Cui Prodest. ¿A quién beneficia el caos político?

El caos político no es neutral ni inocuo. Beneficia, precisamente, a quienes viven de la demagogia. Bien harían los partidos en no banalizar los valores de la democracia

Foto: Dolors Montserrat. (EFE)
Dolors Montserrat. (EFE)

Es muy conocido que Chaves Nogales confesó en alguna ocasión que si volvía a España sería fusilado por cualquiera de los dos bandos. Julián Besteiro sufrió idéntica maldición y, durante buena parte de su vida, fue rechazado por la izquierda porque lo consideraba de derechas, pero también por la propia derecha porque los partidos conservadores veían en el político madrileño a un peligroso izquierdista. Dionisio Ridruejo, para muchos, seguirá siendo siempre un falangista de primera hora, y Julián Marías, para otros, el colaborador en la sombra del general Miaja a través de sus editoriales en el 'ABC' republicano.

Detrás de esta visión sectaria de la realidad suelen encontrarse razones historicistas. Es decir, el uso de la historia como herramienta (casi) única para entender la realidad. La derecha aborrece a la izquierda por su pasado (muchas veces inventándolo) y la izquierda desprecia los valores conservadores porque representan, igualmente, el tiempo anterior. O la reacción, como se prefiera.

Los nacionalismos han bebido de esas aguas desde siempre, y, por eso, la historia, entendida como un arma arrojadiza, se esgrime a menudo en el debate identitario como el instrumento esencial de análisis político. Una especie de legitimación a posteriori a partir de valores que se consideran sagrados.

Aznar (y ahora Casado) fabulan con una España plenamente democrática anterior a la II República a la que la izquierda habría llevado al colapso

Tanto Zapatero como Sánchez entendieron bien la eficacia de este discurso, y, desde el primer momento, se identificaron con los valores de una España idealizada, muy diferente a la actual, para legitimarse en el poder. Mientras que, en el otro lado, Aznar (y ahora Casado) fabulan con una España plenamente democrática anterior a la II República a la que la izquierda habría llevado al colapso, y que tendría su origen en 1934.

Ese antagonismo basado de forma apabullante en el pasado —no en lo que sucede en el presente—, suele traducirse, como sostenía el sociólogo Karl Mannheim, en sociedades rotas por la ausencia de un sistema de significación unánimemente compartido. O, al menos, de una conciencia colectiva capaz de vertebrar la forma de comprender el pasado. Algo que explica la continua revisión de la historia al albur de los cambios políticos.

El propio Mannheim, a quien se le descalificaba como un marxista burgués, fue víctima de ese antagonismo cruel, lo que puede explicar su empeño, a través de la sociología, en salvar el conocimiento de la irracionalidad.

Miseria intelectual

Nunca como en la España actual se ha querido explicar tanto el presente o, incluso, el futuro, a partir del pasado, lo que ha contribuido de manera determinante a construir un espacio político diseñado a modo de trincheras ideológicas que, en realidad, solo esconden miseria intelectual.

No es que estemos ante el fin de las ideologías. Ni, por supuesto, se trata de ser equidistantes entre democracia y dictaduras. Las ideologías, por el contrario, siguen siendo un instrumento indispensable para favorecer el progreso siempre que se haga a partir de la razón. El problema nace cuando se manosean a partir de prejuicios basados en la historia, lo que necesariamente lleva a la atrofia política. Probablemente, por incumplir aquello que sostenía Paul Valéry: el ejercicio del liderazgo democrático, decía el poeta francés, no consiste en dar sin más a la gente lo que pide, sino, por el contrario, interrogar a la ciudadanía sobre lo que necesita.

El problema nace cuando se manosean a partir de prejuicios basados en la historia, lo que necesariamente lleva a la atrofia política

Vano intento en la España actual. El caos en el que se ha instalado la política solo ha generado un descrédito de la propia política, y la sesión de control al Gobierno de cada miércoles —convertida en un plató de televisión— es el mejor ejemplo.

Fue Ortega, desde su posición elitista, quien puso en circulación el término hiperdemocracia para definir aquellos procesos políticos en los que la masa, una expresión de la época sin el carácter peyorativo que tiene hoy, "actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos".

Hoy, son las redes sociales y ese intangible intelectual, que son los media, quienes articulan la hiperdemocracia, lo que convierte a la acción política es subalterna de presiones que solo favorecen la fragmentación y la aparición de pequeños partidos. Creando, y aquí está el problema de fondo, un caldo de cultivo que alimenta, precisamente, el resurgir de los enemigos de la democracia, como sucedió en la Alemania de Weimar, donde la polarización de la política fue el mejor acelerador del populismo. Y, por ende, del autoritarismo.

Arriba y abajo

Lo paradójico es que se trata de un fenómeno que no actúa de abajo a arriba, como cuando nacieron las nuevas clases emergentes vinculadas a las primeras revoluciones industriales, Por el contrario, actúa de arriba a abajo.

La polarización de la vida política es hoy, de hecho, fomentada por las élites, mientras que la sociedad asiste perpleja a una dureza en el lenguaje político que no existe en la vida diaria. Y Casado, con su sobreactuación, no hace más que alejarse de la realidad de la calle, aunque en la práctica no hace nada distinto de lo que hacía Sánchez en la oposición. Y no digamos Iglesias en sus delirantes tiempos en los que piolet en mano declaraba su interés en asaltar los cielos. En definitiva, se tiende a crear una épica de liberación del adversario político que roza con el ridículo. Olvidan, como decía hace unos días Antoni Puigverd con lucidez en La Vanguardia, a propósito del independentismo catalán, que la farsa es el prólogo del desprestigio.

Pura palabrería que, sin embargo, no es inocua en términos políticos. El caos presupuestario, la incapacidad del Gobierno y de la oposición para encauzar constitucionalmente el debate territorial, la ausencia de un planteamiento a largo plazo en cuestiones como las pensiones, la reforma educativa o la precariedad laboral o, incluso, la banalización de la democracia forman parte de un cuadro inquietante que tiende a degradar los valores de la propia convivencia. No hay mejor ecosistema para un demagogo que ver los debates parlamentarios para incentivar su autoestima y convencerse de que la política es lo más parecido al barro.

Si algo ha demostrado la historia en los últimos dos siglos es que cuando las instituciones democráticas no funcionan, otras lo harán por ellas. Por supuesto, que menos democráticas, más autoritarias y basadas no en la razón, que es el origen de los Estados liberales, sino en la demagogia y en las emociones, que son el camino más recto para liquidar la Ilustración. Y bien harían unos y otros en sentarse a la mesa a discutir sin tantos aspavientos groseros que solo envilecen el valor de las instituciones.

Mientras Tanto

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