Ajuste de cuentas: ¿qué es lo que pasó entre De Guindos y Rato?

Rato estuvo ayer en el Congreso. Dio su versión de los hechos. Hay una cosa clara: Bankia rompió una vieja amistad. Su versión de los hechos no se aleja de la realidad

Foto: El ministro de Economía, Luis de Guindos, con Rodrigo Rato. (EFE)
El ministro de Economía, Luis de Guindos, con Rodrigo Rato. (EFE)

Es probable —o no, que diría Rajoy— que Rodrigo Rato, a estas alturas de su vida, haya hecho suya una vieja máxima atribuida a Mark Twain: “Quien dice la verdad no necesita acordarse de nada”. Pero lo cierto es que el relato que hizo ayer en el Congreso sobre los siete meses que conmovieron al mundo financiero español (enero-julio de 2012) tiene visos de realidad. Su intervención no fue, de ninguna manera, un 'fake'. Probablemente, porque el exministro de Economía, con un incierto futuro penal, está de vuelta de casi todo. Y si algo le ha gustado históricamente tanto como comer con los dedos es la vida parlamentaria, ya desde los lejanos tiempos en que conspiraba contra Hernández Mancha.

La versión de Rato —en líneas generales— está avalada por los hechos, y también por algunos protagonistas de la época. Pero en contra de lo que pueda parecer, no supone reescribir la historia oficial de lo que pasó aquellos días, sino la demostración palmaria de que el nuevo Gobierno entró como elefante en cacharrería en la crisis del sistema financiero, sin duda porque no había tiempo que perder.

Tampoco supone que pueda eludir sus responsabilidades en la salida a bolsa de Bankia, ni mucho menos la aprobación de sus negocios privados, impropios de un alto cargo. Pero la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, que decía el clásico. Tampoco supone descalificar la estrategia del ministro De Guindos, que heredó un problema colosal: reflotar un negocio bancario cuasi quebrado. Y lo que es más relevante: teniendo que actuar de forma contundente para evitar que la parte enferma del sistema financiero contaminara a la más saneada, lo que hubiera sido una catástrofe todavía mayor: España tuvo que pedir prestados más de 40.000 millones de euros.

Ajuste de cuentas: ¿qué es lo que pasó entre De Guindos y Rato?

Para entender lo que pasó en aquellas semanas, hay que partir de un hecho indiscutible. El Gobierno abordó inicialmente los problemas de la banca española —ahí está el decreto Guindos 1— como una cuestión relacionada principalmente con el nivel de provisiones. Y, de hecho, eso es lo que comentaba en conversaciones privadas el ministro Montoro —por entonces principal asesor económico de Rajoy— poco antes de alcanzar el poder. El PP estaba convencido de que si se obligaba a destinar mayores recursos propios a cubrir la elevada morosidad, sería suficiente para frenar la hemorragia bancaria.

No está claro si el equipo económico más cercano a Rajoy llegó a esa conclusión por un deficiente diagnóstico de la realidad del sistema financiero realizado a lo largo de 2011 o, por el contrario, era la conclusión lógica habida cuenta de que las arcas públicas estaban vacías: inicio de la segunda recesión y una deuda pública creciendo en vertical. No había, por lo tanto, margen alguno para inyectar fondos públicos, una solución a la que siempre se opuso el Banco de España de Fernández Ordóñez.

Lo único claro es que las grandes entidades financieras, Santander, BBVA y La Caixa, estaban aterrorizadas por las pretensiones del nuevo Gobierno de dar una nueva vuelta de tuerca a las provisiones (los sucesivos decretos Guindos). Era lo mismo, sostenían, que pagaran justos por pecadores, y de ahí que desde el primer momento presionaran al Gobierno para que diseñara un cordón sanitario en torno a las cajas de ahorros y, en particular, en torno a Bankia.

