El mayor fraude electoral de la democracia

La repetición de elecciones es un fraude constitucional. Solo está prevista en sistemas de doble vuelta, que no es el caso de España. El 26-J se ha convertido en un plebiscito

Foto: Iglesias y Rajoy en un encuentro en La Moncloa. (EFE)
Iglesias y Rajoy en un encuentro en La Moncloa. (EFE)

Norberto Bobbio, el filósofo italiano, se preguntaba en ocasiones sobre el significado de la abstención política. Y llegó a una conclusión. También en forma de pregunta. “Si todos actuaran como yo, ¿cuáles serán las consecuencias? ¿Acaso no sería el fin de la forma de gobierno cuya superioridad sobre todas las demás radica en que está fundada en el consenso, periódicamente declarado, de los ciudadanos?”.

El argumento es impecable. No se entiende la democracia sin participación ciudadana. Y, de hecho, en muchos países el voto es obligatorio. Pero Bobbio, cuando hacía su análisis, no podía imaginar que en una democracia consolidada, como la española, las principales fuerzas políticas no fueran capaces de llegar a un acuerdo para formar Gobierno. Un suceso verdaderamente extraordinario en la Europa contemporánea.

Muchos autores han llegado a la conclusión de que votar es irracional. Cuando alguien deposita su papeleta en una urna es consciente de que su acción es irrelevante en términos cuantitativos, toda vez que su influencia sobre el resultado final es insignificante. Pero lo hace. Incluso, asumiendo los 'costes' intangibles del voto, como puede ser el tiempo que debe dedicar un ciudadano a informarse sobre las distintas ofertas electorales o el coste de oportunidad que puede suponer esperar una cola hasta depositar la papeleta en lugar de realizar otra actividad.

El filósofo Norberto Bobbio no podía imaginar que en una democracia consolidada como la española las principales fuerzas políticas no llegarían a un acuerdo

Las razones de esta irracionalidad son obvias. Detrás de este comportamiento se esconde el hecho de que un ciudadano se siente concernido por lo que sucede a su alrededor. Tiene sentido de pertenencia a una comunidad o a un grupo ideológico, lo cual explica que, en el caso español, algo más de las dos terceras partes de los electores acudan frecuentemente a la urnas conscientes de la irrelevancia de su papeleta respecto del escrutinio total. Esta es la esencia de la democracia.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando los partidos no se ponen de acuerdo y hay que repetir las elecciones? Pues ni más ni menos que se condiciona el voto de forma determinante y hasta torticera.

Propaganda electoral enviada por los partidos de cara al 20-D. (EFE)
Propaganda electoral enviada por los partidos de cara al 20-D. (EFE)

La ‘repetición’ de elecciones, aunque técnicamente no pueden considerarse nuevos comicios, es la esencia de los sistemas electorales que prevén una segunda vuelta. El elector deposita una primera papeleta, pero sabe que su elección final puede variar en función de los resultados de la primera consulta. Ese argumento desaparece en los sistemas electorales que no prevén esa segunda oportunidad. Es más, el legislador, en el caso español, podría haber planteado en su día un sistema electoral presidencialista de segunda vuelta, pero no lo hizo por las razones que fueran.

Lo que no podía prever es que el filibusterismo parlamentario condujera a una situación como la actual, en la que los resultados del 20-D condicionan de forma determinante lo que ocurrirá el 26-J.  Lo cual vicia de origen el resultado de las próximas elecciones. Máxime cuando los cuatro principales candidatos serán los mismos, lo que pone de relieve una ausencia total de responsabilidades políticas por parte de quienes han conducido al país a esta situación. Ese consenso periódico del que hablaba Bobbio, y que es la clave de la democracia.

Un fraude de ley

Se trata de un auténtico fraude al espíritu del constituyente. En democracia, no hay ninguna razón que pueda justificar que desde los poderes públicos -en este caso los partidos con representación parlamentaria- se oriente el voto en una dirección u otra mediante una especie de segunda vuelta no prevista por el ordenamiento legal. Algo que, probablemente, aliente la abstención, un viejo instrumento de los regímenes autoritarios para fomentar la apatía política. Cuando un partido fomenta la abstención para vencer por aplicación mecánica del sistema electoral, en realidad, lo que está haciendo es fragmentar la soberanía nacional para que sean unos pocos quienes decidan por todos.

La no participación en un proceso electoral -sin contar medidas más irreverentes y hostiles como emborronar la papeleta o utilizarla como un panfleto político contra el sistema- se articula a través de la abstención, que puede ser activa (cuando el elector deposita en la urna su sobre sin incluir un candidato) o pasiva (cuando  ni siquiera acude a su colegio electoral).

