Historia de España: Lo que separa a Marcelino Camacho de Andrea Levy. Blogs de Mientras Tanto

Lo que separa a Marcelino Camacho de Andrea Levy

Marcelino Camacho nació hace un siglo. Hoy empiezan los actos de homenaje. El fundador de CCOO representa una generación que no ha tenido continuidad. Se impone la política líquida

Foto: El fundador de CCOO, Marcelino Camacho, junto a su mujer, Josefina Samper en 2008.
El fundador de CCOO, Marcelino Camacho, junto a su mujer, Josefina Samper en 2008.

Marcelino Camacho, que era un sindicalista a la vieja usanza, solía decir que la mejor manera de empezar a negociar un convenio colectivo era arreando una patada a la puerta del patrón para dejar claro, desde el minuto uno, quién mandaba en la empresa. Se trataba, evidentemente, de una metáfora. Ni siquiera era una fanfarronada o una amenaza. Era solo una forma de expresar la importancia que tiene negociar desde posiciones de fuerza. Su viejo rival José María Cuevas— lo llamaba la liturgia que precede a cualquier acuerdo, y que era tan necesaria como el propio acuerdo.

Marcelino Camacho (1918-2010), de hecho, rompió pocos platos. Y desde luego, menos que otros de su generación. Sin embargo, pasó muchos años en prisión por sus ideas. No es que defendiera nada extraordinario. Ni siquiera la revolución obrera más allá de la retórica política de la que han mamado históricamente derecha e izquierda. Simplemente, reclamaba derechos laborales tan elementales como la posibilidad de hacer huelgas, la negociación de convenios colectivos o la libertad de elección de los representantes de los trabajadores en las fábricas. Nada insólito en cualquier democracia vulgar.

Camacho representa a una generación de españoles que perdió la guerra, pero ganó la democracia

En 2018, habría cumplido cien años. Y es por eso por lo que se van a celebrar diversos actos para recuperar su memoria. No es mala idea ahora que algunos miran la Transición —fundamentalmente respecto a la política territorial— como fuente de los problemas actuales.

Camacho representa como pocos a una generación de españoles que perdió la guerra, pero que ganó la democracia. Y lo que es más singular: que consiguió que la recuperación de los valores democráticos se hiciera pactando con los vencedores. Nada extraño en el mundo sindical, cuya razón de ser son, precisamente, los acuerdos. Un abrazo histórico que hoy llamamos Transición, y que inauguró el periodo más próspero de la reciente historia de España.

Su vida, como la de tantos, se resume en tres años de guerra civil; trabajos forzados en el norte de África; exilio en Orán (Argelia); resistencia interior contra el franquismo; luchas obreras durante el desarrollismo de los años 60 y primeros 70; la Perkins de la calle Canillejas (donde encontró trabajo gracias a Ruíz-Giménez), el Proceso 1.001, la cárcel de Carabanchel, los míticos jerséis de Josefina, los albores de la democracia, la legalización de los sindicatos…, y el olvido. Como muchos historiadores han expresado, los sindicatos han sido los grandes ignorados de la Transición, hasta el punto de que muchos miran el cambio político como un pacto a tres entre la Corona, el antiguo régimen y la nueva generación de españoles que no vivió la guerra, y que de alguna manera representaban el PCE del eurocomunismo y Felipe González.

Unai Sordo (Izda.) e Ignacio Fernández Toxo, junto a la viuda de Marcelino Camacho, Josefina Samper. (EFE)
Unai Sordo (Izda.) e Ignacio Fernández Toxo, junto a la viuda de Marcelino Camacho, Josefina Samper. (EFE)

Un sindicato de nuevo tipo

Es probable que el olvido tenga que ver con que entonces lo prioritario era sustituir la arquitectura institucional del franquismo por otra nueva y plenamente democrática. Y en ese escenario, primaba la política sobre la economía. Fuentes Quintana decía de Suárez que era un "milagrero" porque siempre confiaba en la suerte en forma de barriles de petróleo que traerían los árabes. Pero no hay duda de que el papel de los sindicatos fue muy relevante. Entre otras cosas, porque eran las únicas organizaciones de masas capaces de vertebrar al país. En particular, CCOO, que ya desde su primer Congreso se definió como un sindicato de "nuevo tipo".

