"Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros”

La investidura se ha convertido en un teatro del absurdo, como en la obra de Ionesco o Beckett. Los personajes del drama se creen más importantes que la propia democracia

Foto: Mariano Rajoy. (EFE)
Mariano Rajoy. (EFE)

Una de las sesiones más esperpénticas del parlamentarismo español se produjo el 16 de noviembre de 1870. Se trataba de encontrar un candidato para la Corona de España tras la forzada salida de Isabel II.

El resultado fue el que sigue: 191 votos a favor de Amadeo de Saboya; 60 votos para la República Federal (sin identificar el nombre del futuro presidente); 27 para el duque de Montpensier (a quien se le considera instigador del asesinato del general Prim); ocho para el general Espartero; dos en favor de una República Unitaria; uno, por una República no definida y un voto para la infanta Luisa Fernanda, además de 19 abstenciones. Como se ve, todo muy democrático.

Tan solo dos años y dos meses después, Amadeo de Saboya abandonaba España y dejaba escrito uno de los testamentos políticos más dramáticos y sinceros. “Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha [refiriéndose a España], entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles; todos invocan el dulce nombre de la patria; todos pelean y se agitan por su bien, y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible afirmar cuál es la verdadera causa, y más imposible todavía hallar remedio, para tamaños males. Los he buscado ávidamente dentro de la ley y no los he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla”.

El país sigue sin Gobierno y nada indica que en un tiempo “razonable” lo tenga. Probablemente porque España tiene la peor clase política de la democracia

El 11 de febrero de 1873, al día siguiente de la abdicación de Amadeo I, el Congreso y el Senado, constituidos en Asamblea Nacional, proclamaron la l República por 258 votos contra 32. El primer presidente fue Estanislao Figueras, un barcelonés de bien que pocos meses después huyó a París horrorizado del caos político. Como recuerdan los periódicos de la época, el 9 de junio de 1873, apenas cuatro meses después de su nombramiento, y tras numerosas broncas en el Consejo de Ministros sin alcanzar ningún acuerdo para superar la crisis institucional que atravesaba el país, Figueras había colmado su paciencia y, en un momento de la sesión, el presidente exclamó abochornado: “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

Sin esperar un minuto, abandonó la sala del Consejo de Ministros y se dirigió a la estación de Atocha. Allí cogió un tren que le llevó a la capital francesa sin dar más explicaciones. Cuando regresó a España, años después, los problemas seguían ahí.

Cayo Lara, el excoordinador general de Izquierda Unida, llegó a recordar este exabrupto desde la tribuna de oradores, pero su súplica cayó en saco roto. Desde entonces, el país sigue sin Gobierno y nada indica que en un tiempo “razonable”, que diría Rajoy, lo tenga. Probablemente, porque España tiene en estos momentos la peor clase política de la democracia.

Patética conferencia de prensa

A la cabeza de ella, y en las circunstancias actuales, la presidenta del Congreso, Ana Pastor, que, vulnerando la separación de poderes, algo intrínseco a la figura de la presidencia del Congreso de los Diputados, ni siquiera es capaz de marcar el territorio del poder legislativo frente al poder ejecutivo. Y no lo hace cuando balbuceando, en una patética conferencia de prensa, y para no perjudicar a su camarada y amigo, es incapaz de fijar un calendario de negociaciones para la investidura.

La presidenta del Congreso, Ana Pastor. (EFE)
La presidenta del Congreso, Ana Pastor. (EFE)

Sin duda, porque el sistema parlamentario español está pervertido y actúa a las órdenes del poder ejecutivo. Los diputados no se deben a sus electores, sino a quien los ha incluido en las listas electorales, lo cual genera brazos de madera que votan lo que se les ordena y una deuda indeleble que hace que cada parlamentario obedezca ciegamente a su jefe de filas.

Esta subordinación del poder legislativo al ejecutivo -que degrada el parlamentarismo- convierte al Congreso (del Senado es mejor no hablar) en un teatro del absurdo en el que actores mediocres y completamente incomunicados entre sí, como en la obra de Ionesco, interpretan en público un papel prestado que no les corresponde. Algo que facilita los casos de corrupción y los excesos del poder, inherentes a cualquier sistema político.