Estas dos formas de abstención, sostenía Bobbio, son  funestas para la democracia. Pero lo cierto es que su importancia no es irrelevante. Todo lo contrario. En las últimas elecciones, 36.511.848 ciudadanos estaban llamados a las urnas. Sin embargo, participaron 25.438.532 ciudadanos, lo que significa que el 30,4% decidió no acudir por todo tipo de razones, algunas de ellas meramente técnicas que no pueden achacarse a motivaciones políticas.

Cuando un partido fomenta la abstención para vencer por aplicación mecánica del sistema electoral, lo que está haciendo es fragmentar la soberanía nacional

La cifra de electores, sin embargo, incluye 188.133 papeletas en blanco. Es decir, ciudadanos que no se decidieron por ninguna opción, pese a lo cual influyeron sin quererlo en el resultado final de los comicios favoreciendo a los partidos mayoritarios, ya que la asignación de escaños se realiza sobre el número de electores sin excluir a quienes no respaldan a ningún partido.

Sumando los votos nulos y en blanco, 415.351 electores no quisieron influir en favor de alguna de las candidaturas presentadas, lo que unido a los 11.073.316 que no acudieron a votar, da como como resultado una 'no participación' de 11.488.667 electores. Es decir, casi uno de cada tres ciudadanos declinó la invitación a votar pese a que la elección de los representantes políticos se suele identificar con un deber político y hasta moral.

Parece evidente que tamaño número de abstencionistas puede explicarse por un comportamiento racional del elector. En unos casos, porque ninguna de las candidaturas satisface sus expectativa o, en otros, simple y llanamente, porque la apatía es inevitable en sociedades complejas como las actuales. Otro número significativo también lo pudo hacer porque considera que su vida no va a cambiar nada gobierne quien gobierne.

Para qué sirven los gobiernos

El todavía presidente Obama, con una extraordinaria sagacidad a la hora de identificar los problemas de los ciudadanos, se dirigió,  precisamente, a los abstencionistas en su primer discurso de investidura en enero de 2009. “Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, a disponer de una sanidad que puedan pagar o a una jubilación digna”.

Parece evidente que esos son argumentos muy sólidos para justificar el voto. Pero no ocurre lo mismo en España, donde el tacticismo electoral -no hay razones para pensar que los mismos partidos que no se ponen de acuerdo para reducir los gastos electorales lo hagan para formar un Gobierno estable- se ha impuesto a los problemas de fondo.

El fraude es todavía mayor si la nueva convocatoria se hace a partir de un análisis previo que provoca necesariamente un sesgo en el resultado final. La propensión a la abstención política es mayor en unos colectivos que en otros. No es homogénea, y, por lo tanto, los partidos que tienen electores de mayor edad (los menos abstencionistas) tienen un incentivo para convocar unas nuevas elecciones, como así ha sucedido. Por el contrario, como revelan las encuestas del CIS, la propensión al voto de los más jóvenes es menor, lo cual influye, de una forma que puede llegar a ser determinante, en el resultado de una segunda vuelta.

En España se ha impuesto el tacticismo electoral de unos partidos que no son capaces ni de ponerse de acuerdo para reducir gastos electorales

Este condicionamiento político por razones tácticas -que debería ser extraño en una democracia- se manifiesta de forma palmaria en las distintas estrategias electorales.

Lo que se pide el 26-J -salvo en el caso de Ciudadanos- no es el voto para que gane una determinada opción, sino que el objetivo declarado es derrotar al adversario político para que no gobierne, lo cual convierte los procesos electorales en una pantomima.

Rajoy ganó en 2011 con el argumento de echar a ZP de La Moncloa y ahora Iglesias quiere expulsarle a él. (EFE)
Rajoy ganó en 2011 con el argumento de echar a ZP de La Moncloa y ahora Iglesias quiere expulsarle a él. (EFE)

Rajoy ganó por mayoría absoluta en 2011 con un argumento supremo: había que echar de La Moncloa al sucesor político de una calamidad llamada Zapatero, y ahora, paradojas de la historia, es Pablo Iglesias quien quiere ser hegemónico en la izquierda con un único argumento: hay que expulsar a Rajoy a cualquier precio. También el propio Rajoy ha orientado ya su campaña en una sola dirección: hay que impedir que los ‘neocomunistas bolivarianos’ -Unidos Podemos- alcancen el poder.

¿Tiene esto algo que ver con la democracia? ¿Con el consenso político del que hablaba Bobbio? O simplemente se vende como elecciones lo que en realidad no es más que un plebiscito. Exactamente igual al que planteó Artur Mas en las últimas elecciones catalanas -independencia sí o independencia no- y que todos los partidos constitucionalistas consideraron un fraude.

Mientras Tanto
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