria. A eso lo han llamado algunos la ‘nueva política’.

Esta esquizofrenia ideológica, basada en un tacticismo muy primario, sin embargo, es la que tiende a hacer irrelevantes a las formaciones populistas en situaciones de 'normalidad' política y económica (si es que alguna vez se puede utilizar este término). El tiempo corre en contra del oportunismo político, y en la medida en que la situación se vaya ‘normalizando’, los nuevos populismos irán perdiendo fuelle y adeptos.

Pero por el momento ocurre todo lo contrario. Tras la crisis y el ensanchamiento inmoral de la desigualdad, se ha producido una verdadera eclosión de esa izquierda. Una parte tiene un componente estrictamente coyuntural, pero otra ha venido a quedarse. Fundamentalmente, porque el ecosistema social en el que se desenvolvía tradicionalmente tanto la izquierda política como la sindical ha desaparecido, haciendo buena aquella descripción de Peter Glotz cuando hablada de la sociedad de los tres tercios.

Errejón e Iglesias en el Congreso. (EFE)
Errejón e Iglesias en el Congreso. (EFE)

Es decir, un tercio de ciudadanos puede considerarse satisfecho con el sistema económico (lo que en el lenguaje coloquial se denomina ricos); otro tercio de la población vive cómodamente instalado gracias a su trabajo más o menos bien remunerado, mientras que un último tercio de empleados o subempleados sobrevive a duras penas: trabajadores precarios pese a su sobrecualificación, expulsados del mercado de trabajo antes de alcanzar la edad de jubilación, jóvenes sin formación condenados al paro de larga duración o mujeres que viven de las prestaciones sociales como único recurso de vida.

Iglesias vs Errejón

La consolidación de este último tercio es lo que explica, sin lugar a dudas, el éxito electoral de Podemos, complementado con la cuestión territorial mediante pactos con las célebres confluencias como un movimiento puramente táctico. Tarde o temprano, sin embargo, este delicado equilibrio basado en unas circunstancias excepcionales e irrepetibles tenderá a agrietarse, probablemente después de las próximas e inevitables elecciones. Y es muy probable que lo haga por la dirección política de Podemos.

Parece evidente que las posiciones de Iglesias-Echenique, por un lado, y de Íñigo Errejón y sus seguidores, por otro, tenderán en el tiempo a ensancharse, toda vez que Podemos solo es capaz de sobrevivir unido cuando las encuestas y los votos juegan a su favor y el viento está de cola, pero difícilmente una amalgama ideológica como la que representa puede aguantarle el pulso a una situación adversa.

Errejón tiene precedentes para un hipotético paso al PSOE con Curiel y otros tantos dirigentes del PCE

Entre otras cosas, porque la posición de Iglesias es incompatible con la construcción de nuevas mayorías de carácter transversal que reclama Errejón, seguidor de Gramsci y su teoría de la hegemonía: una victoria política siempre viene precedida de una victoria ideológica (como Thatcher y Reagan demostraron a principios de los 80). Y hoy, le guste o no a Iglesias, los grandes partidos europeos tienen un carácter transversal (agrupan a todas las clases sociales) que parece despreciar el líder de Podemos, y que ha sido la causa de que Izquierda Unida nuca haya superado los 23 diputados.

En este sentido, la incursión de Podemos en la estrategia clásica izquierda-derecha (proponiendo la integración de IU) será su suicidio político, salvo que logre adelantar al PSOE en las próximas elecciones. Y no basta hacerlo mediante una distancia escuálida, toda vez que las confluencias, por sus propias características, son todo lo contrario que la integración orgánica. La unión temporal tiene más que ver con un sindicato de intereses.

Enrique Curiel. (EFE)
Enrique Curiel. (EFE)

El frentismo que reclama ahora Iglesias por razones puramente electorales es, precisamente, lo que acabará empujando a Errejón y a los suyos al PSOE tarde o temprano. Como en su día hizo Enrique Curiel o tantos dirigentes del PCE que acabaron en el Partido Socialista. Lógicamente, siempre que este partido se regenere, lo cual no será fácil con un líder como Sánchez. Los populismos son transversales por naturaleza (como el nuevo peronismo de Laclau que reivindica Errejón), y Podemos ha iniciado el camino de la irrelevancia política alejándose de su horizontalidad.

No es un fenómeno nuevo. La historia de Izquierda Unida, que ahora parece entregarse con armas y bagajes a Podemos por su angustiosa situación económica, no es más que el reflejo de ese tacticismo infantil que le ha llevado a alejarse de los nuevos actores sociales despreciando la nueva realidad socioeconómica. Como ha recogido en este periódico Iván Gil, ese sectarismo de clase (IU nació también como una confluencia ideológica) ha sido consustancial a una parte de la izquierda política, que desde los primeros años 80 ha confundido la acción política -que tiene un carácter más estratégico- con el activismo social, sin duda necesario en un contexto de agresión a derechos que se consideraban garantizados, pero ineficaz a la hora de construir un discurso político de largo recorrido.

Podemos dejará de ser el gran contenedor ideológico en el que cabe toda la izquierda -heredero intelectual del 15M- para ser simplemente un partido cesarista en línea con lo que lleva en las venas el pequeño Robespierre.

Mientras Tanto

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