Todo el poder para los 'paparazzi': la 'pop política' entra en liza

La política forma parte ya de la industria del entretenimiento. Los políticos, en aras de ser 'populares', cultivan el culto a la personalidad. La democracia parlamentaria está quebrada

Foto:  Montaje: EC
Montaje: EC

El economista André Sapir ha publicado en Bruegel, uno de los principales centros de pensamiento europeos, un lúcido artículo en el que pretende responder a una pregunta: ¿Por qué fenómenos como el de los 'chalecos amarillos' prenden en la política francesa con relativa frecuencia? Desde luego, con mayor asiduidad que en otros países con problemas similares.

Sapir, uno de los economistas más respetados, llega a una conclusión: la arquitectura institucional francesa lo favorece. Y lo explica de la siguiente manera. En Francia, frente a lo que sucede en otros países europeos, la tradición partidista es muy reciente, al contrario que en el Reino Unido o Alemania, donde los partidos son antiguos. Sapir recuerda que el partido socialista francés en su actual formulación es un invento de Mitterand (1969), mientras que el RPR gaullista (1976) es una creación de Chirac. Como se sabe, En Marche!, el movimiento fundado por Macron, nació en 2016, mientras que el Frente Nacional vio la luz en 1972 de la mano del primer Le Pen.

Marine Le Pen. (Reuters)
Marine Le Pen. (Reuters)

Esta comunión entre el líder y el partido se explica, según Sapir, por la influencia de las élites en la política francesa, lo que provoca que el poder (amparado por un sistema constitucional de corte presidencialista) sea mucho más personalizado que en otros países europeos. Alemania o Reino Unido, por el contrario, son democracias parlamentarias, lo que limita el poder de los líderes políticos. May o Merkel se deben a sus partidos, mientras que Macron carece de contrapesos relevantes en En Marche!

Según Sapir, a este factor hay que sumar otro de indudable influencia sobre el sistema político. Francia (con la segunda menor densidad de Europa, tras España) es el país más centralizado de los siete más grandes de la UE, lo que confiere al presidente de la república un enorme poder. Como consecuencia de ello, el parlamento es débil, lo que hace que cualquier manifestación contra decisiones legislativas se dirijan contra el jefe del Estado. Eso explicaría el fuerte desgaste que sufren todos los presidentes cuando llevan poco tiempo en el poder, como le sucede ahora a Macron, y antes a Hollande o Sarkozy.

A este factor hay que añadir otro de indudable importancia. Al ser un país muy centralizado, todas las protestas desembocan en París, lo que supone una gran caja de resonancia. Es como si los conflictos laborales o sociales que se desarrollan todos los días en el País Vasco, Cataluña o Extremadura tuvieran que acabar en la Gran Vía madrileña. Es por eso por lo que Sapir propone una mejor gobernanza para canalizar el conflicto social, presente en todas las sociedades democráticas. Su propuesta es aumentar la descentralización para hacer más manejable el conflicto.

Personalización de la política

Es evidente que no es el caso de España, donde el grado de descentralización administrativa (sobre todo desde el lado del gasto, no tanto de los ingresos) es muy elevada. Pero sí que hay un punto en común que se refiere a la creciente personalización de la política a costa de un debilitamiento de los partidos, de las instituciones y del propio parlamento, cada vez con menos autonomía para tomar decisiones propias al margen del poder ejecutivo.

Sánchez, con libro incluido, es el último ejemplo de cómo la política se arrodilla ante un cierto culto a la personalidad que empobrece la vida pública

Una especie de presidencialismo por la puerta de atrás ausente en la Constitución, y que es doblemente impropia porque España, al contrario de lo que sucede en países presidencialistas, no cuenta con instrumentos de control necesarios (los célebres 'checks and balance') para moderar los excesos de poder, por ejemplo, limitando los mandatos.

El presidente Sánchez, con libro incluido, es el último ejemplo de cómo la política —incluyendo en el texto aspectos ridículos de su vida privada que a nadie interesan— se arrodilla ante un cierto culto a la personalidad basado en la adoración al líder por encima de todo y que se parece más al 'show business', que es el reino de las emociones, que a la política, que es la república de la razón.

La 'pop política' consiste en hacer 'populares' a los líderes, lo que les convierte en esclavos de su imagen y en carne de cañón de los 'paparazzi'

Incluso, a costa del propio partido, lo que exige comerciar con asuntos personales. Es por eso por lo que quienes le entrevistan no son economistas o filósofos, sino representantes de la industria del entretenimiento, lo que obliga a pagar un peaje para entrar de lleno en eso que se ha llamado la 'pop política', que consiste en hacer 'populares' a los líderes políticos a través de la televisión y de las redes sociales, lo que les convierte en esclavos de su imagen personal y en carne de cañón, lógicamente, de los 'paparazzi'. Pero también en esclavos de asesores de medio pelo a quienes solo les importa que su jefe (sea del partido que sea) obtenga un buen resultado electoral, aunque el país se vaya al carajo o las instituciones caigan en el más absoluto descrédito produciendo auténtica vergüenza ajena.

El círculo se cierra con el control desmesurado del partido por parte de las élites cercanas al caudillo, que asienten porque lo que está en juego es su propio futuro político. Sobre todo, en un país como España en el que las elecciones primarias (cuando se celebran) suelen estar dirigidas a distancia desde la cúpula, por lo que la afinidad al líder es clave para continuar en política.