Este concepto puede parecer hoy hueco. Vacío. Pero tiene su importancia porque pretendía romper con una vieja tradición: la idea de que los sindicatos debían ser la correa de transmisión de los partidos políticos. Y lo que no es menos relevante, se pretendía abrir el sindicato a nuevos sectores sociales más allá de los tradicionales monos azules.

Lo curioso es que quien encabezó esa estrategia fuera, precisamente, Camacho, que había mamado de ese farol político que era el internacionalismo proletario impulsado por la Unión Soviética, y que en realidad solo buscaba poner a los sindicatos a los pies de la estrategia del PCUS y de sus satélites.

Y la política desaparece cuando se trasforma en un tuit o en un pensamiento hueco destinado solo a llamar la atención

El hecho de que CCOO —contagiado del sindicalismo italiano— explorara nuevos caminos no fue fruto de la visión de un líder carismático —y Camacho lo era— sino de una reflexión colectiva. Precisamente, la misma materia prima con la que se cosió la Transición. En la cárcel se leía, se traducían ediciones clandestinas, se discutían textos y se hablaba del futuro. Poco, muy poco, del pasado. La construcción frente a la destrucción. El porvenir frente al rencor.

Sin duda, porque aquella generación entendió que el país necesitaba un nuevo pacto social capaz de unir en un mismo proyecto político a las nuevas cohortes de españoles. Pero, al mismo tiempo, aprovechando la experiencia vivida y sacando conclusiones de los terribles errores del pasado. Sin buscar la humillación del adversario político. Y lo que no es menos importante, asumiendo los costes de la normalización política, lo que suponía desarrollar un cierto sentido de la responsabilidad histórica. Incluso, tragando sapos en aras de resolver problemas.

Es decir, hacer justo lo contrario que el populismo o el discurso desvergonzado y falaz que no entiende de soluciones. Ni de ideas ni de propuestas. Solo palabrería. Y que solo pretende decir a los electores lo que estos quieren oír despreciando el valor de "lo político", que, como decía Carl Schmitt, es la consecuencia del Estado. El Estado, decía el pensador alemán, presupone el concepto de lo político.

Aquella generación entendió que el país necesitaba un nuevo pacto social capaz de unir en un mismo proyecto a las nuevas cohortes de españoles

Y la política desaparece cuando se trasforma en un tuit o en un pensamiento hueco destinado solo a llamar la atención. O cuando se convierte en una soflama o en un debate insulso en televisión que solo busca banalizar la acción política, convirtiéndola en parte de la industria del entretenimiento. Muchos lo llaman modernidad, pero en el fondo esa forma de entender la política es tan vieja como la propia demagogia.

No sin razón, hace ya muchos años, Camacho repetía hasta la saciedad —y era un conversador incansable hasta el agotamiento del contrario— que lo que él llamaba 'revolución científico-técnica' iba a cambiar el mundo de forma radical. Pero él pensaba que la gran transformación se produciría en las relaciones laborales o industriales. Se equivocó parcialmente.

Es evidente que los avances tecnológicos están transformando el mundo del trabajo, pero lo que él no podía pensar es que el discurso político acabaría postrado ante tanta vacuidad, lo que el gran Josep María Flotats ha definido como el "pensamiento barato". Una especie de industria 'low cost' de las ideas que solo provoca ruido y estupor. Son las 'andreaslevys' que pululan por las redes sociales —se podría poner cualquier otro nombre— y que campan a sus anchas por el espacio que deja la estulticia intelectual.

Hace un siglo que nació Marcelino Camacho, pero en realidad ha pasado una eternidad. Nadie podía pensar que la revolución científico-técnica era esto: la muerte de la política.

Mientras Tanto

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