¿Qué diablos le pasa a Albert Rivera?

La fractura independentista ha acabado por desquiciar a Rivera. El liberalismo de Ciudadanos hace aguas y hoy Rivera ofrece la cara más radical y menos constructiva

Foto: El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante el pleno del Congreso de los Diputados. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante el pleno del Congreso de los Diputados. (EFE)

Cuando, en junio de 2005, un grupo de intelectuales, juristas o, simplemente, ciudadanos de Cataluña presentó el manifiesto fundacional de lo que hoy es Ciudadanos, aquella iniciativa fue saludada como un soplo de aire fresco. Su oferta política, como se sabe, se situaba de forma nítida frente a la hegemonía nacionalista, que no solo había ocupado todas las capas de la política de Cataluña, sino que, además, había sido capaz de contaminar a partidos de izquierda históricamente alejados de esa visión chata de la historia que es el nacionalismo.

De la mano de gentes como Boadella, Félix de Azúa, Carlos Trías o Francesc de Carreras, Ciudadanos se convirtió no solo en un referente político ante un Partido Popular que nunca ha entendido Cataluña, lo que explica sus piruetas ideológicas en aquella comunidad, sino en un espejo ético en el que mirarse, toda vez que sus dirigentes no eran profesionales de la política. Por el contrario, estaban dispuestos a sacrificarse en terreno hostil.

Ciudadanos ofrecía un mensaje fresco e ilusionante. Entre otras cosas, porque en sus estatutos iniciales se definió como socialdemócrata

El crecimiento de Ciudadanos era, por lo tanto, cuestión de esperar. Y eso llegó como consecuencia de tres circunstancias que coincidieron en el tiempo: el auge del independentismo y de sus compañeros de viaje, que creó un enorme espacio político en Cataluña y que el PP no estaba en condiciones de ocupar por su anterior política de pactos con CiU; la corrupción y la crisis económica, que permitió lanzar un mensaje de regeneración de la cosa pública en tiempos de frustración colectiva; y el error de cálculo político de Rosa Díez, que desperdició una gran oportunidad de crear un partido de centro izquierda capaz de competir electoralmente con el PSOE. Además de contar con un candidato atractivo –Albert Rivera– sin ningún cadáver en el armario.

Rivera no desaprovechó esa oportunidad y el crecimiento de su partido fue fulgurante. Sin duda, porque muchos españoles –en defensa de la decencia de la democracia– querían arrinconar la vieja política, como sucedió en el ámbito de la izquierda en el caso de Podemos.

Ciudadanos ofrecía un mensaje fresco e ilusionante. Entre otras cosas, porque en sus estatutos iniciales se definió como un partido de corte socialdemócrata, lo que le permitió capitalizar el espacio político de centro izquierda que el PSOE ha ido perdiendo de forma progresiva. Todas las encuestas del CIS suelen recordar que es en el centro (tirando a la izquierda) donde se ganan las elecciones, como bien sabe Rajoy, a quienes muchos de su partido califican de socialdemócrata, pero que alcanzó la mayoría absoluta en 2011 (casi once millones de votos), precisamente, gracias a los votos más moderados procedentes del PSOE.

Como se sabe, Ciudadanos rebautizó al partido en el último congreso como una formación de corte liberal, lo que significó abandonar el término socialdemócrata provocando un vivo debate dentro del partido. Aunque la palabra liberal –paradójicamente, de origen español– es hoy manoseada por sectores intolerantes o ciertamente anarco-liberales que confunden el Estado con la opresión, hay coincidencia en que ser liberal es entender el mundo desde una concepción abierta y no estrecha.

Intransigencia y fanatismo

O lo que es lo mismo, ser liberal es lo contrario del dogma y supone entender las diferencias y el pluralismo para poder situar la razón política (el liberalismo es hijo de la Ilustración) cerca del plano del otro. Precisamente, para entenderlo, que no es lo mismo que justificarlo. Lo contrario es intransigencia y, en ocasiones, hasta fanatismo. En todo caso, incompatible con la fragmentación humana, que describía Isaiah Berlin en sus célebres ensayos sobre la libertad.

Esa posición templada no tiene nada que ver ni con la equidistancia ni con la claudicación ni, por supuesto, con la sumisión a la doctrina nacionalista, sino con una visión moderada de la política que caracteriza a los partidos de centro, lo que explica que en unas ocasiones puedan pactar con la derecha o con la izquierda. Como Ciudadanos, de hecho, practica. En Andalucía con el PSOE y en Madrid con el PP. Con Pedro Sánchez en aquel debate de investidura fallido y con Mariano Rajoy en la actualidad. Es lo lógico en un partido que se proclama de centro liberal y que entiende que la gobernabilidad de un país está por encima de la ideología, como corresponde a los países políticamente civilizados.

