'The Economist', España y la calidad de la democracia

¿Es España una democracia plena? Según el índice de 'The Economist', sí lo es. Pero la clasificación es tan pobre que margina aspectos socioeconómicos fundamentales

Foto: El rey Felipe, durante la sesión de clausura del XXVI Congreso Mundial de Derecho. (EFE)
El rey Felipe, durante la sesión de clausura del XXVI Congreso Mundial de Derecho. (EFE)

Desde que Tocqueville popularizó el término democracia tras su célebre viaje americano —el libro tuvo una enorme influencia en su tiempo y aún hoy es un referente fundamental de la ciencia política— el concepto de democracia no ha dejado de estar en el centro del debate político.

El término es tan atractivo —el poder del pueblo— que, incluso, horrendas dictaduras hablan de democracia como una especie de legitimación simbólica ante ese mismo pueblo que masacran. Existen democracias populares, democracias con un fuerte componente nacionalista que desprecian a las minorías o, incluso, presuntas democracias que convocan elecciones pero que, en realidad, son Estados autoritarios que solo pretenden esconder bajo una hermosa palabra la tiranía que ejercen unos pocos sobre la mayoría.

Existe, sin embargo, un consenso básico sobre el significado del término en las democracias liberales, y que tiene que ver con variables como la pluralidad, la calidad de los procesos electorales, las libertades civiles, el funcionamiento del Gobierno, el nivel de participación de los ciudadanos en la cosa pública o la transferencia pacífica del poder.

Estos conceptos, precisamente, son los que escudriña 'The Economist' en su último informe sobre la democracia en el mundo, en el que sitúa a España entre las 20 democracias plenas del planeta (puesto 19).

Poca atención se ha dedicado a comprobar si el índice 'The Economist' margina conceptos clave para evaluar la calidad de una democracia

Como es lógico, el Gobierno, y, en particular, el presidente Sánchez, no ha tardado en intentar capitalizar políticamente el puesto. Máxime cuando en el juicio del 'procés' lo que intentan hacer los abogados de la defensa es un absurdo: demostrar que España reprime las libertades y no es capaz de ofrecer unos tribunales justos. Borrell, y esa entelequia administrativa que es España Global (antes Marca España) también con buen criterio, presumen de la posición española en el 'ranking', y hasta en sus últimos discursos el rey Felipe VI ha destacado el informe anual de la centenaria publicación británica.

Poca atención se ha dedicado, sin embargo, a comprobar si el índice de 'The Economist' se ajusta a la realidad o tiene un determinado sesgo que margina conceptos clave a la hora de evaluar la calidad de una democracia. Probablemente, porque en tiempos de medias verdades lo que menos interesa es articular una respuesta compleja. Quienes creen que España es una monarquía bananera seguirán pensándolo, aunque se demuestre lo contrario; y quienes consideran que España es la quintaesencia de la democracia, nunca verán que hay un elefante en la habitación.

Constituciones sociales

Lo primero que hay que decir es que el índice tiene únicamente en cuenta cinco variables políticas: procesos electoral y pluralismo, funcionamiento del Gobierno, participación política, cultura política democrática y libertades civiles. Es decir, ignora deliberadamente cuestiones socioeconómicas, como el desempleo, la desigualdad, el acceso a servicios públicos de calidad, la igualdad de oportunidades o, en general, el bienestar social, que hoy son claves para entender la calidad de una democracia; lo que explica que en todas las constituciones avanzadas (también en la española) aprobadas después de 1945 se introdujeran referencias al carácter 'social' de la carta magna. Hoy, de hecho, no se entiende una democracia sin analizar su vertiente social.

EEUU, a punto de cumplir la expansión más larga de su historia, cae al puesto 25, por detrás de España, con la segunda mayor tasa de paro de Europa

Como consecuencia de ello, un país con pleno empleo, como EEUU, a punto de cumplir el periodo expansivo más largo de su historia, se sitúa en la clasificación (puesto 25) por detrás de España, con la segunda tasa de paro más elevada de Europa y con unos indicadores sociales que acaban de ser cuestionados muy seriamente por la propia Comisión Europea.

