Chamberlain en Sevilla: cuando se mete a la extrema derecha en el poder

El centro derecha europeo ha aislado políticamente a los partidos xenófobos que se alejan del sistema de valores de la UE. Es probable que eso, por el contrario, no suceda en España

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Un viejo aforismo muy utilizado entre economistas sostiene que no hay nada más difícil que volver a meter la pasta de dientes en el mismo tubo del que salió. Y es probable que sea esa la estrategia del Partido Popular en relación a Vox.

El expresidente Aznar, como se sabe, fue el impulsor de una operación muy parecida a finales de los ochenta, cuando con una paciencia de orfebre reconstruyó el centro derecha en torno a la vieja Alianza Popular, consiguiendo unir en el congreso de refundación de Sevilla (ya como PP) a las diferentes familias de la antigua UCD, dispersas tras el batacazo de 1982. Lo logró, y eso explica —junto al desgaste socialista— sus posteriores triunfos electorales.

Pablo Casado aún no ha ido tan lejos, pero no esconde su interés en impulsar una estrategia muy parecida, aunque en este caso incluyendo a Ciudadanos, que en poco tiempo ha dejado de ser un adversario para convertirse en un aliado. Casado integra en esa operación, obviamente, a Vox, que ha surgido de las entrañas del Partido Popular, lo que explica los cantos de sirena que le ha lanzado desde el éxito electora de Abascal.

La operación es, sin duda, arriesgada en términos electorales, y, de hecho, habrá que ver cómo reaccionan los votantes más centrados del PP (y de Ciudadanos) a un pacto con un partido como Vox. Pero, sobre todo, incorpora un riesgo ético ya presente en la política europea, y que se ha resuelto de forma casi unánime en favor de no pactar con fuerzas ajenas a los valores europeos. En los dos países de referencia —Francia y Alemania— se ha solucionado de la misma manera. Ni Macron (ni ninguno de sus predecesores) ni Merkel han querido saber nada de partidos como el Frente Nacional o Alternativa para Alemania (AFD).

Lo mismo sucede en Suecia, otro referente ético en Europa, donde tres meses después de las últimas elecciones todavía no hay Gobierno porque ni la izquierda (144 escaños) ni la derecha (143) quieren pactar con Demócratas de Suecia, el partido xenófobo que logró 62 escaños en los últimos comicios. Algo parecido ha ocurrido en Holanda con el partido de Wilders. También en otros países donde los partidos tradicionales no están dispuestos a llegar al poder o a mantenerlo a cualquier precio.

Una sociedad civilizada

En todos los casos, la cuestión de fondo no es la presión fiscal, los salarios o la política educativa. Ni siquiera la posición ante Europa, sino la inmigración, toda vez que se considera que los planteamientos de los partidos xenófobos son incompatibles con las bases morales sobre las que se levanta una sociedad civilizada. Hace un par de meses, de hecho, la mayoría del Partido Popular Europeo (con algunas abstenciones y votos en contra de la delegación española) votó a favor de sancionar a Hungría por el desprecio a determinados valores de la UE. Y entre los que apoyaron esa resolución estaba Manfred Weber, presidente del PPE y candidato a presidir la Comisión Europea.

Vox, como se sabe, ha construido su discurso en torno a dos ideas: la nación española (capitalizando con indudable acierto el desafío independentista) y la inmigración. Y a esta preocupación no son ajenos los resultados obtenidos en algunos municipios y provincias.

El partido de Abascal ha logrado sus mejores resultados en Almería (16,79%) y Málaga (11,51%), precisamente las dos provincias donde el porcentaje de población extranjera (datos del padrón sin contar la inmigración irregular) es mayor. Un 19,1% en el primer caso y un 14,5% en el segundo. Incluso si excluyen los extranjeros comunitarios, el resultado es el mismo. Por el contrario, su segundo peor resultado (8,72%) lo ha logrado en Jaén, donde apenas el 2,4% de la población es extranjera.

