"¿Cataluña? A Sánchez no le van a dar ni agua"

La competencia electoral entre los grandes partidos hace más difícil una solución para Cataluña. Pero una nueva generación de políticos puede cambiar la historia

Foto: Pedro Sánchez, durante la comparecencia en la que anunció la composición de su Ejecutivo, en el palacio de la Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez, durante la comparecencia en la que anunció la composición de su Ejecutivo, en el palacio de la Moncloa. (EFE)

"A Pedro Sánchez no le van a dar ni agua. En cuanto se equivoque o se pase un milímetro con Cataluña, ni Ciudadanos, ni mucho menos el PP, le van a dar a ayudar a encontrar una salida, con lo que ello puede suponer en términos de coste electoral para el PSOE en el resto de España (…). Cataluña sigue siendo el gran problema, y la mayoría de los españoles no va a aceptar que se le dé más que al resto de territorios. A la vuelta del verano, ni siquiera Pablo Iglesias, que necesita buenos resultados en las municipales, le va a dar margen de maniobra (…) El presidente se ha rodeado de un equipo solvente para dar la impresión de que gobierna con mayoría absoluta, pero la realidad es que cuenta con 84 diputados. No creo que pueda aguantar mucho tiempo. No por la situación económica y pese a que puede aprobar medidas sociales y de extensión de los derechos civiles para ganar espacio electoral, sino porque Cataluña es una patata caliente que quema, y mucho, y aunque se relaje la tensión hasta octubre, o hasta que se celebre el juicio, lo cierto es que es el asunto decisivo para lo que queda de legislatura. Cataluña es el problema".

Así se expresa una dirigente socialista con mando en plaza y con suficiente distancia histórica para interpretar con conocimiento de causa la situación política. No le falta razón. La cuestión catalana es una amenaza que está ahí. Ahora aparentemente dormida. Silente. Pero la forma en que Sánchez ha llegado a la Moncloa —plenamente constitucional— no ayuda para nada a crear un clima de entendimiento —y menos de consenso— con el Partido Popular y Ciudadanos. Entre otras cosas, porque ambos saben que sus expectativas electorales dependen de lo que allí ocurra. O, dicho con crudeza, si el PSOE se estrella en Cataluña, Rivera y el sucesor de Rajoy solo tendrán que recoger las cenizas socialistas.

En el caso de Rivera, porque ha construido su discurso político en torno a Cataluña y a una idea simplista de España que ignora la complejidad histórica del país, cincelada durante siglos; mientras que el nuevo Partido Popular que salga del Congreso de julio respirará necesariamente por la herida. El sucesor de Rajoy, de hecho, tendrá pocos incentivos —o ninguno— para echar una mano a Sánchez para encauzar el problema con un nuevo pacto constitucional que supondría, de alguna manera, el reconocimiento de un fracaso anterior. Por el contrario, preferirá que el presidente se ahogue en sus contradicciones políticas. Intentar conjugar los intereses del nacionalismo catalán con los del resto del Estado solo se puede lograr en un clima general de entendimiento, y que hoy parece imposible.

Carles Puigdemont y Quim Torra en Berlín. (EFE)
Carles Puigdemont y Quim Torra en Berlín. (EFE)

Estrategia de la tensión

Tampoco el independentismo cuenta con incentivos para buscar una solución intermedia que no pase por la independencia. En la medida que el conflicto se haga crónico, las grietas en el edificio constitucionalista tenderán a ser más evidentes por razones electorales, lo que necesariamente alimentará una mayor confrontación. Máxime cuando la estrategia de la tensión le ha dado hasta ahora buenos resultados electorales a Puigdemont, cuyo peso en la política catalana tenderá a diluirse.

El Govern de Torra, de hecho, ya actúa como si fuera un estado dentro del estado reclamando bilateralidad con el resto de España, lo cual provoca una enorme parálisis política. Sánchez, por ejemplo, no puede abordar la financiación autonómica porque no tendría sentido negociarla sin el 20% del territorio. Y tampoco podrá convalidar muchos decretos leyes sin el apoyo soberanista en el Congreso, lo que convierte al Gobierno socialista en inoperante, que es el mejor caldo de cultivo para que Pablo Iglesias pueda sacar la cabeza a la vuelta del verano. En el comportamiento de Podemos, de hecho, hay mucho de movimiento táctico, y así habría que interpretar la reunión del jueves entre Sánchez e Iglesias.

El nacionalismo le entregó gratis su voto a Sánchez para la moción de censura porque lo que tocaba entonces era echar a Rajoy, pero nada indica que el cheque en blanco pueda durar más allá de unos meses. Hoy por hoy, lo único que puede ofrecer el Gobierno es rebajar el clima de tensión política acercando a los presos a Cataluña o dándole un trato privilegiado al presidente Torra frente a otros presidentes autonómicos, lo que pueda ayudar a que los jueces, que también se impregnan del contexto social y político, firmen sentencias menos duras, pero poco más.

Pedro Sánchez durante su encuentro con el primer ministro de Irlanda, Leo Varadkar. (EFE)
Pedro Sánchez durante su encuentro con el primer ministro de Irlanda, Leo Varadkar. (EFE)

Una solución trilateral

El problema de fondo sigue siendo el mismo. Eso que se ha llamado el encaje constitucional de Cataluña. Un objetivo que solo se puede lograr con el concurso del Partido Popular y Ciudadanos. Cualquier solución trilateral —nacionalistas/PSOE/Podemos— estaría condenada al fracaso, lo cual hace más difícil —por no decir imposible— la tarea de Sánchez.

El presidente, sin embargo, está obligado a intentar encontrar una solución. Entre otras cosas, porque Europa, que ha sido el mejor aliado de España para sofocar el órdago soberanista tenderá a cansarse de un problema que contamina muchos territorios. Pero también debido a que la fractura interna de la Unión Europea es cada vez más evidente, lo cual es el mejor escenario en el que pueden emerger muchos nacionalismos que suspiran por la debilidad de Bruselas. Sin olvidar el hecho de que la coyuntura económica —la creación de más de medio millón de empleos anuales desde 2015— ha ayudado a sofocar la crisis catalana. Pero no ha sido suficiente para apagar el fuego.

Existe, en todo caso, y tras la marcha de Rajoy, una nueva oportunidad política que sería absurdo ignorar. Por primera vez desde 1977, los líderes de los cuatro principales partidos —dando por hecho que Feijóo sea el próximo presidente del PP— pertenecen a una nueva generación que no participó directamente en la Transición.

Cataluña será uno de los principales problemas con los que tenga que lidiar Pedro Sánchez

Esa generación tiene, por lo tanto, las manos libres para construir un nuevo pacto territorial sin mirar al pasado (solo para aprender de él) y capaz de durar al menos otros 40 años, lo cual exige arrojo político y, sobre todo, transparencia. Explicar a los españoles que el 'café todos' está agotado y que es tiempo de actualizar el mapa autonómico teniendo en cuenta las distintas singularidades territoriales de España. Cataluña, guste o no, es la única comunidad autónoma cuya Constitución, el Estatut, no ha sido aprobado por sus ciudadanos, lo cual es una anomalía política que hay que corregir.

A veces, en contra de lo que habitualmente se cree, las estructuras flexibles, como bien saben los arquitectos y los ingenieros, son más sólidas que las rígidas. Lo importante no es que todas las piezas sean iguales, sino que el puente no se caiga por los malos vientos de la historia.

Mientras Tanto

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