Como han recordado los funcionarios de Bruselas, "la proporción de personas que abandonan prematuramente la educación y la formación sigue siendo elevada, y persisten profundas desigualdades en lo que respecta a la renta y a las oportunidades. El riesgo de pobreza o exclusión social sigue siendo elevado, especialmente en el caso de los niños, y las transferencias sociales (distintas de las pensiones) tienen una escasa incidencia en su reducción".

El hecho de que 'The Economist' margine la 'cuestión social', que se decía en otro tiempo, no es una cuestión baladí. Hoy, ninguna democracia se basa exclusivamente en la existencia de libertades formales, como hace la publicación británica.

Tradición liberal

Probablemente, porque bebe de la tradición liberal anglosajona. Y aunque reconoce en su análisis que la libertad es un componente esencial de la democracia, pero no suficiente en sí misma, lo cierto es que el 'ranking' no tiene en cuenta variables fundamentales. Algo que explica que un país como Francia, que históricamente ha representado el poder del Estado frente al individuo, se sitúe en la clasificación, nada menos, que en el puesto 29. Es decir, por debajo de países como Uruguay (15), Costa Rica (20) o Chile (23), lo cual es verdaderamente sorprendente. Incluso Japón, con unos indicadores de bienestar sustancialmente mejores que los españoles: 2,5% de desempleo y una renta per cápita un 35% superior, se sitúa en el puesto 22, tres puntos por debajo de España, lo cual no deja de sorprender.

Aunque no es menos singular que Francia, el país que ha irradiado a todo el planeta en términos políticos, incluso antes de 1789, aparezca en la lista como una 'democracia defectuosa'. Paradójicamente, por sus malos resultados en lo que 'The Economist' llama 'cultura política', donde España, un país recién llegado a la democracia, saca una puntuación notablemente superior a la francesa, porque el peso de los partidos populistas es menor (todavía no se tiene cuenta el fenómeno Vox). Incluso Ucrania, según 'The Economist', tiene más cultura política que Francia (6,25 puntos frente a 5,63), lo cual no deja de tener mérito.

Esta simplificación de la democracia sorprende más cuando se ha admitido que los excesos liberales han llevado a despreciar la cuestión social

Esta singularidad se explica porque la publicación británica reconoce que ha hecho suya la definición de democracia que hace Freedom House, una organización estadounidense auspiciada por Franklin D. Roosevelt para alentar en su día entre los ciudadanos la participación de EEUU en la II Guerra Mundial, y que con el tiempo se convirtió en uno de los arietes ideológicos contra la dictadura soviética en plena guerra fría. Y la definición que hace Freedom House de democracia cubre exclusivamente variables como la convocatoria de elecciones, el pluralismo, el funcionamiento del Gobierno y la participación. Es decir, una definición estrecha que no tiene en cuenta otras variables fundamentales.

Honradez intelectual

Esta simplificación de la democracia sorprende todavía más en el caso de 'The Economist'. La publicación británica —ahora controlada parcialmente por el grupo japonés Nikkei tras la compra del 'Financial Times'— reconoció en el lúcido editorial que publicó hace unos meses por su 175 aniversario, que los excesos del liberalismo habían llevado a despreciar la cuestión social. En aquel editorial, con gran honradez intelectual, se asumían los errores cometidos y se recordaba que Europa y EEUU "están en medio de una rebelión popular contra las élites liberales", a quienes se consideran "autosuficientes e incapaces" por no estar dispuestas a resolver "los problemas de la gente común".

A pesar de eso, lo que hace 'The Economist' es ofrecer una visión ciertamente simplista de la democracia que no tiene en cuenta variables fundamentales, y que son hoy las que preocupan a los ciudadanos. No en vano, como el propio semanario británico reconoce, existe una creciente desconfianza en la democracia en los países avanzados que necesariamente hay que relacionar con los efectos de la globalización y el estrechamiento de las clases medias. Lo que está provocando un auge de los partidos 'antiestablishment' que amenaza a las propias democracias.

Sería mejor que los políticos españoles, en vez de ponerse medallas, husmearan en las razones que llevan a que en la clasificación de 'The Economist' la variable peor valorada —con diferencia— sea la función de Gobierno, muy por debajo de la media. Al fin y al cabo, en palabras del Tocqueville, la democracia no es gobernar en nombre del pueblo, sino hacerlo respetando las voluntades reales del pueblo. "No hay nada tan irresistible como un poder tiránico que manda en nombre del pueblo", que decía el sabio francés.

Mientras Tanto
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