'Vota Podemos (o la CUP): es lo que más duele'

La gobernabilidad de España se juega en Cataluña y otros territorios. Los partidos antisistema se han refugiado en Podemos para sacar adelante sus reivindicaciones

Foto: La diputada de la CUP Anna Gabriel. (EFE)
La diputada de la CUP Anna Gabriel. (EFE)

Fue Tolstoi quien dijo que todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. El escritor ruso, obviamente, no hablaba de Cataluña. Pero el hachazo que ha dado la CUP al proceso soberanista no es más que el reflejo de una realidad incómoda. El problema siempre es el otro.

[Lea aquí: Puigdemont y Junqueras buscan otro plan que salve el 'procés' en tres meses]

Cataluña, sin embargo, no es el otro. Representa el 18,9% del PIB nacional, el 25% de las exportaciones y el 15,9% de la población, y aunque a veces se olvida, tiene una enorme capacidad de arrastre sobre la política española. Como el País Vasco. Y lo que suceda allí seguirá influyendo de forma decisiva en el resto del Estado. Entre otras cosas, porque el derrape del soberanismo no lo están capitalizando las fuerzas constitucionales. Al contrario.

El hecho de que En Comú-Podem, el 20-D, se convirtiera en el partido al que votaron los anticapitalistas de la CUP -no ocurre así en las autonómicas o las municipales- tuvo un significado político verdaderamente relevante que ha pasado inadvertido. Y no solo por la fuerza del sentimiento independentista, sino, sobre todo, porque se pretendía enviar al resto del Estado una señal inquietante: el Congreso de los Diputados representa solo a Madrid. Lo importante son las elecciones 'locales'. Y Podemos era el mejor compañero de viaje. Tanto en Cataluña como en el País Vasco.

[Lea aquí: 'Montoro, principal beneficiario de la prórroga presupuestaria de la Generalitat']

Con esta estrategia se trata, en realidad, de deslegitimar los procesos electorales de carácter nacional. Como de hecho sucede ya con la renuncia de la CUP a presentarse en las elecciones generales, lo que permite crear un espacio político que ahora ocupa Podemos con un discurso ambiguo: "Sí al referéndum, pero no a la independencia". Algo que le ha permitido convertirse -junto a la coalición que encabeza Ada Colau- en la primera fuerza política de Cataluña (12 diputados). Y la segunda en el País Vasco tras el PNV, después del descalabro de EH Bildu.

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)
La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)

 

Existe, por lo tanto, un riesgo cierto de que cada elección general se convierta en el futuro en un pulso entre el independentismo y la España constitucional. Haciendo bueno, de esta manera, aquel eslogan que proclamaban los socios de ETA durante unas elecciones al Parlamento europeo (se podían presentar al ser circunscripción electoral única): 'Dales donde más duele: vota a Herri Batasuna'. Siempre es más fácil (y menos costoso) crear un partido a nivel regional que lanzar un proyecto nacional.

La espina dorsal

Ese sentimiento soberanista (que va más allá de la aritmética parlamentaria) es hoy, todavía, poco intenso en la Comunidad Valenciana y Galicia, pero a medida que se consolide esa corriente disgregadora, hay razones para pensar que los dos partidos que han sido la espina dorsal del sistema político en las las últimas décadas -PP y PSOE- tenderán a ser irrelevantes, como sucede en Cataluña y el País Vasco.

Y el reciente rifirrafe entre Pedro Sánchez y el valenciano Ximo Puig a cuenta de una lista unitaria de la izquierda para el Senado no es más que un aviso a navegantes. O expresado de otra forma. Los partidos constitucionales -junto a Ciudadanos- tienen por delante un futuro muy complicado a la hora de lograr la gobernabilidad del país si antes no son capaces de lograr la racionalidad política en todos los territorios. Incluido Cataluña.

Cataluña es la llave de la gobernabilidad en Madrid, lo cual significa, ni más ni menos, que el país convivirá con la inestabilidad durante bastante tiempo

Rajoy acertó en su día cuando defendió la legitimidad de la Constitución para oponerse al desafío soberanista. Pero se equivocó gravemente cuando ninguneó la construcción de una alternativa creíble. Probablemente, convencido de que el PSOE -como así ha ocurrido- iba a ser el partido más castigado en las urnas. Eso es lo que ha sucedido en Cataluña y el País Vasco (donde crece Podemos), y es muy probable que vaya a ocurrir en el futuro en Galicia, la Comunidad Valenciana, Baleares y Navarra, hasta convertir al viejo partido de Pablo Iglesias (el auténtico) en una formación de la España meridional.

En política, sin embargo, casi todos los movimientos acaban circulando por vasos comunicantes. Y la sociedad española ya está pagando esa falta de audacia de Rajoy a la hora de intentar resolver los problemas políticos. Hoy, España no tiene Gobierno, precisamente, por el incendio territorial.

Cataluña, guste o no, es, de hecho, como sucede con el resto de territorios con fuerte presencia soberanista, la llave de la gobernabilidad en Madrid, lo cual significa, ni más ni menos, que el país convivirá con la inestabilidad durante bastante tiempo. La capacidad de contaminar la vida política del nacionalismo es algo que siempre la política española ha subestimado, lo que explica en buena medida las tensiones territoriales actuales. Malo cuando el Estado se pliega sin más y malo cuando no se hace nada para resolver los problemas.

La capacidad de contaminar la vida política del nacionalismo es algo que la política ha subestimado, lo que explica las tensiones territoriales actuales

Los problemas de gobernabilidad para el Estado no son, precisamente, pequeños. Entre otras cosas porque el PSOE es consciente de que cualquier pacto con el PP (por pasiva o por activa) puede convertirlo en el Pasok griego. Claro está, salvo que se pueda reconducir el carajal autonómico y los socialistas vuelvan a ser decisivos en aquellos territorios donde hoy son irrelevantes. Pero, para eso, es necesario que se cumpla una condición: lo primero es resolver los problemas territoriales. O, por lo menos, encauzarlos.

Ciudadanos, igualmente, sufrirá, y mucho, si pacta con el PP de Rajoy. Otra cosa es que lo haga con un partido conservador renovado alejado de los escándalos de corrupción y capaz de enfrentarse a los problemas con coraje político. Mientras tanto, el ecosistema territorial seguirá desgastando a todos. Y mucho. No solo a los 'otros'.

Mientras Tanto
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
27 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios