Macron se convierte en el mejor aliado de Sánchez

Paradojas de la política. Las concesiones de Macron a los chalecos amarillos quitan argumentos a Bruselas para pedir nuevos ajustes fiscales a España e Italia

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), y el presidente de Francia, Emmanuel Macron. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), y el presidente de Francia, Emmanuel Macron. (EFE)

La victoria (temporal) de los chalecos amarillos tiene una primera víctima política: el presidente Macron, que en menos de dos años, y pese a su 'mea culpa', ha comprobado en carne propia que las familias no llegan a fin de mes creando expectativas de cambio. Hay otra víctima menos perceptible: la Comisión Europea, que se ha quedado sin argumentos para meter en cintura a España y, sobre todo, a Italia en materia de déficit público.

Por el contrario, es muy probable que los 10.000 millones de euros de aumento del gasto público concedidos por Macron, más el recorte del PIB por el efecto de las movilizaciones detectado por el banco central galo (alrededor de medio punto de crecimiento), vuelvan a colocar a Francia dentro del brazo correctivo de la Unión Europea.

El Pacto de Estabilidad y Crecimiento, como se sabe, obliga a los estados miembros a cumplir ciertos compromisos de estabilización de la deuda pública cuando esta se sitúe por encima del 60% del PIB (Francia acabará este año en el entorno del 99%), además de los objetivos de déficit en el marco del protocolo de déficit excesivo (PDE).

Francia, según las últimas previsiones de la propia Comisión Europea, cerrará este año con un desequilibrio fiscal equivalente al 2,6% del PIB (brazo preventivo, no correctivo), pero para 2019, según sus estimaciones, se situaría en el 2,8%. Es decir, ya muy cerca del 3% que fija como límite el PDE, lo que supondría un control adicional de las cuentas públicas para la segunda economía de la Unión Europea.

No sería un problema para los burócratas de Bruselas si solo Francia estuviera en esas circunstancias. El problema para los comisarios Dombrovskis y Moscovici —que deben ejercer como guardianes de los tratados— es que Italia (la tercera economía) y España (la cuarta) están también con problemas (por decirlo de una manera suave) para cumplir con los requerimientos de Bruselas.

El hecho de que Francia sea uno de los países incumplidores tiene, además, un fuerte carácter simbólico, toda vez que tanto Macron como Merkel han intentado —con poco éxito— reconstruir el eje París-Berlín dotándolo de credibilidad, algo que se cae por su propio peso si es Francia, precisamente, quien incumple de forma flagrante las reglas del euro. La autoridad, desde luego, brilla por su ausencia.

Un aspecto que no se le escapa al Gobierno italiano, que no es que se haya declarado en rebeldía frente a Bruselas sino que, simplemente, pretende aprovechar la debilidad de la Comisión Europea en un triple contexto: el auge de los populismos (lo que desaconseja nuevos recortes), la desaceleración de la eurozona (por las tensiones comerciales) y la propia debilidad política de una Comisión saliente que actuará en los próximos meses a modo de 'pato cojo', como se dice en EEUU cuando un presidente agota su mandato.

Más política, menos contabilidad

Este es, de hecho, el mensaje que llevará hoy a Bruselas el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, en la entrevista que tendrá con Juncker, con la que pretende evitar la apertura de un procedimiento por déficit excesivo. Conte no ha perdido el tiempo y ya ha apelado a la “política” y no a una “cuestión contable” para resolver la disputa, lo que es síntoma inequívoco de que el rigor presupuestario pasa por otros parámetros.

Es decir, un contexto algo más que complicado para reivindicar el cumplimiento de las normas teniendo en cuenta, además, que en mayo hay elecciones europeas, y todo indica que se producirá un significativo aumento del populismo. Hasta el punto de que ya entra dentro de lo probable que por primera vez en la historia de la UE la suma de conservadores y socialdemócratas no sea suficiente para pactar, como siempre han hecho, el nombre del futuro presidente de la Comisión Europea.

Es en este contexto en el que se da por hecho que Bruselas no tendrá fuerza suficiente para exigir recortes adicionales en el gasto público, lo cual, 'a priori', alivia al Gobierno Sánchez, cuya estrategia pasa por aguantar todo el tiempo que sea necesario aunque sea presentando unos Presupuestos ficticios asumiendo para 2019 el 1,3% de déficit público que se pactó en tiempos de Rajoy, y que la propia Comisión Europea ha elevado hasta el 2,1%. Es decir, claramente por encima de lo pactado.

Quién le iba a decir a Sánchez que su mejor aliado iba a ser Macron, el espejo en el que se mira Rivera, que además ha subido 100 euros el salario mínimo, contra la opinión de los economistas convencionales (y del propio Rivera).

Mientras Tanto

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