La peligrosa deriva reaccionaria de Pablo Casado

Las fronteras entre el discurso conservador y el reaccionario no son fáciles de distinguir. Pero la creciente cercanía de Casado con Vox rompe la tradición más reciente de su partido

Foto: El líder del PP, Pablo Casado, junto al alcaldable de su partido por Badalona, Xavier García Albiol (c), y Dolors Montserrat (d). (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado, junto al alcaldable de su partido por Badalona, Xavier García Albiol (c), y Dolors Montserrat (d). (EFE)

Los límites entre el centro derecha conservador y liberal —términos que a veces son contradictorios— y la derecha reaccionaria, que nace como respuesta a la revolución francesa, al igualitarismo de Rousseau y a la propia Ilustración (ahí está el célebre manifiesto de los persas que reclamaba a Fernando VII liquidar la Constitución liberal de 1812), no son fáciles de fijar.

Entre otras cosas, porque las fronteras en política son móviles, lo que explica que un conservador del siglo XIX, a la manera de Disraeli, fuera muy distinto a lo que entendería un alemán de mediados del siglo XX, cuando el ordoliberalismo y la Escuela de Friburgo pusieron las bases de lo que se ha llamado economía social de mercado.

Una especie de superación dialéctica de la lucha de clases que inspiraba Marx, y que, con el tiempo, iluminó las tesis conservadoras en medio mundo. Hasta el punto de que, en los primeros años 90, George W. Bush reclamó para sí la idea de eso que se ha llamado 'conservadurismo compasivo' que fue la respuesta que dio la derecha republicana a quien acusaba al partido republicano —todavía bajo el influjo de Reagan— de sabotear la escuela pública o los programas sanitarios destinados a mejorar la vida de los inmigrantes. Y que Trump, que no procede de ese tronco del conservadurismo clásico, sino del capitalismo financiero, intenta liquidar con un populismo trasnochado que tiene poco de compasivo.

La generalización de los estados de bienestar en Europa, de hecho, no se entendería sin el pacto histórico de la derecha y de la izquierda moderadas, incluido el que tuvo lugar en una sociedad tan liberal como la británica, algo que ha permitido la consolidación del periodo más próspero de la historia europea. Probablemente, como dijo el historiador Fontana, porque la revolución rusa de 1917 condicionó toda la política europea durante la segunda mitad del siglo XX, también en tiempos del segundo Roosevelt, lo que obligó a abrazar la evolución —el progreso— para que no surgiera, precisamente, la revolución.

Casado quiere marcar su territorio frente a Rajoy para justificar su acercamiento a un Aznar que poco tiene que ver con aquel de su primera legislatura

Los viejos rivales, Francia, Alemania o, el Reino Unido, han dejado de matarse y las discrepancias ya no se dirimen en el campo de batalla, sino en las instituciones. Solo hay que imaginarse lo que hubiera supuesto el Brexit en los años 30.

La derecha española, como tantas otras veces, llegó tarde a esos profundos cambios. Sin duda, por las singularidades de nuestra política interna, siempre proclive a las asonadas militares y a los excesos cuando se alcanza el poder, ya sea en un sentido o en otro. La ciclotimia, de hecho, es una de las características de la política española desde hace al menos dos siglos.

El presidente del PP, Pablo Casado, acompañado del expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación FAES, José María Aznar. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado, acompañado del expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación FAES, José María Aznar. (EFE)

La mayoría silenciosa

Hubo que esperar a los primeros años 90 —tras el congreso fundacional de Sevilla— para que el centro derecha, capitaneado por Aznar, articulara un pensamiento político propio. Ya alejado de aquel franquismo sociológico —la célebre mayoría silenciosa— que intentaba capitalizar Fraga, ya en la línea del formulado por los grandes partidos conservadores europeos.

El Partido Popular, de hecho, consolidó el Estado de bienestar —el mejor método que se ha conocido para garantizar la cohesión y la paz social— y eso hizo posible, mediante reformas, que España formara parte del euro desde el minuto uno, algo que no estaba claro que sucediera en 1996, sin que el peso del gasto público respecto del PIB sufriera merma alguna. De hecho, y como ha acreditado el Banco de España, en 1995 el gasto social público (mediante transferencias en diversas políticas) representaba el 21,64% del PIB, mientras que en 2005 bajó ligeramente hasta el 21,06%. Es decir, no sufrió grandes transformaciones pese a que en los primeros años hubo que hacer ajustes para formar parte de la unión monetaria.

