Borrell, el hombre que fumaba Marlboro

Borrell es un superviviente de la política. Pocos como él han sido capaces de estar siempre en el sitio oportuno. Pero su pasado -Abengoa, Huguet, Aguiar- le acompaña

Foto: El expresidente del Parlamento Europeo y exministro socialista Josep Borrell. (EFE)
El expresidente del Parlamento Europeo y exministro socialista Josep Borrell. (EFE)

Contaba hace algún tiempo López Bulla, un antiguo dirigente de CCOO, una anécdota deliciosa. En una ocasión, y poco antes de que el viejo PSUC se rompiera en pedazos (la trifulca va en la sangre de la izquierda española), un dirigente histórico del partido con toneladas de clandestinidad en sus espaldas afeó la conducta de otro dirigente de su misma quinta y de sus mismos trajines durante la dictadura. Se celebraba una reunión del comité central, y la respuesta de su interlocutor ante la invectiva de su camarada fue inaudita: "¡¡¡Qué me vas a enseñar tú, que en plena clandestinidad fumabas Marlboro!!!”.

A Josep Borrell (Puebla de Segur, 1947) le sucede algo parecido. Siempre ha ido por libre y ha fumado Marlboro en su vida política, lo que le ha llevado a ser casi siempre diferente. Una especie de 'rara avis', un sujeto extraño, dentro del PSOE. Incluso ya desde los lejanos tiempos de la Diputación Provincial de Madrid, donde empezó políticamente a sacar la cabeza a partir de su agrupación de Majadahonda, durante un tiempo cantera de dirigentes socialistas.

No es que Borrell se haya movido mucho ideológicamente -sigue siendo el mismo jacobino de siempre, heredero de una socialdemocracia que podría llamarse clásica-, sino que ha sido su partido el que se ha mudado en función de las circunstancias históricas. Y Borrell, fiel a sí mismo, lo que ha hecho es aprovechar con lucidez los tiempos políticos. En particular, cuando el PSOE padece una crisis de liderazgo, lo cual no es nada infrecuente. Justo lo que ha sucedido en las últimas semanas en Ferraz.

Fecha nacimiento:
24/04/1947
Profesión:
Político
Lugar de nacimiento:
Pobla de Segur (La) (Lleida)
Lugar de mandato:
España
Partido:
PSOE

Cuando Borrell huele sangre, aparece siempre como el salvador, como la gran esperanza blanca, y eso explica que en 1998 ganara las primarias socialistas a una ‘prima donna’ como entonces era Joaquín Almunia, respaldado por el aparato felipista. Nadie mejor que él para estar en el sitio oportuno en el momento preciso, olfateando el cabreo de las bases con la dirección después de haber perdido unas elecciones. O para sacar un libro a tiempo para desmontar las falacias del nacionalismo catalán.

Borrell, de hecho, llegó a ser secretario de Estado de Hacienda casi de rebote. Por estar bien colocado. Después de que José Víctor Sevilla, el hermano mayor del exministro socialista, dimitiera por la inmoralidad que suponía que el Estado comercializara pagarés del Tesoro opacos al fisco. Pero, como en el cuento de Monterroso, Borrell estaba allí. Y no por poco tiempo.

Ha sido, probablemente, uno de los mejores secretarios de Estado de Hacienda, y en todo caso, el que más tiempo ha permanecido en el cargo -siete años-, lo que dio pie a un célebre comentario de Antonio Gala, quien en una de sus troneras acuñó la expresión "Borrell, cuidado con él". Por entonces, todo hay que decirlo, mucha gente no entendía que se tuviera que crear una Agencia Tributaria, una criatura suya amamantada desde su viejo despacho de Casado del Alisal, donde recibía a periodistas a últimas horas de la noche.

Pero, paradojas de la vida, algunos de esos periodistas fueron los que sacaron los trapos sucios de Huguet y Aguiar, dos colaboradores suyos en Hacienda. Desde entonces, esa sombra le acompaña. Ahora, dos décadas después, el diario ‘El País’, de nuevo, le ha puesto la proa. Antes descabalgándole como candidato a la presidencia del Gobierno, y ahora cerrando filas con el nuevo aparato de Ferraz.

