Sánchez, Casado y la teoría del eterno retorno

La cuestión catalana se ha convertido en una teoría filosófica. Reina el caos. O, mejor dicho, la nada, que es el espacio en el que nadie existe. Ni una propuesta ni una solución

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se dirige al presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se dirige al presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)

La existencia de la nada es una de las cuestiones que más ha apasionado a filósofos, teólogos, físicos o matemáticos a lo largo de los siglos. Mientras que para unos la nada no existe, no sería más que un producto de nuestra imaginación, para otros —incluido Einstein— la nada es un espacio físico que podría comportar en determinadas circunstancias mutaciones profundas en su ser, como el agua cuando se congela o se transforma en vapor. Es decir, tan difícil es demostrar la existencia de la nada como de la no nada.

Nietzsche, y antes los estoicos, construyó su teoría del eterno retorno alrededor de la nada. Es decir, del nihilismo, que lo definió como el espacio en el que los valores supremos pierden validez. "Falta la meta; falta la respuesta al porqué", sostenía el filósofo alemán. En su opinión, la forma extrema del nihilismo sería la opinión de que toda creencia, todo lo que se considera verdadero, es necesariamente falsa porque no existe en absoluto un mundo verdadero.

Los físicos, por su parte, han reconocido su incapacidad de demostrar la existencia de la nada porque si el espacio existe porque hay cosas que lo definen, la ausencia de todo haría imposible contrastar la verdad o la refutación de su propuesta, consustancial al método científico. El problema de la nada es que cuanto más te aproximas a su esencia, más te alejas de ella, sugiere la física.

Cataluña es la nada de España. Existe porque posee un perímetro físico que la hace reconocible, pero es la negación de la existencia de España

Cataluña es la nada de España. Existe porque posee un perímetro físico que la hace reconocible. Pero, al mismo, tiempo, es la negación de la existencia de España, toda vez que una parte representativa del territorio, no una minoría irrelevante, no se reconoce en el ente superior.

Se trata, como se ve, de un asunto complejo al que el presidente del Gobierno, sin embargo, se aproxima de forma singular. Reconoce la existencia del problema, lo cual es de agradecer frente a quienes lo soslayan como un conflicto entre catalanes, pero, al mismo tiempo, corrobora la existencia de la nada porque es incapaz de articular una propuesta suficientemente consensuada con el resto de los partidos constitucionalistas para que la nada deje de serlo (como antes lo hiciera Rajoy). Sin duda, porque Sánchez se mueve en un elocuente tacticismo que consiste en reconocer la naturaleza del problema, pero mirando al retrovisor para evitar los costes políticos, y de ahí sus increíbles piruetas.

Albert Rivera junto a Pablo Casado en una foto de archivo. (EFE)
Albert Rivera junto a Pablo Casado en una foto de archivo. (EFE)

Es decir, su estrategia constituye una especie de nihilismo inconsciente que ignora su propia mentira como tal mentira. Sabe que un pacto estratégico entre el PSOE y los independentistas sería la ruina del socialismo español, como ha contado en este diario José Antonio Zarzalejos, pero no puede dejar de hacerlo porque necesita alejarse de Rivera y Casado, que miran a Cataluña como un botín electoral, lo que hace, precisamente, que la nada se convierta en la cosa y, al mismo tiempo, un oscuro objeto de deseo. Todos la necesitan. Los que aborrecen de ella y los que pretenden caer en sus redes,

La idea de España

Todo el mundo sabe que en una esquina de España hay un problema que viene de siglos, pero abordarlo sería lo mismo que renunciar al ser íntimo, lo cual solo puede aumentar el tamaño de la nada, que es, precisamente, lo que está ocurriendo. La nada, Cataluña, se ha apropiado de la idea de España, lo cual ha acabado por contaminar todo el sistema político. Hasta el punto de que una de las características del ente superior, España, ha quebrado una de sus fortalezas, que no era otra que la inexistencia de partidos ultranacionalistas cuya única razón de existir es, precisamente, la idea de España en contraposición a la existencia de la nada.

Esas ondas expansivas de la nada son las que explican el atrofiamiento del sistema político, solo superado por la existencia de una sociedad civil —un viejo anhelo de los regeneracionistas— mucho más potente que lo que se presumía. Una especie de italianización de la vida política que es compensada por el trabajo honesto de millones de españoles que hacen bien su trabajo, pagan sus impuestos y hacen lo posible por mejorar el país a través de la cultura o el sistema educativo, y que a la postre son el mejor antídoto contra la nada.

Nietzsche ya advirtió de este extraño fenómeno cuando advirtió que en los dos próximos siglos de su propia existencia (siglo XIX) llegaría el triunfo del nihilismo, que antes era la negación de los valores y hoy es la negación de la política. Y en eso estamos. Mirando por la televisión mientras la nada —la antipolítica basada en los sentimientos y no en la razón— se expande rodeada de mediocres personajes fascinados por la televisión y las redes sociales, incapaces de tejer una solución a un problema creado por los políticos, pero que, paradójicamente, solo la política podrá encauzar.

De hecho, como dice el filósofo Manuel Cruz, el país se ha acostumbrado a ver la política a través de esas 'jornadas históricas' de ruido y furia prestadas por el independentismo, convertido en la negación de la verdad y de la mentira. La nada más absoluta. Definitivamente, Nietzsche tenía razón; el eterno retorno existe.

Mientras Tanto

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