Día Internacional de la Mujer: Albert Rivera, la huelga anticapitalista y Alejandra Kolontái. Blogs de Mientras Tanto

Albert Rivera, la huelga anticapitalista y Alejandra Kolontái

Toda huelga es política. Y no todos los capitalismos abordan de igual forma la discriminación de las mujeres. El origen de la desigualdad actual está, de hecho, en la política

Foto: En el centro, la líder de Ciudadanos en Madrid. (Twitter)
En el centro, la líder de Ciudadanos en Madrid. (Twitter)

Albert Rivera y otros dirigentes de su partido dijeron antes del 8-M que Ciudadanos no haría un llamamiento en favor de la huelga porque el manifiesto convocante era “anticapitalista”. “No apoyamos la huelga general anticapitalista que han convocado porque no somos anticapitalistas", ha dicho el presidente de Ciudadanos.

Otros dirigentes de su partido —también del PP— han criticado la convocatoria, aunque en ningún caso se han opuesto a las demandas de las mujeres contra la discriminación salarial, por el alto contenido político del 8-M, que consideran que va mucho más allá de una reivindicación en favor de la equiparación salarial entre hombres y mujeres. Intelectuales como Mario Vargas Llosa, en la misma línea, han considerado que el manifiesto “es muy discutible”. Entre otras cosas, porque “no es verdad que el capitalismo sea el causante de la desigualdad de la mujer. Eso es una barbaridad”, sostuvo el escritor en Onda Cero.

Tiene razón el nobel. Acusar al capitalismo en genérico de la discriminación de la mujer es absurdo. Algunos de los países más avanzados del mundo son, precisamente, los que más han estrechado las numerosas brechas existentes —no solo salariales— entre hombres y mujeres. Y todos y cada uno de ellos —en particular los países nórdicos— se rigen por la oferta y la demanda, aunque con intensa presencia del Estado, algo que el escritor peruano rechaza.

¿Significa eso que el sistema económico es irrelevante a la hora de la equiparación entre hombres y mujeres? No parece que vayan por ahí los tiros. En la Unión Soviética y sus países satélites se presumió durante años de la incorporación de la mujer al trabajo.

Lo que sorprendía a cualquier visitante en los años setenta u ochenta —y desde luego en las décadas anteriores— era ver a las mujeres conduciendo tractores, autobuses o trabajando en cualquier oficio de la construcción. La tasa de actividad femenina, de hecho, era casi similar a la masculina y apenas había discriminación salarial. Todo el mundo cobraba lo mismo. ¿Significa eso que en los países del llamado socialismo real había plena igualdad y no había razones para protestar? En absoluto.

Hablar de igualdad cuando no hay libertad es una gran mentira, y por eso también las mujeres de los países del Este tenían razones para salir a la calle. Igualdad no es tratar al conjunto por el mismo rasero. De hecho, no hay mayor desigualdad que tratar a todos de igual forma sin tener en cuenta el punto de partida o las particularidades del ser humano.

Vindicación feminista

Una feminista poco sospechosa de abrazar el capitalismo como fue Alejandra Kolontái lo puso negro sobre blanco hace un siglo. “Los trabajadores no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer, ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las mujeres”. Es decir, que la primera mujer que se sentó en todo el mundo en un consejo de ministros reivindicaba el Día de la Mujer como un instrumento de lucha política. Las sufragistas británicas, de la misma manera, hicieron suyo el célebre manifiesto de Mary Wollstonecraft, escrito en 1792, en el que reivindicaba los derechos de las mujeres.

Tanto Kolontái como Wollstonecraft —con ideologías completamente diferentes— partían de una misma realidad: toda reivindicación es de carácter político, y, por lo tanto, diferenciar entre los político y lo que no lo es resulta absurdo.

Es evidente que la discriminación de la mujer tiene su origen en razones biológicas o culturales. Pero también políticas. De hecho, las políticas —aunque sean económicas— no son neutrales ante las reivindicaciones de las mujeres. Unas contribuyen más a reducir la brecha y otras, por el contrario, lo que hacen es ensancharla.

Es por ello que decir que una huelga es política para desprestigiarla es un sinsentido. Entre otras cosas, porque muchas de las desigualdades existentes tienen su origen, precisamente, en decisiones políticas que configuran un determinado modelo capitalista. O lo que es lo mismo, una determinada configuración social con roles muy definidos en función del sexo.

De hecho, no todos los sistemas capitalistas son iguales. Al contrario, tienen perfiles propios. Y es por eso que instituciones como las relaciones laborales, el sistema de pensiones, la protección a la familia, el modelo productivo, el sistema educativo o los mecanismos de toma de decisiones en los tajos y en las fábricas no son indiferentes. Lo que hacen es definir el papel de la mujer.

No solo en el puesto de trabajo. También en la sociedad. Hasta el punto de que son algunas decisiones políticas --y sólo políticas- las que están en el origen de las discriminaciones. Y renunciar a considerar el 8M como un instrumento político es, simplemente, confiar en que Dios siga jugando a los dados, algo que tanto abochornaba a Einstein.

Mientras Tanto

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