Social: La sombra del bonapartismo que seduce a Rivera

La sombra del bonapartismo que seduce a Rivera

Rivera quiere transformar su partido en una plataforma-movimiento. La operación tiene riesgos porque convierte la política en una pasarela de ricos y famosos

Foto: El líder de Ciudadanos Albert Rivera. (EFE)
El líder de Ciudadanos Albert Rivera. (EFE)

La usurpación por parte de los partidos políticos del espacio que le corresponde ocupar a la sociedad civil ha sido, probablemente, una de las mayores desgracias de la democracia española. Su presencia en las instituciones, públicas y privadas, ha sido tan abusiva que acabaron por socavar uno de los principios más elementales de la democracia, que no es otro que fomentar la participación de los ciudadanos en la cosa pública. De hecho, el ascensor social más frecuentemente utilizado por los 'aprovechategui' de turno, que diría Rajoy, tiene que ver con la afiliación a un partido político, convertido frecuentemente en una agencia de colocación.

Esta realidad comenzó a cuartearse con la crisis económica, que provocó una reacción airada de muchos ciudadanos contra la hegemonía de los grandes partidos y sus adláteres, y cuya 'longa manu' —no solo en los consejos de administración del Ibex— amenazaba la propia existencia de la sociedad civil. Bankia, donde había un auténtico Gobierno de concentración, es el ejemplo más palmario de la putrefacción de la política. Fruto de esa realidad, nacieron nuevos partidos para oxigenar el sistema, como la UPyD de Rosa Díez, aunque finalmente fueron Ciudadanos y Podemos, quienes cristalizaron el cambio político.

Ambas formaciones, sin embargo, han recorrido caminos opuestos. Mientras que el partido de Pablo Iglesias, heredero del 15-M, nació más como un movimiento social que como un partido político, ha acabado por convertirse en una organización clásica muy jerarquizada en la que una oligarquía decide de manera omnímoda (la célebre ley de hierro de Michels); Ciudadanos (que ya existía) parece recorrer el camino inverso. Tiende a dejar de ser un partido para convertirse en un movimiento al que el propio Rivera denomina plataforma.

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Es decir, se pretende la sustitución del viejo instrumento de acción política, los partidos, por nuevas herramientas más eficaces a la hora de captar un voto cada vez menos ideologizado. El elector tiende a decantarse por cuestiones concretas (la oferta electoral) más que por su encasillamiento en el tradicional eje derecha-izquierda.

Es evidente que Rivera no inventa nada. De hecho, los movimientos sociales y políticos, al menos desde el cartismo, son anteriores a los partidos, si bien a medida que se fueron consolidando las democracias liberales y extendiendo el sufragio universal, el sistema político se articuló a través de formaciones plenamente organizadas. Hasta el punto de que, en muchos casos, los partidos acabaron por convertirse en maquinarias electorales perfectamente engrasadas. EEUU es, en este sentido, el ejemplo más paradigmático. El partido solo tiene presencia en periodos electorales, lo que favorece la aparición de líderes (Obama o Trump) al margen de las oligarquías internas.

Entre Macri y Macron

Es igualmente obvio que Rivera se inspira en Macron, que en pocos meses —desde que salió del consejo de ministros de Hollande hasta las presidenciales de hace un año— se ha convertido en la gran esperanza blanca de Europa. Su inapelable triunfo, sin embargo, es coherente con el sistema político francés, basado en eso que muchos han llamado 'bonapartismo', y que hoy se denomina presidencialismo.

Es decir, tanto la Constitución francesa como la de EEUU nutren de amplias competencias al presidente, lo que explica la importancia de un líder. El argentino Macri o el canadiense Trudeau, los otros referentes políticos de Rivera, son, igualmente, presidentes de naciones en las que la Constitución da plenos poderes a quien gana las elecciones.