Ha salido indemne de las peleas, incluso las más cruentas, gracias a ser como una especie de Laudrup de la política: sabe colocarse donde va a llegar el balón

Gala, gran escritor, desconocía, sin embargo, la personalidad de Borrell. De él se pueden decir muchas cosas, pero no que sea un profesional de las camarillas. De hecho, siempre ha salido indemne de todas las peleas, incluso las más cruentas (realmente nunca se supo si era renovador 'de la nada', como los llamaba Guerra en tiempos de cólera de la Federación Socialista Madrileña).

Sin duda, porque fumaba Marlboro mientras los demás hacían la revolución con celtas cortos. Y es que Borrell siempre ha sido de esos tipos que son como una especie de Laudrup de la política: sabe colocarse donde va a llegar con seguridad el balón. Es como esos individuos que andan 10 centímetros por encima de los demás sin tocar el suelo, como le sucedía a Miguel Boyer. Como él, un hombre de ciencias y con la cabeza bien amueblada.

Borrell y el conde de Romanones

Esto es así porque Borrell -parafraseando a Ortega- es él y sus circunstancias. Ni siquiera le afectó la caída política de su jefe en el ministerio, Carlos Solchaga, enfrentado a Alfonso Guerra. Ni el hecho de que fuera brillante ministro de Obras Públicas del último Gobierno de Felipe González, achicharrado como pocos tras desvelarse asuntos turbios como el GAL o la corrupción política.

Y es que Borrell es políticamente inclasificable gracias a un discurso bien trenzado y una mente algo cuadriculada, pero con argumentos sólidos. Probablemente, porque es ingeniero y matemático, y eso debe imprimir carácter en un país de leguleyos. Ya decía el conde de Romanones que para triunfar en política en España, bastaba con ser alto, ser abogado y hablar bien en público.

Decía el conde de Romanones que para triunfar en política, bastaba con ser alto, ser abogado y hablar bien en público. Borrell cumple la última premisa

Borrell cumple la última de las premisas (tampoco es bajito), pero, sobre todo, no pertenece a ningún grupúsculo dentro del PSOE. Hace unos días, el pasado 18 de octubre (antes del último comité federal del PSOE), se preguntaba en la revista de la Fundación Sistema: “Los que ahora claman por la responsabilidad de la abstención, ¿dónde estaban cuando se tomó la decisión contraria? ¿Tan fuerte era el liderazgo de quien lo proponía que se vieron arrastrados sin remisión por él?" (sic). Que se sepa, también Borrell, miembro de ese comité federal, cayó en el síndrome de Estocolmo y no dijo ni mu esperando su segunda oportunidad.

No lo tendrá fácil. Dejar la política después de haber sido ministro o presidente del Parlamento europeo debe ser duro, y eso explica que fichara por Abengoa, una empresa que trabaja en mercados regulados por el poder político.

No hubiera pasado nada si Abengoa no se hubiera ido a pique, y si la crisis no hubiera puesto al descubierto comportamientos poco éticos en términos de puertas giratorias. Y aunque Borrell saldrá del consejo de administración el próximo mes (por imperativo de los acreedores), su presencia en el comité de retribuciones que ha pagado cuantiosas indemnizaciones a los anteriores gestores no parece la mejor carta de presentación para asaltar el cuartel de Ferraz.

Es probable, sin embargo, que lo haga. Pero, aquí está la paradoja, respaldado por el sector más izquierdista y asambleario del PSOE. El propio Borrell ha reconocido que en el anterior proceso de primarias le dio su aval a Pérez Tapias (Izquierda Socialista) para que lograra los 10.000 avales necesarios. “Yo le he dado el mío, entre otras razones porque fue el único diputado que no votó la reforma exprés de la Constitución con la que, en el verano de 2011, Zapatero claudicó ante las exigencias de Trichet”. No está nada mal para alguien que fue elegido presidente del Parlamento de Estrasburgo con los votos del Partido Popular Europeo.

Como se ve, un discurso que conecta bien con quienes niegan la abstención a Rajoy. Es lo que tiene ser un superviviente político que parece estar convencido de que su partido -y probablemente el país- le deben algo.

Mientras Tanto
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