Terrorismo yihadista: la conjura de los bolardos

La guerra contra el terrorismo es una guerra ideológica. Y de ahí que el núcleo de la respuesta esté en la necesidad de controlar y perseguir a los agentes radicalizadores

Foto: Homenaje a las víctimas del atentado de Barcelona en las Ramblas. (Reuters)
Homenaje a las víctimas del atentado de Barcelona en las Ramblas. (Reuters)

Cuenta Borges en su impagable 'Historia universal de la infamia' cómo, en 1517, el padre Bartolomé de las Casas tuvo “lástima” de los indios que morían extenuados en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. Para evitar tanto sufrimiento, propuso al emperador Carlos V la importación de negros que sustituyeran a los indios en su fatigoso trabajo. Y, gracias a ello, sostenía Borges, el mundo conoce los blues de Handy, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los 500.000 muertos de la guerra de secesión, la admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del diccionario de la Real Academia Española o la “deplorable” rumba 'El manisero', además del candombe.

El terrorismo salafista-yihadista –una especia de tercera guerra mundial de baja intensidad– tiene algo del cuento de Borges. Presuntamente, está construido ideológicamente a partir de un buen número de errores históricos –el Acuerdo Sykes-Picot, la financiación ilegal de los talibanes para derrotar a la Unión Soviética en Afganistán, la lucha por la hegemonía política en Oriente Medio entre distintas facciones del islam, las guerras por controlar el subsuelo petrolífero o la invasión de Irak–, pero, muy al contrario de lo que describía el cuento del escritor argentino, se produce en un contexto muy diferente. Las democracias más avanzadas, con los estándares de mayor calidad de vida del planeta, son golpeadas por procesos de radicalización de terroristas que no solo ignoran y desprecian la historia, sino que pretenden recuperan valores anacrónicos. Una especie de regreso a la Edad Media.

Pilar CebriánPilar Cebrián

De hecho, el terrorismo yihadista que sufre Europa a manos de jóvenes nacidos en su propio territorio no responde a la existencia de unas condiciones socioeconómicas objetivas capaces de espolear un proceso de cambio político radical, en última instancia la causa principal de las transformaciones sociales. Ni siquiera existe un patrón de comportamiento cultural que permita explicar su aberrante conducta. La clave, como han puesto de manifiesto multitud de estudios, reside en la existencia de agentes de radicalización yihadista –el cordón umbilical que les une con el terror– que influyen de forma despiadada sobre jóvenes que viven en la marginación o en guetos, aunque no en todos los casos. Y que encuentran en el terrorismo su razón de ser. Un agarradero existencial sostenido bajo el mito de Al Ándalus.

La clave reside en la existencia de agentes de radicalización yihadista que influyen de forma despiadada sobre jóvenes

Eso explica que solo una minoría de los musulmanes –preferentemente de segunda o tercera generación– se adhieran a una versión violenta del salafismo, mientras que la inmensa mayoría se integra en sociedades desarrolladas que, además, son extremadamente permisivas con sus particularidades, ya sea a través de un modelo multicultural (Reino Unido) o de integración (Francia), ahora en profunda en revisión.

Singularidad geográfica

Es decir, en contra de lo que suele creerse, el terrorismo de origen yihadista no es uniforme ni es proporcional a la población musulmana residente, salvo en el caso de Ceuta y Melilla por su singularidad geográfica. El 76,7% de los yihadistas detenidos en España procede de las áreas metropolitanas de Barcelona y Madrid, más las dos ciudades norteafricanas, pero en esas zonas solo reside la tercera parte de la población musulmana llegada a nuestro país.

Jesús EscuderoJesús Escudero

El único perfil común es que se trata de terroristas con escaso nivel de estudios y, como consecuencia de ello, con empleos de nula o escasa cualificación. Y en este sentido, el hecho de que los atentados de Barcelona y Cambrils hayan sido generados por inmigrantes de segunda generación –todos tienen menos de 25 años– no es más que una preocupación adicional. No hay que olvidar que las primeras oleadas de inmigrantes llegaron en primer lugar a Cataluña en los años 90. Por lo que, como ha dicho el general Ballesteros, director del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), solo cabe esperar en los próximos años un aumento del terrorismo de segunda generación. No es caer en la frustración, es describir la realidad.

