¡Estúpidos!, es la globalización
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Carlos Sánchez

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¡Estúpidos!, es la globalización

Los populismos son hijos de la globalización; el desorden económico ha sembrado de incertidumbre a las clases medias. Y las nuevas élites lo han aprovechado electoralmente

placeholder Foto: Acto de campaña electoral de Donald Trump. (Reuters)
Acto de campaña electoral de Donald Trump. (Reuters)

Existen populismos de derechas y de izquierdas, pero en algo coinciden: la globalización está detrás del progresivo empobrecimiento de las clases medias de los países ricos. Es decir, de buena parte de su electorado.

La receta que se propone es similar. Las naciones deben recuperar parte de su soberanía perdida en aras de enfrentarse a dos de los grandes problemas económicos que el mundo tiene por delante: el impacto de las nuevas tecnologías sobre el empleo (y los salarios) y, en el caso de los países avanzados, la deslocalización industrial, que supone trasladar a países con bajos costes gran parte de la producción.

Ambos fenómenos actúan en paralelo. Y la consecuencia, como parece evidente, es un ensanchamiento de las desigualdades y del malestar social, agravado por la pérdida de credibilidad de los políticos que pertenecen a los partidos tradicionales. Sin duda, porque para millones de familias, su política de prioridades está clara.

Foto: Donald Trump, presidente de Estados Unidos. (Reuters)

Difícilmente puede preocupar en los hogares el cambio climático, la corrupción intelectual de los nuevos populismos o la demagogia cuando lo urgente es llegar a fin de mes. Davos, el espíritu de la élite empresarial y política que cada año se reúne en la montaña mágica suiza, ha empezado a perder la batalla. Gana lo más prosaico: el empleo y el salario digno.

El Nobel Angust Deaton lleva años recordando que el progreso tecnológico va siempre acompañado de un avance en la desigualdad debido a que inicialmente solo unas minorías –las élites– se benefician del progreso. Algo que puede explicar el creciente divorcio entre el campo y la ciudad, como han demostrado el Brexit o el triunfo de Trump. Entre otras cosas, porque la deslocalización industrial expulsa del mercado laboral no solo a quienes trabajaban en las grandes fábricas. También, a las pequeñas y medianas empresas que conforman el tejido industrial y hasta el alma de un determinado territorio.

De esta manera, el mundo se encuentra atrapado en una paradoja. Es evidente que el comercio mundial favorece el crecimiento económico porque abarata bienes y servicios y permite abrir nuevos mercados, pero, al mismo tiempo, perjudica a amplias capas de la población que se sienten muy vulnerables por la competencia de países que no respetan los derechos humanos, contaminan de forma irresponsable, no soportan los elevados costes del Estado de bienestar o financian a sus empresas en condiciones ventajosas. Sin contar el desprecio de los derechos laborales. China es el paradigma.

Respuesta política

El mundo, en este sentido, parece atrapado por una pinza política que convierte a la globalización en pieza de caza mayor. Hasta el punto de que está detrás del auge de los nacionalismos, que primero son de carácter económico (aumento del proteccionismo) y, posteriormente, derivan en una respuesta política. Algo que puede explicar la ralentización del comercio internacional. Si antes de la crisis el comercio mundial se incrementaba el doble que el producto interior bruto (PIB) del conjunto del planeta, ahora crece prácticamente la mitad: un 1,7% anual, según las estimaciones de la OMC.

No se trata de un fenómeno coyuntural. Entre 1947 y 2001, el PIB real de EEUU creció en una tasa anual media del 3,5%. Sin embargo, desde 2002 hasta hoy, ese promedio ha caído hasta casi la mitad (el 1,9%).

Donald Trump y Pablo Iglesias surgen de programas de televisión, y aunque las soluciones sean distintas, las causas de su aparición son las mismas

Esta ralentización en el crecimiento es lo que puede explicar, en parte, el malestar en una sociedad acostumbrada a las certidumbres, y que siempre ha tenido garantías de que sus hijos vivirían mejor que sus padres. Bajo crecimiento y menor cohesión social forman un cóctel demasiado explosivo como para pensar que el modelo Davos de crecimiento no iba a tener consecuencias políticas.

El mundo, por decirlo de una manera directa, cada vez tiene menos que repartir por los escasos avances en productividad, lo que unido a la pérdida de credibilidad de los sistemas políticos (corrupción o proliferación de élites extractivas que controlan los grandes medios de comunicación), genera un formidable desafío. Máxime cuando la política de tipos cero de los bancos centrales beneficia, sobre todo, a la industria del dinero. Precisamente, la que llevó al mundo al borde la catástrofe. Y perjudica, paradójicamente, al ahorrador. Ese célebre 1% que posee la misma riqueza que el 99% restante y que se beneficia de la inexistencia de cláusulas sociales o de reciprocidad comercial en las transacciones internacionales. Pero que recibe dinero barato para sus inversiones financieras, lo que explica que Wall Street esté en máximos históricos.

