La España política enfila el camino de Venezuela

Sin prisas, pero sin pausas, la España política cada vez se parece más a Venezuela. Cuando se habla de legitimidad y no de cumplir la ley, el país tiene un problema, y grave

Foto: Manifestación de Asociación Civil Venezolana en España. (EFE)
Manifestación de Asociación Civil Venezolana en España. (EFE)

Hay que reconocer que a Casado y Rivera no se les puede aplicar aquello que decía el capitán York (John Wayne) a su jefe (Henry Fonda) en 'Fort Apache': "Si usted pudo verlos, coronel, no eran apaches". Su posición respecto de Sánchez es transparente. Nítida.

Casado, en particular, ve más que nadie. Tan aguda es su visión que el líder del PP (bastante más prudente ha estado Rivera) ha dicho: "La agenda que estamos viendo en Cataluña es la agenda de ETA, es decir, la agenda del nacionalismo que se alía con la izquierda acomplejada y apaciguada". Si, además, según Casado, Sánchez es un "felón" y un "traidor" no hay nada más que decir. La política, que es el arte de resolver los problemas, está muerta. Quien negocia, es un traidor.

No menos transparente es Sánchez, que considera que todo lo que está a su derecha es un estorbo. La lista incluye a dirigentes de su partido que estuvieron en la célebre foto de la tortilla, a quienes el presidente ningunea sobre asuntos transcendentales, como la organización territorial del Estado. Es más, Sánchez no solo se comporta como un moderno mandarín de la calle Ferraz que trata a los dirigentes de su partido como subalternos, sino que el propio consejo de ministros es su erial. Una especie de presidencialismo por la puerta de atrás ajeno al espíritu del constituyente, que ideó la figura del Ejecutivo como un órgano colegiado, tal y como obliga, precisamente, la ley de Gobierno.

Cataluña es un asunto tan importante, debe pensar Sánchez, que solo la vicepresidenta Calvo, y él mismo, tienen mando en plaza. Ni siquiera Borrell —"todos tenemos un poco de culpa por haber estado callados", dijo en la gran manifestación del 8 de octubre en Barcelona—, o las ministras de Política Territorial y de Hacienda, y no digamos la de Economía, tienen opinión sobre este asunto. Todo el poder para Sánchez, al fin y al cabo, es él quien hace las listas electorales, como ha ocurrido con Pepu Hernández. ¿Cómo se va a hacer política con la extrema derecha?, piensa Sánchez, y menos para resolver un asunto como el de Cataluña, que, según Moncloa, es una cuestión entre un partido con 84 diputados y la Generalitat. PP y Ciudadanos, por lo tanto, estorban para hacer política, incluso Podemos, salvo para aprobar los presupuestos.

El caso de los independentistas catalanes es diferente. Su visión está un tanto atrofiada porque hace tiempo se quedaron sin guion. Aquella bomba atómica que fue la declaración de independencia se arrojó al vacío y las víctimas de la explosión son ellos mismos, y si no que se lo digan a los presos, por lo que solo les ha quedado tirar de una vieja táctica de la política: embarrar el partido.

Ensuciar la política

Cuando alguien se queda sin argumentos y sin posibilidad de vencer (y mucho menos convencer), lo que procede es ensuciar la política, sobre todo cuando hay un juicio a las puertas, para transmitir la sensación de que, en realidad, se está ganando. Y en eso están. Hay que decir que con notable éxito. La idea del relator, en el fondo, no es más que una manera de erosionar y desprestigiar el sistema parlamentario, ya que así se visualiza con crudeza que la democracia española es incapaz de atender por los canales formales la demanda de una parte de sus ciudadanos. El célebre, cuanto peor, mejor.

Cataluña es la presa que nadie quiere soltar porque es la razón de su existencia, aunque sea para aprobar los presupuestos o ganar elecciones

Es decir, lo que se busca es tan simple como demostrar que en España ni se respetan las libertades ni hay separación de poderes, por lo que el camino más eficaz es alimentar la guerra de banderas, que une, precisamente, a los dos extremos. De hecho, todo el que esté ausente de la confrontación sobre identidades sufre un castigo electoral. Unos y otros son antagonistas que se necesitan.

Cataluña es, por lo tanto, la presa que nadie quiere soltar porque es la razón de su existencia, para aprobar los presupuestos o ganar elecciones. No hay margen para la política porque, como decía Kissinger, lo último que hay que hacer en una negociación es sacar a relucir los principios, porque, obviamente, los principios no se negocian. A no ser que se aplique la famosa cita de Marx (Groucho).

¿El resultado? La cuestión catalana ha hecho colapsar la política española, y, en la práctica, desde 2015, este país vive sobre el alambre en términos parlamentarios. Hay Gobierno, pero, apenas se gobierna. Le pasó en la segunda legislatura a Rajoy y ahora le ocurre a Sánchez.

Es verdad que hasta ahora no ha sido especialmente relevante debido a que la economía española se ha beneficiado —como otras— de los célebres vientos de cola: tipos de interés ultra reducidos, desplome de los precios del petróleo, depreciación del euro o 'boom' turístico derivado de los problemas de seguridad en algunos países competidores. Vientos de cola que tienden a amainar a medida que madura el ciclo económico, que en el caso español es más retrasado que en la UE. Precisamente, porque España salió más tarde de la crisis al afrontar una doble recesión, por lo que su posición cíclica va con varios trimestres de retraso. Por eso, España crece ahora más.

