Los candidatos del 28-A y el fantasma de Manuel Pizarro

La elección de candidatos a las generales es un código de señales que se da al electorado. Pero la desconexión con la sociedad es evidente. El sistema se ha convertido en un 'casting'

Foto: Imagen de archivo de Manuel Pizarro en 2009. (EFE)
Imagen de archivo de Manuel Pizarro en 2009. (EFE)

Sostenía McLuhan con innegable tono crítico que el mundo suele enfrentarse al futuro mirando al retrovisor. No le faltaba razón. Lo singular es que cuando el sabio canadiense lo dijo —en los años 70— las sociedades avanzadas apenas habían iniciado el camino hacia el envejecimiento. Hoy, como se sabe, el planeta afronta una auténtica revolución demográfica. Alrededor de 1.000 millones de personas han alcanzado ya los 60 años.

El caso español, en este contexto, es especialmente significativo. La mayor esperanza de vida (el fenómeno de la longevidad) coincide en el tiempo con un descenso abrupto de la tasa de natalidad, lo que tiene un indudable impacto en la sociedad, no solo por razones económicas, sino también políticas.

El tamaño de las consecuencias económicas lo acaba de poner de manifiesto Eurostat, la agencia estadística de la UE, que ha estimado que España, el año pasado, destinó el 40,4% del gasto público total a protección social, y de ese porcentaje algo más de la mitad (22 puntos porcentuales) tuvo que ver con la función vejez.

En términos políticos, igualmente, la influencia del envejecimiento es diáfana. En 1977, cuando este país recuperó la democracia, la edad media de los españoles era equivalente a 33,20 años, pero en 2018 ya se han alcanzado los 43,18 años. En 20 provincias, incluso, la edad media supera ya los 45 años. O expresado de otra forma. Si en 1977 apenas 3,82 millones de españoles tenían 65 o más años, el próximo 28 de abril, cuando se celebren las elecciones generales, alrededor de nueve millones de electores habrán cumplido los 65 años. Es decir, habrán superado, incluso, la edad efectiva de jubilación (no la legal), que se sitúa en torno a los 63 años.

En las cuatro décadas comprendidas entre 1978 y 2018 han ido cumpliendo 65 años las generaciones nacidas entre 1913 y 1953

Como han recordado recientemente los demógrafos Julio Pérez Díaz y Antonio Abellán, en un interesante y prolijo trabajo publicado en Funcas, eso quiere decir que en las cuatro décadas comprendidas entre 1978 y 2018 han ido cumpliendo 65 años las generaciones nacidas entre 1913 y 1953.

Democracia representativa

Por lo tanto, los nacidos en una España muy diferente a la actual, marcada por el final de la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, la II República, la guerra y la durísima posguerra, lo que explica, en buena medida, algunos de los conflictos que todavía influyen de forma decisiva en el devenir político. Pero también una determinada concepción de la política que hoy, con la banalización de la propia democracia, se va diluyendo.

Hay pocas dudas de que en 1977 se votó, fundamentalmente, por la democracia y menos por la ideología. No en vano, cerca del 85% del censo electoral de la época —23,6 millones de ciudadanos— nunca había votado en libertad a lo largo de su vida; mientras que hoy, paradójicamente, lo que está en crisis es el propio concepto de democracia representativa por la crisis de los partidos como mediadores del conflicto político.

El hecho de que uno de cada cuatro españoles esté por encima de la edad real de jubilación, o que casi el 40% de los posibles electores (unos 37 millones) tenga más más de 55 años, no es, desde luego, neutral en términos políticos.

Se sabe, por ejemplo, que la participación electoral de los más mayores es superior a la de los jóvenes, o que el voto tiende a ser más conservador con la edad, aunque no en todos los casos. El PSOE de 1982, por ejemplo, ha ido envejeciendo al ritmo que lo han hecho sus votantes tradicionales por razones biológicas, y lo mismo le ha sucedido al PP de 1996, que ya nada tiene que ver con aquel de Aznar que le ganó las elecciones a Felipe González. Los nuevos partidos, Podemos, Ciudadanos o, incluso, Vox, han alterado la correlación de fuerzas por la edad. Está muy demostrado que las probabilidades de cambiar el sentido del voto son mayores a medida que es menor la edad.