Así es como se ha llegado a una situación insólita en la que la elección del presidente del Gobierno, en contra del mandato constitucional, no descansa en el Parlamento, reflejo de la soberanía popular, sino en élites políticas que controlan el aparato de los diferentes partidos. Una especie de secuestro de la democracia que convierte a la política en un juego de trileros con el único objetivo de satisfacer demandas personales.

Candidatos del PP

Hasta el punto de que se confunde la figura del candidato con la del país. Como si la Constitución hubiera optado por una democracia presidencialista y no de carácter parlamentario, que es la que diseña la Carta Magna.

Los diputados no se deben a sus electores, sino a quien los han incluido en las listas, lo cual genera brazos de madera que votan lo que se les ordena

Mariano Rajoy, en este sentido, comete un grave error si piensa que su persona es más importante que su partido. Pero sobre todo yerra si está convencido de que los casi ocho millones de votos que obtuvo el Partido Popular el 26-J son solo de su cosecha. Cualquier otro dirigente del PP que no fuera extravagante -Sáenz de Santamaría, Núñez Feijóo o, incluso, Pablo Casado- hubiera logrado unos resultados similares o, incluso, mejores habida cuenta del gran rechazo que suscita el presidente en funciones, como le recuerdan una y otra vez las encuestas del CIS.

El éxito del PP -y de esto no hay ninguna duda demoscópica- es que tiene un suelo electoral extraordinariamente alto, al contrario que el PSOE, lo que le permite disfrutar de un mínimo de 120-125 diputados independientemente de quien sea el candidato. Sin duda, mérito de quienes han construido ese partido desde su refundación en tiempos de Aznar.

Es por eso que resultaría absurdo mantener al señor Rajoy como candidato si en el debate de investidura -que sí o sí debe convocar la presidenta del Congreso de forma inmediata para salvar la decencia de la Cámara- resulta rechazado. Ese sería el momento en el que el PP -legitimado por las urnas para seguir gobernando- debería encontrar un nuevo candidato a la presidencia del Gobierno.

La vicepresidenta del Gobierno en funciones, Soraya Sáenz de Santamaría. (EFE)
La vicepresidenta del Gobierno en funciones, Soraya Sáenz de Santamaría. (EFE)

No se trata de que los partidos de la oposición impongan un nuevo candidato, algo que de ninguna manera les corresponde hacer y sería completamente antidemocrático, sino de certificar que el señor Rajoy es incapaz de formar Gobierno. Y al igual que los otros partidos no están legitimados para decir quién debe ser el candidato del Partido Popular, tampoco el presidente en funciones puede obligar a nadie a que se abstenga o vote a favor.

Al fin y al cabo, la democracia es más importante que las personas que ocupan temporalmente un papel relevante en la vida pública, como ha demostrado Cameron tras el Brexit. Y no hay democracia cuando entre unos y otros, invocando el dulce nombre de la patria, que decía amargamente Amadeo I, evitan que se forme gobierno, que es la expresión de la voluntad popular ejecutando normas que le llegan desde el parlamento. Unos por intereses personales, otros por rencores históricos y otros porque piensan que el mundo les debe algo.

No solo Rajoy debe recapacitar si pierde la investidura. También lo debe hacer Pedro Sánchez si un candidato alternativo del Partido Popular es elegido presidente el Gobierno. El secretario general socialista ha obtenido en dos elecciones los peores resultados de su partido desde 1977, y parece evidente que su tiempo ha pasado.

La democracia es más importante que las personas que ocupan temporalmente un papel relevante en la vida pública, como demostró Cameron tras el Brexit

El PSOE, al igual que sucede en el PP, es más importante que sus candidatos. Y como hiciera Estanislao Figueras, es mejor marcharse con dignidad que arrastrarse por el lodo buscando pactos imposibles para salvar el pellejo.

La democracia no se entiende sin cambios. Exactamente iguales a los que se producen en la sociedad. Y cuando idénticos personajes se atrincheran sobre las tablas del teatro de la política sin moverse, y mirando de forma absorta al vacío, a la nada, el resultado es el absurdo. “No hay nada que hacer…”; “No hay nada que ver…”, que decía el personaje Estragón en la primera parte de 'Esperando a Godot'.

Mientras Tanto
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