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No hace falta ser un lince para darse cuenta de que la inmigración —además de la identidad nacional— está llamada a ser un asunto central en caso de que PP y Cs abran unas negociaciones con Vox en busca de un candidato a la presidencia de la Junta. Y no parece razonable pensar que Abascal se entregue a esas negociaciones con armas y bagajes si no logra contraprestaciones sobre el asunto central de su campaña.

Es decir, la inmigración, el asunto que envenena a Europa, determinará el futuro de la gobernabilidad en Andalucía, pero también el futuro del PP y Ciudadanos, que pertenece a la internacional liberal. ¿O es que Macron, el referente político de Rivera, vería con buenos ojos un pacto con la versión española del Frente Nacional?

Esta es, en realidad, la cuestión de fondo. La España actual nada tiene que ver con la que animó a Aznar a reconstruir el centro derecha, cuya fragmentación fue fruto de que UCD saltó por los aires sin que por medio hubiera un fuerte componente ideológico, más allá de los personalismos propios de la acción política.

Sistema de valores

Por el contrario, los nuevos partidos, como Vox, lo que pretenden es remover los cimientos del sistema de valores atacando uno de los pilares básicos de la sociedades avanzadas: la tolerancia con los extranjeros y la multiculturalidad. Desgraciadamente, aunque Vox se integre en el sistema como un partido más, vendrán nuevos partidos más xenófobos y ya libres de complejos, que es la palabra favorita de los populismos para decir "aquí estoy yo". Es por eso por lo que dar una señal política de que lo que dice Vox es asumible por el sistema es una catástrofe democrática.

Vox, al contrario de lo que puede parecer, no es una oveja descarriada que debe volver al redil, sino que refleja una corriente subterránea en la política europea, y que ha emergido en Andalucía. Probablemente, porque después de 36 años de gobiernos socialistas monocolores y asfixiantes existía el suficiente caldo de cultivo para hacerlo visible.

Un movimiento subterráneo que no solo tiene que ver con la inmigración (la población extranjera en Andalucía se sitúa tres puntos por debajo de la nacional), sino con factores menos perceptibles a la vista, como la globalización, que penaliza a las clases medias integradas en el sistema y que han sufrido en carne propia la quiebra del pacto social que desde 1945 ha gobernado Europa.

Vox, en este sentido, es distinto a Unidos Podemos, que no es más que un tigre de papel que nada más tocar poder se ha convertido en algo convencional y contingente, y que tiene en la casa de Iglesias y Montero su expresión más obvia. Tan convencionales, aunque menos ostentosos, que los verdes alemanes o cualquier otra formación de izquierdas, aunque para salvar la cara Iglesias y sus camaradas echen ahora mano de la épica revolucionaria (el 'no pasarán') para ocultar sus carencias y miserias internas.

El tiempo dirá si Vox representa un movimiento de alta intensidad política o, simplemente, un tigre de papel, pero lo que está claro es que en ningún país europeo con formaciones similares a la de Abascal (respaldado ya públicamente por Marine Le Pen) los partidos centrales del sistema se han tomado el bautizo parlamentario de la xenofobia —por ahora verbal— como un asunto de ovejas descarriadas de la casa común de la derecha, sino como partidos que desafían el sistema de valores. Y España, si se confirman las alianzas, sería, en este sentido, una rara excepción.

Es evidente, sin embargo, que crear cordones sanitarios alrededor de Vox no es la solución y apenas puede ser útil para amortiguar el golpe. De hecho, es evidente que a corto plazo conlleva un enorme riesgo, como ha sucedido en Alemania, donde AfD se ha convertido en el primer partido de la oposición al consolidarse el acuerdo de legislatura entre la CDU y el SPD. Pero a largo plazo, esa estrategia dará tiempo para atacar las causas que explican el populismo y la xenofobia.

No es que de la noche a la mañana 395.978 andaluces se hayan levantado xenófobos, sino que existe un caldo de cultivo que incentiva la intolerancia.

Chamberlain intentó calmar a Hitler sellando la paz —mientras preparaba la guerra— para evitar lo que finalmente fue inevitable, mientras que Hindenburg hizo canciller al dictador alemán pensando que respetaría las institucionales y sería capaz de garantizar el orden y la autoridad. No sucedió ni una cosa ni la otra.

Mientras Tanto

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