"Lo que tiene que hacer el señor presidente es dejar que nos peguemos"

La vida parlamentaria es convulsa. Y algunas veces hasta temeraria. Por eso, a veces, es mejor mirar a la historia para no repetir errores. Ha comenzado una nueva legislatura

Foto: Pedro Sánchez, tras su intervención en el Congreso. (EFE)
Pedro Sánchez, tras su intervención en el Congreso. (EFE)

El 5 de noviembre de 1934, bajo la presidencia de Santiago Alba, se celebró en el Congreso, como recoge el Diario de Sesiones, una jornada tristemente memorable. Gil Robles, el líder de la derecha, con tres ministros de Acción Popular en el Gobierno, había presentado una cuestión de confianza en defensa del presidente del Consejo de Ministros, Alejandro Lerroux.

La proposición, como dijo el propio Gil Robles, pretendía salvar a España de "manejos turbios" y de "revoluciones inconfesables", y a medida que el debate se fue calentando ocurrió lo peor. El diputado independiente Cano López (célebre porque denunció la injerencia de la masonería en el Ejercito) se enfrentó a voces con el ministro de Estado, Ricardo Samper (Partido Radical de Lerroux), porque este, en su opinión, había puesto en duda su "solvencia moral".

En medio de la refriega dialéctica en la que intervenían decenas de diputados con toda clase de improperios, se alzó desde su escaño la voz poderosa de José Antonio Primo de Rivera, diputado por la provincia de Cádiz: "Lo que tiene que hacer el señor presidente [refiriéndose a Santiago Alba] es dejar que nos peguemos alguna vez".

Cuadro de José Antonio Primo de Rivera.
Cuadro de José Antonio Primo de Rivera.

A continuación, y como era previsible, se produjo una enorme bronca en el palacio de la Carrera de San Jerónimo. Hasta el punto, como recogen fielmente los taquígrafos, que "los señores Primo de Rivera y Álvarez Mendizábal tratan de agredirse, siendo separados en el hemiciclo por varios señores diputados". El presidente, Santiago Alba, trató de calmar los ánimos y zanjó el enfrentamiento con una frase que a la larga sería premonitoria: "Señores diputados, esto es vergonzoso. Los señores diputados tienen otros sitios para ventilar sus querellas personales, pero no en la Cámara". Eso, a la postre, es lo que ocurrió. Las rencillas se ventilaron fuera del hemiciclo.

Sería absurdo comparar las Cortes de la II República con las actuales, pero no estará de más recordar que el parlamentarismo es la esencia de la democracia representativa, y que, por lo tanto, conviene no convertirlo en un campo de batalla ni en una ciénaga después del nombramiento de Pedro Sánchez. De hecho, es probable que —en razón a la vía elegida para alcanzar la Moncloa— el nuevo presidente del Gobierno no cuente ni con los cien días de gracia que la cortesía parlamentaria suele conceder. Ni siquiera con el beneficio de la duda.

La banalización de la política

Una cortesía que tiende a diluirse por mor de la banalización del lenguaje político, que acostumbra a frivolizar conceptos dotados de un significado real. Si es verdad lo que han dicho unos y otros en los últimos días, desde que se presentó la moción de censura, el actual Congreso de los Diputados se ha llenado de comunistas, fascistas, radicales de izquierda y derecha, independentistas extremos y hasta montaraces, traidores, desleales, mentirosos compulsivos, tramposos y hasta de un Judas, aunque nadie ha encontrado las 30 piezas de plata.

Nunca en el parlamento español —desde 1977— se había abusado tanto del término golpe de estado para descalificar al adversario político

Nunca en el parlamento español —desde luego, desde 1977— se había abusado tanto del término golpe de Estado para descalificar al adversario político, y no solo referido a la cuestión catalana. Es por eso que convendría no olvidar que la descalificación y la deslegitimación suele ser el primer paso para liquidar el sistema parlamentario o convertirlo en un sainete, dicho sea con respeto de Arniches. En los años 30, de hecho, el descrédito del parlamento —al que Vázquez de Mella comparaba con una taberna— explica una catástrofe histórica.