Tanto la Constitución francesa como la de EEUU nutren de amplias competencias al presidente, lo que explica la importancia de un líder

No ocurre eso en la mayoría de los países europeos, donde prima la democracia parlamentaria frente al presidencialismo. También sucede en España, donde el presidente, al contrario de los países que pretende imitar Rivera, es elegido por el parlamento y no de forma directa por los electores. Es decir, los constituyentes no diseñaron un modelo presidencialista en torno a un líder, sino que articularon una democracia parlamentaria basada en la representación a través de los partidos políticos.

Podrían haber actuado de otra forma, entre otras cosas porque España venía de una dictadura en la que el jefe de Estado tenía todos los poderes, pero no lo hicieron. Evidentemente, porque la Monarquía —despojada de sus tradicionales atribuciones— se configuró como símbolo de la unidad del Estado, pero también porque el presidencialismo es ajeno a nuestra historia política. La Constitución, de hecho, configura un modelo de consejo de ministros colegiado, toda vez que también los ministros tienen competencias propias y responsabilidades en su gestión. En definitiva, se ha producido, por lo tanto, una despersonalización del poder en favor del sistema parlamentario.

El presidente de Argentina, Mauricio Macri. (EFE)
El presidente de Argentina, Mauricio Macri. (EFE)

Rivera, sin embargo, lanza la idea de una plataforma presidencialista en torno a su persona y a la de líderes de la sociedad civil, lo cual desfigura el sistema parlamentario articulado en torno a partidos políticos construidos con un perímetro ideológico bien definido. Los riesgos son evidentes. La aparición de movimientos sociales o políticos en países no presidencialistas ha estado históricamente ligada a momentos de grave tensión política. Son innumerables los ejemplos en Europa, y también en España. Y, de hecho, ha sido la fórmula preferida por muchos salvapatrias que intentan superar la vieja configuración del partido político como instrumento de la acción política.

Una amalgama ideológica

Rivera hace bien en intentar ampliar su base electoral con el fichaje de candidatos ajenos a su partido. E, incluso, ha contratado una especie de jefe personal dentro de Ciudadanos para hacer el casting y evitar advenedizos, pero corre el riesgo de convertir a su partido en una amalgama ideológica con el único objetivo de ganar votos. Es decir, en una especie de pasarela de ricos y famosos que se arriman al poder, pero que desaparecen cuando no llega. Máxime, como ha explicado en este periódico Paloma Esteban, cuando Ciudadanos asegura que la plataforma "estará por encima de las siglas" y que, aunque esté ligada al partido en tanto que es el origen de la misma, no dependerá organizativamente de Cs.

La historia ha enseñado que los partidos, pese a sus múltiples fallos como organizaciones, son un factor de estabilidad política. Entre otras cosas, porque están obligados a actualizar su discurso para ganar votos, Mientras que los movimientos, por su propia naturaleza, tienden al oportunismo político, toda vez que se deben a una causa temporal. Su existencia está vinculada al momento político, normalmente a periodos de crisis, por lo que desaparece uno de los ejes de cualquier formación, que es la educación política de sus afiliados en torno a los valores ideológicos de cada organización.

La profesionalización de la política, en este sentido, y frente a la mala fama que tiene, supuso un paso adelante en la profundización de la democracia, toda vez que evitaba que fueran las clases rentistas las que monopolizaran la acción política al disponer de tiempo y dinero para hacer política. Una profesionalización que, desde luego, no tiene nada que ver con la conversión de los partidos en agencias de colocación, sino, con el valor de la continuidad en el tiempo de las políticas públicas. Tratando de evitar, de esta manera, políticas cortoplacistas movidas únicamente por razones electorales. ¿O es que un candidato que se acerca al olor del poder va a continuar cuando vienen mal dadas?

Los partidos-movimiento generan electorados más volátiles e incoherentes frente a la lealtad ideológica que emana de los partidos tradicionales. Lo cual genera enormes riesgos de inestabilidad, toda vez que la vida política se construye en torno al líder, ya sea a nivel local, autonómico o estatal. El populismo latinoamericano, que tanto gusta a Iglesias o Errejón, sabe mucho de ello. Y por ello, bien haría Rivera en abandonar tentaciones bonapartistas.

Mientras Tanto

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