Como han recordado Peter Navarro y Wilbur Ross, que han preparado el músculo intelectual del programa económico de Trump, los flujos de inversión directa desde EEUU hacia China permanecieron bastante estables entre 1999 y 2003, alrededor de 1.600 millones de dólares al año, pero desde 2004 y hasta 2008, antes de la crisis, esa cifra ha saltado hasta los 6.400 millones de dólares al año. Pura deslocalización industrial acompañada de un proceso de desregulación financiera iniciada en tiempos de Clinton (Bill) –fin de la separación entre banca comercial y de inversión- que ha acabado por escapar del control de las élites. En la OMC, de hecho, vale lo mismo el voto de EEUU que el de Albania.

Un reciente estudio de dos profesores californianos, Laura Tyson y Lenni Medonca, ha demostrado que entre 2005 y 2014 el ingreso medio de dos tercios de los hogares en 25 economías desarrolladas se mantuvo estable o descendió en términos reales. Y sólo después de las transferencias públicas -a través de subvenciones, deducciones o bajada de impuestos- los perdedores de la globalización han podido mantener su nivel de vida.

La ralentización en el crecimiento es lo que puede explicar el malestar en una sociedad acostumbrada a las certidumbres, cuyos hijos vivirían siempre mejor

Unos perdedores que, como han admitido economistas poco sospechosos de ir contra la globalización, como José Luis Feito*, se pudieron beneficiar en el pasado de los aumentos del gasto público y de su capacidad para redistribuir la renta mediante la política fiscal. Una especie de compensación por los males que genera la globalización.

Declive industrial

Es decir, que el gasto público ha jugado un papel fundamental para compensar los efectos adversos del desarme arancelario y del posterior declive industrial que se está produciendo en las economías más avanzadas.

Sin embargo, y aquí está la paradoja, muchos gobiernos atacan, precisamente, las fronteras del Estado de bienestar con recortes y políticas de ajuste, lo que supone dejar en la intemperie a millones de trabajadores que se sienten desprotegidos ante la globalización. En España, apenas el 44% de los parados (en relación a la EPA) percibe alguna prestación pública, ya sea de carácter asistencial o contributiva. Los aumentos del gasto público, de hecho, tienen más que ver con el envejecimiento de la población (pensiones o sanidad) que con un verdadero incremento del gasto social.

Este es el caldo de cultivo del que se nutren los populismos. Muchos ciudadanos observan a su alrededor ciudades que antes eran prósperas y hoy son una ruina. En las que crece la delincuencia y el analfabetismo tecnológico.

Los empleos no cualificados son los más vulnerables a la globalización, y de ahí que el voto, para muchos, sea el único instrumento de defensa contra los ataques a su estatus social y económico. La influencia de las redes sociales y de las televisiones, que permiten a los ciudadanos tener más información sobre lo que sucede, hacen el resto.

Hoy, la política ha dejado de ser una cuestión de minorías influyentes (por eso la prensa tradicional está desdibujada) para convertirse en un espectáculo mediático. Donald Trump y Pablo Iglesias surgen, de hecho, desde programas de televisión, y aunque las soluciones que proponen sean distintas, las causas de su aparición son las mismas.

Esta ceguera de muchos políticos ante lo que está pasando explica el triunfo de Trump o, en el futuro, de Le Pen, cuyos votantes no pertenecen al suburbio o al lumpen social. Son honrados padres y madres de familia que pagan impuestos y que observan con incredulidad lo que sucede a su alrededor: trabajo precario, bajos salarios, pérdida de derechos laborales o degradación de las políticas públicas en sanidad, educación o pensiones. Y que sufren las consecuencias de una competencia desigual.

Entre 2005 y 2014 el ingreso medio de dos tercios de los hogares en 25 economías desarrolladas se mantuvo estable o descendió en términos reales

Las clases medias no tienen acceso a muchas prestaciones sociales, por ejemplo guarderías o vivienda pública, porque los beneficiarios –los recursos son limitados– son inmigrantes de muy bajos ingresos. Lo que indudablemente produce tensiones sociales y comportamientos xenófobos.

Gordon Brown, el ex primer ministro británico, lo dijo con lucidez. “Debemos comenzar por reconocer que, en un mundo cada vez más integrado e interdependiente, cada país debe encontrar el equilibrio adecuado entre la autonomía nacional que desea y la cooperación internacional que necesita”. Es decir, hay que ordenar la globalización para evitar males mayores.

Las manifestaciones de Seattle en 1999 fueron la primera advertencia de que algo se estaba haciendo mal con un alocado proceso que ha llevado al mundo a que un personaje como Trump vaya a dirigir la primera economía del planeta. No es su éxito, es nuestro fracaso.

*La globalización y sus enemigos, 'Actualidad Económica', noviembre, 2016.

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