¿Qué diablos le pasa a Albert Rivera?

De un tiempo a otra parte, sin embargo, Albert Rivera parece que se ha convertido en un cimarrón de la política. Ese discurso templado se ha convertido en un disparate cuando habla de Cataluña. Hasta el punto de que muchos ven hoy a Rivera como un pirómano en el incendio catalán.

En lugar de abrir su discurso político hacia aquellos sectores catalanistas críticos con el independentismo, que deben jugar un papel esencial en los próximos meses para superar la crisis habida cuenta de que no va a haber ninguna independencia, ha optado por una estrategia ciertamente frentista que solo ayudará a empobrecer un poco más el debate político. Probablemente, guiado por razones electorales, lo cual es legítimo en unas circunstancias normales, pero completamente imprudente –y hasta irresponsable– en un contexto como el actual, en el que España se juega la secesión del 20% de su territorio.

Hostigamiento nacionalista

Hacer política para ganar elecciones en las actuales circunstancias –en contra del racionalismo liberal– es una temeridad que dice muy poco en favor de Rivera y del equipo que le rodea, a quien probablemente le traiciona el subconsciente por tantos años de hostigamiento nacionalista, pero que hoy debe ofrecer algo más que testosterona. Guste o no, los nacionalismos también caben en la Constitución española y en el Estado social y liberal que proclama Ciudadanos como un bien a defender.

La vía del 155 que tanto reclama puede servir para acabar con un problema, pero la solución dependerá siempre de esa política de alianzas que desprecia

La política no es una tertulia –aunque muchos de los dirigentes de C's vienen de los platós y de estudios de radio– en la que se dicen bravuconadas solo para lograr los célebres quince minutos de gloria de los que hablaba Andy Warhol. La política, es evidente, solo es tal cosa si se dan argumentos para solucionar los problemas de la gente, como frecuentemente sostiene Rivera en asuntos como los autónomos o los permisos de paternidad, pero también es aplicable a la cuestión catalana. La vía del 155 que tanto reclama puede servir para acabar con un problema, pero la solución dependerá siempre de esa política de alianzas que hoy Rivera desprecia con un discurso intransigente.

Ciudadanos se equivocó de forma palmaria cuando (en compañía de ERC) votó en contra de la creación de una comisión parlamentaria destinada a actualizar el modelo territorial –que necesariamente llevará a reformar la Constitución–, y el mismo error tuvo cuando de forma unilateral, y sin contar con los partidos constitucionalistas, planteó una moción de censura contra el gobierno de Puigdemont, lo cual era un sinsentido político en el actual contexto político, y que solo podría abrir costuras, como así sucedió, entre los partidos que defienden el orden constitucional.

El problema de fondo de Ciudadanos, en todo caso, tiene que ver con su inconsistencia sobre qué modelo territorial pretende para España. Cuando C's nació, quería acabar con los derechos históricos vascos y navarros (programa electoral de 2008) y clamaba por la recentralización de políticas estratégicas como la educación o la sanidad, incluso modificando el artículo 149 de la Constitución, que es clave en la estructura competencial del Estado.

Una 'estelada' ondea en una manfiestación a favor de la independencia. (Reuters)
Una 'estelada' ondea en una manfiestación a favor de la independencia. (Reuters)

Olvidada esa etapa –en 2017 se han prolongado los privilegios en el cálculo del cupo con el voto a favor de C's a los presupuestos generales–, optó por plegarse a la compleja realidad territorial de España. Sin duda, una buena decisión que se explica por su madurez política. Los discursos simplistas para enfrentarse a una realidad compleja, como se sabe, son propios de ese populismo que Rivera le recrimina con razón a Pablo Iglesias.

Ciudadanos, sin embargo, carece hoy de un discurso mínimamente constructivo e ilusionante sobre Cataluña y sobre la vertebración de España. Sin duda, necesario para encauzar el conflicto hacia la racionalidad política, que es la esencia del liberalismo. Algo que explica que el partido de Rivera sea residual en comunidades como Galicia o País Vasco, donde hay una realidad compleja que los mantras simplistas no son capaces de abarcar.

En política no vale todo por un puñado de votos. Y lo mejor que puede hacer Rivera es ofrecer soluciones concretas y precisas abriendo la mano hacia esos sectores catalanistas no independentistas que buscan sensatez en tanto despropósito, y que no quieren ver como su autogobierno es devorado por el poder estatal, lo cual, dicho sea de paso, va contra la Constitución del 78 que dice defender Rivera. La vía del disparate va contra la razón liberal.

Mientras Tanto

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