A humo de pajas

En realidad, no era ninguna novedad. A nadie sorprendió —y menos al Banco de España— que el ministro de Economía dijera al FT que la banca española tenía que cubrir un déficit de provisiones equivalente a 50.000 millones de euros. No hablaba a humo de pajas. Entre otras cosas, porque la cifra se la dieron el propio Fernández Ordóñez y el subgobernador Aríztegui en un encuentro celebrado el 2 de enero de 2012, apenas dos semanas después de llegar al poder el PP. Pero esa cifra, que era de consumo interno, se convirtió en una bomba de relojería, y desde aquella entrevista con el salmón británico llovieron chuzos de punta contra un sistema financiero algo más que tocado. Casi hundido y en medio de una segunda recesión.

Esa información 'confidencial' es, de hecho, la que Economía trasladó a los técnicos del Fondo Monetario Internacional (FMI), que, por entonces, elaboraban un informe sobre España, y como tal fue incluida de forma sutil. Pero con una precisión que acabaría por liquidar a Rato: Bankia era la fuente de todos los problemas, algo que, por cierto, ya sabía el Banco de España, que había estimado un déficit de provisiones de 13.000-14.000 millones de euros, por debajo de los que inicialmente estimó Goirigolzarri (aunque finalmente fueron más de 21.000 millones).

En todo caso, cifras colosales que provocaron que el 15 de abril Fernández Ordóñez reclamara la sustitución de Rato, pero no por la vía expeditiva, como hizo De Guindos, sino a través de una modificación del gobierno corporativo de Bankia que a la postre convertiría al exministro en un florero, siendo sustituido por un gestor profesional (ya se habló por entonces de Goirigolzarri).

Galgos o podencos

El objetivo era claro. Evitar que Bankia arrastrara al resto del sistema financiero en plena subida de la prima de riesgo. Es decir, que la gran banca, que no había pedido recursos públicos, pudiera sobrevivir al margen del castigo de los mercados, que no diferenciaban entre bancos inviables y entidades solventes, aunque tuvieran escaso nivel de provisiones para cubrir los fallidos del ladrillo.

El desplome de la banca en bolsa se produjo, precisamente, después de que De Guindos revelara el déficit de provisiones de 60.000 millones, pero sin aclarar si los protagonistas del desfase eran galgos o podencos. O lo que es lo mismo, qué entidad tenía más problemas y cuál tenía menos. Lo paradójico, y en esto tiene razón Rato, es que el Banco de España fuera apartado de ese proceso de reestructuración financiera, llevada a pulso por el propio De Guindos y su secretario de Estado de Economía, Fernando Jiménez. El propio Ejecutivo presionó de forma intensa para que Fernández Ordóñez abandonará el cargo unos meses antes del fin de su mandato.

Ese pacto tácito entre De Guindos y la gran banca (los encuentros del 4 y 6 de mayo de 2012 con Botín, Fainé y González) es el que Rato considera la raíz de su liquidación como banquero. Solo los protagonistas pueden decir si es verdad o mentira.

En todo caso, el exministro de Economía de Aznar no tenía nada que hacer en el nuevo esquema de actuación. Tanto es así que, según Rato, el 6 de mayo, el último día de conversaciones con los grandes banqueros, De Guindos pidió a su antiguo jefe en la época de Aznar su salida, lo que se materializaría tres días más tarde.

Rodrigo Rato, el día de la salida a bolsa de Bankia. (EFE)
Rodrigo Rato, el día de la salida a bolsa de Bankia. (EFE)

Tan solo dos meses y medio después de esa renuncia, el BOE publicaba el 'Memorando de entendimiento' entre España y la Comisión Europea. O lo que es lo mismo, el rescate de la parte más dañada del sistema financiero, que no era otra que las cajas de ahorros y, en particular, el grupo BFA/Bankia.

Misión cumplida, debieron pensar los grandes banqueros: identificado el problema, los mercados debían comenzar a aflojar la soga que les apretaba desde que De Guindos había desvelado unas importantes necesidades de cobertura del sistema financiero. Y eso es lo que pasó. Pero con la ayuda inestimable de Draghi, que inauguró los Juegos Olímpicos de Londres anunciando que haría todo lo que fuera necesario para salvar el euro. Lo hizo. Salvó la moneda única y, de paso, a la banca española, que se beneficio de que por fin se acometiera una solución global. Aunque fuera quirúrgica y dejando cadáveres en el armario.

Mientras Tanto

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