Un riesgo evidente

Es obvio que gobernar con 84 diputados afines —como pretende hacerlo Sánchez— es algo más que arriesgado. Pero no es menos evidente que utilizar mecanismos constitucionales para llegar al poder no puede interpretarse nunca (ni siquiera sugerirlo) como un 'golpe de mano', como se ha llegado a calificar la moción de censura. Y de ahí que convendría que el nuevo Gobierno se tomara en serio una limpieza en profundidad de las cloacas del Estado, de las que ha sido víctima el propio Rajoy, y que al final se ha visto devorado por sus propios monstruos. La sentencia del caso Gürtel, de hecho, no ha sido más que la gota que ha colmado el vaso.

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Lo que la reciente historia del parlamentarismo español ha demostrado es que algunas de las legislaturas más fructíferas, en particular las primeras de Suárez y Aznar, salieron adelante sin mayorías absolutas y con una enorme debilidad del Gobierno. Sin duda, porque en ambos casos existían objetivos de país.

En el primer caso, aprobar una Constitución y consolidar el sistema democrático frente a la dictadura, y en el segundo, con el objetivo de que España no perdiera el tren del euro. La primera legislatura de Zapatero, tampoco con mayoría absoluta, amplió los derechos civiles y ayudó a construir un clima de entendimiento. Por el contrario, varias mayorías absolutas de Felipe González (que significaron un enorme salto histórico de España) y la segunda legislatura de Aznar acabaron por generar una basura de corrupción impropia de un país civilizado.

Gobierno y oposición

Es decir, a España, paradójicamente, le ha ido bien, salvo excepciones, cuando el partido gobernante no ha contado con mayoría absoluta, lo que pone de relieve el valor del parlamentarismo. Entre otras cosas, porque en un sistema democrático la sensatez no solo recae en el grupo que apoya al Gobierno con sus diputados, sino que también la oposición está obligada a ejercer la responsabilidad política.

No siempre ha ocurrido así, y eso explica que Rajoy estuviera casi un año como presidente en funciones, lo que denota un enorme déficit democrático en el parlamento que tenderá a ensancharse en la medida que aumente el populismo. Básicamente, porque un sistema político muy fragmentado (el partido mayoritario cuenta con 134 diputados de 350) exige una cultura de la negociación que hoy no existe. Una cultura que no era necesaria cuando PP y PSOE obtenían más del 90% de los diputados, pero que hoy es algo más que exigible si España no quiere caer en la mala costumbre de acudir a las urnas cada vez que nace una crisis política.

Probablemente, el vicio de origen de esta legislatura haya sido la incapacidad de los partidos para crear coaliciones como las que existen en Europa, lo que hubiera evitado una campaña electoral permanente. La suma de Ciudadanos y PP hubiera dado 156 diputados, y la del PSOE y Unidos Podemos, 155. Es decir, números muy similares a los que tuvieron Suárez y Aznar (en la primera legislatura) y supieron sacar adelante grandes reformas. Aunque con una diferencia. La cuestión catalana ha envenenado la vida política hasta el absurdo y nada indica que vaya a dejar de ser un festín electoral para algunos partidos.

La cuestión catalana ha envenenado la vida política hasta el absurdo y nada indica que vaya a dejar de ser un festín electoral para algunos partidos

La democracia demoscópica —se hace política solo para ganar votos— tiene sus límites, y desde luego es una calamidad para el país cuando los cuatro grandes partidos compiten en una horquilla electoral (a tenor de las encuestas) relativamente pequeña.

A estas alturas nadie sabe cual será la estrategia de Pedro Sánchez, y probablemente ni lo sepa él mismo, habida cuenta de lo rápido que ha ido todo. Pero lo que está claro es que la formación de su Gobierno será un código de señales que habrá que interpretar con cautela. Entre otras cosas, porque el margen de maniobra es muy estrecho. Ni Europa permitiría una política económica que ponga en peligro el euro, ni mucho menos, se abre la posibilidad de una Cataluña independiente, como de forma irresponsable sugieren algunos por el hecho de que Sánchez haya ganado la moción de censura con los votos de los partidos secesionistas.

Otra cosa es la retórica parlamentaria, que tiende a sobreactuar y a convertir el hemiciclo en un circo mediático. Y bien harían tirios y troyanos —derechas e izquierdas— en entrar en razón y dejar tanta palabrería hueca. Es la hora de la política. De lo contrario, es mejor cerrar el parlamento y ahorrarnos las dietas de sus señorías.

Mientras Tanto

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