La independencia de criterio o la crítica fundada no tienen hoy cabida en las direcciones de los partidos, que tienden a ser cada vez más monolíticas, lo que provoca necesariamente la expulsión de muchos del mercado de las ideas en favor de una política cada vez más parecida a la lógica comercial.

Democracia de audiencias

Sánchez no es el único ni se trata de un fenómeno nuevo. Pablo Iglesias quiso fundir su imagen con la de Podemos, y al final es probable que se quede sin partido y sin imagen; mientras que no es fácil imaginar a Ciudadanos sin la figura hegemónica de Rivera. En el otro extremo están partidos como el PNV, donde han sabido diferenciar la figura del presidente del Euzkadi Buru Batzar de la del Gobierno vasco.

Es cierto que la sustitución de la ideología por la imagen —eso que se ha llamado democracia de audiencias— facilita la identificación del elector con el líder, y ahí está la extraña visita de Arrimadas a Waterloo solo por razones de mercadotecnia electoral, pero es necesariamente irracional y genera mayores incertidumbres por la sobreexposición de los líderes a la personalización extrema de la política. Provocando, además, gobiernos más inestables debido a que el futuro de la organización depende de la credibilidad del guía.

Los líderes de Ciudadanos y de Podemos, Albert Rivera, y Pablo Iglesias, respectivamente, en la entrevista a 'Salvados' en La Sexta. (EFE)
Los líderes de Ciudadanos y de Podemos, Albert Rivera, y Pablo Iglesias, respectivamente, en la entrevista a 'Salvados' en La Sexta. (EFE)

En definitiva, un fenómeno que explica la decreciente duración de los liderazgos. Entre otras cosas, porque la estrategia de la oposición se basa a menudo en derribar a toda costa al caudillo mediante insultos y descalificaciones, incluso personales, toda vez que es el principal activo del partido.

Una especie de emponzoñamiento de la vida política —no exenta de inquinas personales que luego cuesta superar cuando hay que hacer políticas de Estado— que está detrás de la pobreza intelectual que sacude hoy a casi todo el arco parlamentario, convertido en un festival de disparates que solo pretende derribar al presunto líder carismático, que en democracia solo puede ser útil en momentos de emergencia nacional.

Cuando Casado insulta no lo hace gratuitamente, sino que lo hace porque es más eficaz que hacerlo a través de una crítica fundada a la labor de gobierno

Cuando Casado suelta una ristra de insultos contra Sánchez no lo hace gratuitamente, sino que lo hace conscientemente porque es más eficaz mediáticamente que hacerlo a través de una crítica sistemática a la labor de gobierno. Llega a mucha más gente y a mayor velocidad llamar felón y traidor al presidente (o indecente, como calificó Sánchez a Rajoy), que cuestionar con argumentos que se quiera rebajar de 55 a 52 años el subsidio para parados de larga duración.

Una estrategia suicida

Se trata de una estrategia suicida —muy vinculada a la fuerza de la televisión y de las redes sociales— que tiende a hacer más frágiles los sistemas políticos, toda vez que la pertenencia a una organización por razones ideológicas, de clase o, incluso, religiosas, es más estable que la fuerza de la imagen, que necesariamente es una construcción simplista para entender una realidad compleja. En lugar de provocar una reforma en profundidad de los partidos para hacerlos más accesibles y menos sectarios, se opta por sustituir al viejo líder, preferiblemente por uno sin acervo ni trayectoria, quien como medio para ensalzar su débil pensamiento opta por borrar el pasado. Muerto el perro, se acabó la rabia. El adanismo en estado puro.

Es como si los partidos sobraran para hacer política, lo que explica patinazos históricos como el de Susana Díaz en Andalucía, que escondió las siglas del PSOE todo lo que pudo con el consiguiente batacazo electoral. Mal va un país cuando los líderes, cargados de retórica hueca, se creen más importantes que las organizaciones, y no solo en el ámbito político. También en el empresarial. Máxime cuando la soberanía del pueblo se canaliza a través de la democracia representativa y no confiriendo al líder de turno artificiales poderes extraordinarios.

Es como si los partidos sobraran para hacer política, lo que explica patinazos históricos como el de Susana Díaz en Andalucía

Sánchez podría haber evitado caer en esa tentación, pero no lo ha hecho. Probablemente, porque el aventurerismo político se ha apoderado de la Moncloa aun a costa del propio sistema parlamentario, que es justo lo contrario de gobernar por decreto o utilizar la sala del consejo de ministros como una dependencia más del legítimo teatro electoral.

Es sintomático, en este sentido, que cuando el Congreso devolvió al Gobierno los presupuestos del Estado, la respuesta de Sánchez a ese varapalo político de indudable transcendencia se hiciera en la Moncloa, y no en el parlamento, que es donde se había producido la derrota.

Un síntoma más de la decadencia del parlamento en beneficio del culto al líder, que así puede articular una respuesta sin réplicas del resto de partidos. El resultado es la construcción de una nueva esfera —en la que los medios de comunicación se han convertido en un fin en sí mismo y no en un instrumento de comunicación pública— que empobrece la política y convierte la cosa pública en un 'casting'. Haciendo bueno aquello que decía el conde Romanones con su habitual cinismo: "En España", sostenía, "para triunfar en política basta con ser alto, ser abogado y tener buena voz".

Mientras Tanto
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