La llegada de Casado al poder conservador está removiendo unos cimientos ideológicos que no eran muy distintos a los de Merkel, Juncker o Sarkozy

Esa impronta reformista y al mismo tiempo liberal, aunque todavía con fuerte intervencionismo público a través de eso que se ha llamado 'crony capitalism' (capitalismo de amiguetes), es la que, en líneas generales, ha moldeado los perfiles ideológicos del Partido Popular durante los años de Gobierno de Rajoy. No es de extrañar, por eso, que muchos lo calificaran de 'socialdemócrata', el adjetivo preferido de los viejos anarco-liberales conservadores que pululan en los aledaños del PP, y con el que pretenden descalificar políticas inclusivas que favorecen la cohesión social.

La llegada de Pablo Casado al poder conservador, sin embargo, está removiendo unos cimientos ideológicos que no eran muy distintos a los de Merkel, Sarkozy, Juncker o, incluso, Cameron, lo que puede explicarse por dos motivos: Casado intenta acercarse a los partidos populistas de extrema derecha que están socavando la hegemonía conservadora en media Europa (ya lo han conseguido en el caso socialdemócrata) y, al mismo tiempo, quiere marcar su propio territorio frente a Rajoy para justificar su acercamiento a un Aznar que ya tiene poco que ver con aquel de su primera legislatura, y que parece respirar por la herida tras ser ninguneado por los anteriores dirigentes de la calle Génova.

Pablo Casado junto al presidente del PP de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco. (EFE)
Pablo Casado junto al presidente del PP de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco. (EFE)

Pugna dialéctica

No es un cambio insignificante. La posición de Casado frente a la inmigración, los desahucios, el estado autonómico, la guerra del taxi o, incluso, los impuestos con una deuda próxima al 100% del PIB, sitúa al PP en una frontera desconocida desde el Congreso de Sevilla y rompe con lo que ha sido el eje de la tradición conservadora desde 1945, y que ha permitido la alternancia con los partidos socialdemócratas sin que crujieran las bases del Estado de bienestar más allá de una legítima pugna dialéctica en función de la coyuntura de cada momento.

Sin duda, porque Casado (que antes defendía en público las políticas de Rajoy) se ha rodeado de rancios economistas y políticos profesionales que no han hecho otra cosa que estar cerca del poder (como el propio Casado), y que entienden la cosa pública como un plató de televisión en el que se dirimen las diferencias. Sin atender a aquello que decían los conservadores ilustrados alemanes: para que funcione la economía basada en la libertad de la oferta y la demanda, son precisos factores que están 'más allá de la oferta y la demanda'.

Alberto Núñez Feijóo, Javier Fernández y  Juan Vicente Herrera en Fitur. (EFE)
Alberto Núñez Feijóo, Javier Fernández y Juan Vicente Herrera en Fitur. (EFE)

Como se ha repetido hasta la saciedad, cuando los partidos que están en la centralidad de la política intentan competir con sus extremos, acaban engullidos por estos. Lo ha dicho en este periódico el propio Bernard Henri-Lévy, poco sospechoso de izquierdista: "O la derecha española lucha a muerte contra Vox o será devorada". Y lo han demostrado muchas de las últimas citas electorales en Europa, como también le han recordado algunos dirigentes territoriales de su partido al propio Casado. Si las CCAA son tan malas, dirigentes como Feijóo o Juan Vicente Herrera se quedan sin terreno de juego para defender el autogobierno de sus respectivos territorios. Y, desde luego, condena al PP a ser irrelevante en Cataluña y el País Vasco durante generaciones.

La realidad es que los resultados andaluces, más allá de las fantasiosas encuestas de Tezanos, han sido una catástrofe para el Partido Popular, aunque por circunstancias de la aritmética electoral haya podido gobernar en alianza con Cs y Vox para expulsar del Gobierno al PSOE.

Ocupar el espacio de la extrema derecha puede ser rentable en términos de ganar cuota de poder, pero es una tragedia democrática

En el mejor de los casos, para el PP es probable que esa misma alianza se repita en muchas circunscripciones electorales en las municipales y autonómicas, pero con un coste tremendo desde el punto de vista de la centralidad política, que es lo que ha caracterizado a los partidos conservadores (y socialdemócratas) desde 1945.

Ocupar el espacio de la extrema derecha, por razones tácticas, puede ser rentable en términos de ganar cuota de poder, pero es una tragedia democrática porque desplaza el juego de la política hacia un terreno de confrontación —el de la democracia basada en las emociones y no en la razón— que rompe los límites de la gobernabilidad y alienta la desconfianza en las instituciones y en la democracia representativa. Una cosa es pactar y otra muy distinta asumir como propios planteamientos trasnochados que desfiguran la raíz del conservadurismo.

En palabras de Henri-Lévy, "el mayor enemigo de Vox, como de Marine Le Pen, aunque no sean exactamente lo mismo, es la derecha liberal. Y la derecha liberal tiene que entender eso". Ni una palabra más.

Mientras Tanto
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