El único perfil común es que se trata de terroristas con escaso nivel de estudios y, como consecuencia de ello, con empleos de nula o escasa cualificación

La geografía del terrorismo, incluso, es hoy un rompecabezas incompleto difícil de interpretar en el que aparecen bolsas sociales con mayor o menor probabilidades de cometer atentados, pero que, en ningún caso, explican un patrón general de conducta. Y en este sentido, es probable que la prensa haya magnificado el ‘efecto Molenbeek’, la relación entre condiciones de vida y terrorismo, cuando lo determinante, a medida que se conoce mejor la naturaleza del terrorismo yihadista, es la expansión de determinadas ideologías que encuentran su caldo de cultivo en esos barrios degradados y con altas tasas de desempleo. Pero que no son la causa del terrorismo, sino la consecuencia del fanatismo ideológico. De hecho, la mayor de las pobrezas en cualquiera de esos barrios degradados de Europa es al menos similar a una confortable vida en muchos lugares del planeta.

Momento del registro de un domicilio en la calle Pont d'Olot de Ripoll (Girona). (EFE)
Momento del registro de un domicilio en la calle Pont d'Olot de Ripoll (Girona). (EFE)

Es decir, que es la ideología lo que corrompe, y de ahí que, por primera vez desde que se configuró el derecho penal moderno, las legislaciones nacionales estén comenzando –España ya lo ha hecho– a condenar penalmente a los que usan la palabra para aterrorizar o para reclutar adeptos creando fronteras interiores. Una especie de criminalización de determinadas ideologías que fomentan la xenofobia o la violencia. Incluso, con carácter previo a la materialización de la conducta. Algo que hasta hace muy poco se consideraba una anatema y que iba contra una determinada concepción del derecho penal desde el siglo XVIII. Pero lo cierto es que también con la palabra se puede delinquir.

Malestar identitario

Los procesos de ‘autoradicalización’, de hecho, son marginales, como han reflejado muchos estudios, lo que sitúa la carga de la prueba entre aquellos reclutadores que suministran munición ideológica, fundamentalmente el entorno familiar, las comunidades religiosas o las redes sociales, que contribuyen a construir una retórica política que florece en la indigencia intelectual. Una retórica que lleva a construir un ‘malestar identitario’ carente de cualquier racionalidad, levantado sobre símbolos capaces de sustituir a los estados fallidos.

Los investigadores Reinares, García Calvo y Vicente han estimado que una gran mayoría de los detenidos en España entre 2013 y 2016 por actividades relacionadas con el terrorismo yihadista se radicalizó en compañía de otros individuos. Así fue, para casi nueve de cada diez de ellos, lo que supone el 86,9% de los casos. Las mezquitas y los imanes, en este sentido, juegan un papel fundamental y de ahí que en la concentración de la plaza de Cataluña del pasado viernes se echara en falta una mayor presencia visual de las comunidades islámicas. Ahí está el núcleo de la acción preventiva del Estado.

Ahora bien, la brutalidad de los atentados terroristas no es incompatible con la existencia de una ideología sutil destinada a lavar cerebros. Como han puesto de relieve algunos estudios, menos del 5% de la propaganda del Daesh tiene un carácter violento, lo que significa que el 95% restante se centra en el victimismo, la misericordia y la construcción del califato como instrumento para aplastar al ‘opresor’. Algo que refleja la existencia de una cierta supremacía de valores que engancha a jóvenes que se sienten apátridas en su propio territorio.

La brutalidad de los atentados terroristas no es incompatible con la existencia de una ideología sutil destinada a lavar cerebros

Como ha señalado el coordinador antiterrorista de la UE, Giles de Kerchove, el peligro para la seguridad ya no son los combatientes terroristas retornados de Siria o Irak a medida que son expulsados de esos territorios –de hecho, ninguno de los terroristas abatidos en Cataluña había viajado jamás a los territorios controlados por el Estado islámico–, sino los individuos que se radicalizan sin que consten antecedentes criminales o indicios previos de radicalización.

Algunos estudios sostienen que incluso en el caso de los individuos autoradicalizados, ha existido previamente una dirección exógena o algún tipo de incitación por parte de mentores externos. Ahí es donde hay que seguir actuando, y no tanto en los bolardos. Es el tiempo de los imanes y de las mezquitas y de un mayor compromiso por parte de los entornos familiares. Incluso, con responsabilidades penales. La seguridad del Estado debe hacer el resto.

Mientras Tanto

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