La polarización no ha caído del cielo. Sánchez la ha fabricado para demostrar que la derecha es heredera del dictador y concentrar el voto útil

Este escenario sería incompleto si, al mismo tiempo, el sistema político no estuviera contaminado por medios de comunicación que hace años han olvidado la neutralidad e imparcialidad que se le debe a exigir a una profesión amparada constitucionalmente, lo que explica la protección de derechos como la cláusula de conciencia o el secreto profesional. Pese a ello, los medios de comunicación, a la manera de unos 'hooligans', como recordaba este sábado el filósofo Manuel Cruz, forman parte del espectáculo de la política y suelen olvidar su principal función, que no es otra que trasladar una información veraz. Precisamente, el objetivo que buscaba el constituyente cuando les dio protección constitucional extra.

Democracias liberales

No es ningún secreto que este estado de cosas se incardina en un problema más global que tiene su epicentro en lo que se han llamado democracias liberales y que se manifiesta a través de la fragmentación política y la polarización, tanto en España como en el resto de Europa. Por un lado, es probable que en el próximo Congreso de los Diputados ningún partido llegue a los 100 diputados, y, por otro, la política de bloques renace de sus cenizas, lo cual no es incompatible con la existencia de soterradas guerras civiles internas tanto en la derecha (PP, Ciudadanos y Vox) como en la izquierda (PSOE, Podemos, IU y, últimamente, los errejonistas a la manera del renegado Kautsky). La manifestación de este domingo, de hecho, no es más que una respuesta de urgencia para evitar que Vox capitalice el enfrentamiento con los independentistas.

No es que la polarización haya caído del cielo. Pedro Sánchez, de hecho, la ha fabricado fríamente, con la paciencia del orfebre, desde que está en la Moncloa con el fin de demostrar que la derecha es heredera del dictador y así concentrar el voto en torno al PSOE como único partido capaz de frenar al extremismo de derechas (voto útil), lo que perjudica a Podemos.

La manifestación es otro salto cualitativo dentro de ese proceso de destrucción de las democracias liberales en favor de no se sabe muy bien qué

La consecuencia, como no puede ser de otra manera, es una grave crisis institucional, toda vez que las instituciones, que nacieron, precisamente, para canalizar el conflicto, no consiguen encauzarlo por ausencia de eso que los romanos llamaban 'auctoritas'. Si no se respeta el juicio de los expertos, ¿cómo se va a dar por bueno lo que diga un político profesional cuyo máximo incentivo es ganar elecciones? Las instituciones, por lo tanto, sobran. Así pues, todo el poder para quienes en capaz de generar un clima político de acoso y derribo contra el presidente de turno. Se llame Rajoy (antes era una emergencia nacional echar al corrupto de la Moncloa, incluso desde los tiempos del duque de Lerma) o Sánchez (ahora es una emergencia nacional expulsar al okupa). España, en sí mismo, es una emergencia, a tenor de algunos.

El primer fruto (maligno) de esa tendencia es la pérdida de credibilidad de las propias instituciones, lo que necesariamente lleva a cuestionar la legitimidad de líderes políticos que las representan, aunque hayan sido elegidos directamente por el pueblo o por los mecanismos constitucionalmente previstos. Pablo Iglesias por ejemplo, como una mala imitación de lo que ha sucedido en Latinoamérica, habló durante año de 'deuda ilegítima', y ahora, paradójicamente, presume en el ayuntamiento de Madrid de haberla devuelto sin rechistar. La clave es, por lo tanto, el falso enfrentamiento entre lo legítimo y lo legal. Una especie de desconsolidación de la democracia, como la ha llamado el profesor José A. Olmeda.

España y Venezuela

La manifestación de este domingo, en este sentido, no ha sido más que otro salto cualitativo, uno más, en ese proceso de destrucción de las democracias liberales en favor de no se sabe muy bien qué y que, salvando las distancias, tiene en Venezuela su máxima expresión, donde el descrédito de todo el sistema político (incluso antes de que apareciera Chávez) ha llevado el país a la ruina. Y que en Europa ya conocemos de forma más amable y civilizada en el caso de Italia, sin duda por el diferencial de renta per cápita respecto del país latinoamericano. Pero, descrédito, al fin y al cabo.

Si antes los viejos manuales de la política eran capaces de prever los distintos escenarios, la aparición de las redes sociales —y el hecho de que cada ciudadano se sienta con la autoridad suficiente para resolver problemas complejos que exigen un alto grado de conocimiento— ha liquidado todas las certidumbres. Una especie de banalización de la política de imprevisibles consecuencias.

Lo que hace pocos años era previsible, hoy es un arcano. Formaciones que hace muy poco se veían como sólidas (léase PSOE o PP) aparecen hoy como frágiles y a merced del aventurerismo político, mientras que, incluso, partidos muy nuevos, como Podemos, hoy están cercanos a la obsolescencia. Y es probable que eso mismo suceda en el caso de las novísimas formaciones, como Vox, que dentro de pocos años puede tener su propio Vox, pero aumentado a la enésima potencia.

Esta frenética carrera hacia no se sabe dónde es lo que explica el repliegue de la legalidad y de la verdadera legitimidad en favor de la presión de la opinión pública, que crea marcos de referencia cada vez más opuestos a eso que se llamaba "gobierno de las leyes", un concepto con el que se pretendía superar el "gobierno de los hombres" que tantas tragedias ha supuesto para la humanidad. A ver quién vuelve a meter ahora la pasta de dientes dentro del tubo.

Mientras Tanto

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