El PSOE de 1982 ha ido envejeciendo al ritmo que lo han hecho sus votantes por razones biológicas y lo mismo le ha pasado al PP de 1996

Lo que también se sabe es que la edad determina a su vez la agenda política de una forma definitiva. Y dado que los partidos son también maquinarias electorales (su principal incentivo es tener el mejor resultado posible) tenderán a dar prioridad al mantenimiento del 'statu quo' por encima del cambio y de la evolución. Es decir, que se toman decisiones —por ejemplo, al abordar la reforma de las pensiones— pensando solo en los mayores actuales (el pensionista-votante), pero no en las próximas generaciones, que son, precisamente, las más interesadas en el que siga siendo sostenible el actual sistema de protección social basado en un mecanismo de reparto: los activos financian las pensiones de los pasivos.

Mensajes populistas

Este comportamiento tiene mucho que ver con el sistema de selección de las élites políticas, que en un mercado de elevada competencia (cada vez más partidos optan por el mismo número de diputados) favorece los mensajes populistas, que por definición buscan efectos inmediatos en sus políticas, lo que en la práctica supone despreciar las soluciones estratégicas. Es decir, lo que se suele denominar política de luces largas. Máxime, cuando una de las características de la democracia actual es que el voto por razones de clase tiende a desaparecer.

Hoy, de hecho, ha perdido vigencia la célebre cita que sostenía que no había más tonto que un obrero de derechas. Por el contrario, el voto a la izquierda se asienta, en muchos casos, entre profesionales de rentas elevadas que viven en el centro de las grandes ciudades. O en trabajadores cualificados bien asentados que se benefician de las anteriores condiciones socioeconómicas, de las que han sido expulsados miles y miles de jóvenes por la paulatina degradación de las condiciones de trabajo en salarios o seguridad laboral.

Hoy, de hecho, ha perdido vigencia la célebre cita que sostenía que no había más tonto que un obrero de derechas

Pese a estas evidencias, los partidos insisten en presentarse a cada cita electoral como partidos renovados, no por las ideas, sino por razones biológicas, lo que les hace alejarse, todavía más, de la sociedad que pretenden representar.

Líderes de cartón piedra

Esta contradicción entre la edad de los representantes y la edad de los votantes —salvo excepciones— es significativa, y pone de relieve la creciente desconexión de las élites políticas, que han convertido los partidos en meros agitadores sociales secuestrados por líderes de cartón piedra que entienden la política como una especie de pasarela Cibeles por la que solo desfilan los acólitos, aunque luego, cuando llegan al Congreso, algunos de sus candidatos sean auténticos fantasmas parlamentarios. Ahí está el caso de Manuel Pizarro, en su etapa de diputado del PP, o el de otros candidatos que un día fueron estrellas y que acabaron estrellados. Resultaba demoledor ver a alguien con una sólida formación y acreditado bagaje intelectual, como es Pizarro, deambular por el viejo palacio de la carrera de San Jerónimo como un juguete roto de la política.

Esa desconexión creciente explica, por ejemplo, que, en las recientes primarias del partido socialista en Madrid, el ganador, Pepu Hernández, obtuviera apenas 1.697 votos, cuando la población censada en la Comunidad de Madrid supera los 6,57 millones, lo que da idea de la escasa representatividad de los procesos electorales internos. Si las primarias son una forma de aproximarse a la sociedad, así nacieron en EEUU, en España no son más que un ajuste de cuentas entre facciones del mismo partido.

No es que el resto de los partidos esté mucho mejor. Al contrario. Las listas que se van conociendo tienen más de casting —el último ha sido Marcos de Quinto, el expresidente de Coca-Cola España— que de un verdadero proceso de conexión con la realidad sociológica del país. ¿O es que Juan José Cortés el número 1 de la lista del PP por Huelva representa a la sociedad onubense? ¿De verdad que Cortés es un candidato más sólido que Fátima Báñez? Al final será otro juguete roto que ha cumplido sus fines propagandísticos.

No es un asunto menor. A medida que los partidos se hacen más pequeños tienden a convertirse en grupos de presión cuyo único incentivo es sacar el mayor número de diputados a cualquier precio, aunque sea convirtiendo la política en un formidable espectáculo en el que lo relevante no es lo que se dice, sino lo que se quiere transmitir ofreciendo determinadas señales simbólicas: un periodista, un deportista, un astronauta… O lo que es lo mismo, se da prioridad al interés particular frente al interés general, lo cual solo puede hacer más difícil la gobernabilidad del país. Ese es el problema.

Mientras Tanto

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