Dios salve al parlamento británico (y no al español)

La gestión del Brexit está siendo una calamidad por parte del parlamento británico. Aun así, el parlamentarismo brilla y es una señal de democracia. No ocurre lo mismo en España

Foto: El presidente del PP, Pablo Casado (d), junto a Adolfo Suárez Illana. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado (d), junto a Adolfo Suárez Illana. (EFE)

Fue el periodista y escritor Juan Vázquez de Mella, uno de los pensadores más reaccionarios de la España de la Restauración, quien solía descalificar el parlamentarismo comparándolo con una "tertulia de políticos". El ideólogo del carlismo, incluso, teorizó sobre la necesidad de construir una especie de democracia orgánica —la llamó sociedalismo jerárquico— a través de la recuperación de los gremios y de las sociedades corporativas de producción y consumo, lo que, de alguna manera, le convirtió en un adelantado al Estado franquista, desarrollado intelectualmente por uno de sus discípulos, Víctor Pradera.

Ahora bien, reservándose un fuerte componente regionalista en su discurso político, tan frecuente en las élites tradicionalistas españolas, y que tiene su origen en la supervivencia de sistemas de representación de origen medieval. Se suele olvidar que hasta el siglo XVIII España mantuvo aduanas interiores, lo que da idea de la fuerza del cantonalismo, que todavía hoy irradia muchos comportamientos políticos. Eso explica, por ejemplo, la fuerza del caciquismo a lo largo del tiempo, y que ha supuesto una de las desgraciadas contribuciones de España al pensamiento político contemporáneo.

La idea del parlamento como una caja de grillos no es nueva. Las Cortes franquistas no eran más que un órgano de representación de la clase dirigente

Esta idea del parlamento como una caja de grillos no es nueva. Y, de hecho, el propio franquismo desconfiaba de la democracia liberal. Hasta el punto de que las Cortes franquistas, como han señalado muchos historiadores, no eran más que un órgano de representación de la clase dirigente. De hecho, la separación de poderes, que está en el origen de las democracias liberales, no podía tener cabida, ya que el poder no emanaba del pueblo, sino del jefe del Estado, ya fuera monarca o dictador. O ambas cosas.

La recuperación de la democracia liquidó esa idea arcaica de la política. La Constitución de 1978, como se sabe, volvió a conectar a España con las democracias europeas, construidas sobre la base de los tres poderes clásicos.

Las circunstancias en que se elaboró la Carta Magna —con amenazas constantes de involución o, incluso, golpismo— dejaron, sin embargo, algunos agujeros en la arquitectura constitucional del Estado. Y que se manifestaron a través de una indudable supremacía del poder ejecutivo frente al legislativo. Sin duda, porque era la única estrategia posible para hacer frente a un contexto tan extraordinario como complejo.

Ejemplar de la Constitución Española. (EFE)
Ejemplar de la Constitución Española. (EFE)

Entre otras cosas, porque el sistema de partidos era incipiente y el parlamento debía jugar un papel secundario. Algo que explica, por ejemplo, las listas electorales cerradas y bloqueadas, que garantizaban el control de los diputados por parte de los aparatos de los partidos, o las amplias prerrogativas que tiene el poder ejecutivo frente al legislativo a la hora de la tramitación de las leyes. Muchas veces, utilizando como aliado a la propia Mesa del Congreso, el auténtico cancerbero de los gobiernos en el parlamento al actuar como la voz de su amo, como ha reprochado en ocasiones el propio Tribunal Constitucional.

Iniciativa política

Ese esquema es el que ha funcionado en los últimos 40 años. No solo el Ejecutivo ha cercenado la autonomía del parlamento hasta ahogar su iniciativa legislativa y política (se ignoran leyes aprobadas a instancias del propio Congreso o votaciones en las que diputados de un mismo partido tengan posiciones diferentes), sino que la selección de los propios diputados depende exclusivamente de los jefes de los partidos, lo que introduce un incentivo perverso: los diputados no pueden tener voz propia porque sería lo mismo que su suicidio político. No irían en las siguientes elecciones.

Los gobiernos de turno se han esforzado en cercenar la autonomía del parlamento hasta ahogar su iniciativa legislativa y política

Como han dicho algunos estudiosos, "no es ya que el Ejecutivo controle de un modo casi pleno tanto los proyectos de ley como el resultado de las deliberaciones y de las votaciones en los órganos legislativos, es que dispone ya de un poder normativo directo que le exime con mucha frecuencia de pasar por el tamiz formal de la discusión parlamentaria". Y el abuso de los decretos leyes, como ha reflejado en este periódico Isidoro Tapia, no ha hecho más que demostrarlo.

Vista general del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)
Vista general del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)

Se podía pensar que la excepcionalidad propia de la Transición acabaría diluyéndose a lo largo del tiempo. Pero, lejos de ocurrir eso, ha sucedido todo lo contrario.

La democracia no se entiende —aunque cueste a veces creerlo— sin autonomía política de quien representa el poder soberano

La reciente elección de los candidatos a diputados y senadores —en la inmensa mayoría de los casos las primarias no son más que un paripé que busca legitimar a los elegidos por la dirección del partido—, solo ha confirmado que el próximo legislativo seguirá siendo una mera prolongación de las respectivas direcciones políticas, tanto del futuro Ejecutivo como de las élites de los partidos, lo que ahoga la función clásica del parlamento, que no es solo controlar al Gobierno, sino también disponer de iniciativa política propia. ¿Alguien cree que alguno de los flamantes fichajes de los partidos va a enfrentarse a quien lo ha sacado del ostracismo para tener sus diez minutos de gloria? ¿O alguien cree que un diputado que se juega su empleo se va a enfrentar a la dirección de su partido? Las purgas políticas, de hecho, están ya en el ADN de la democracia española.

Parlamentarismo británico

Frente a este modelo de parlamento amputado, en los últimos meses ha emergido la figura del parlamento británico, espejo en el que durante siglos se han mirado muchas democracias.

Es evidente, sin embargo, que Westminster no está pasando por sus mejores momentos. El Brexit ha roto todos los límites de la racionalidad con políticos mediocres incapaces de asumir las consecuencias de sus actos. Y que se enfrentaron al referéndum de salida de la Unión Europea (UE) sin evaluar el impacto traumático que tendría para la convivencia del país, más allá del análisis puramente económico o geopolítico.

Westminster Bridge. (Reuters)
Westminster Bridge. (Reuters)

A pesar de eso, merece la pena seguir reivindicando la idea del parlamentarismo como fuente de progreso. De hecho, la democracia no se entiende —aunque cueste a veces creerlo— sin autonomía política de quien representa el poder soberano. Siempre es mejor que se equivoquen los representantes directos del pueblo, elegidos sin trampas ni cartón en su circunscripción sin listas cerradas y bloqueadas, que políticos profesionales sin voz ni voto que, en realidad, son una mera coartada de las élites de los partidos para imponer su dominio.

O lo que es lo mismo. La caja de grillos que tanto molestaba a Vázquez de Mella siempre será mejor que un parlamento formado por brazos de madera que actúan como resortes a instancias del jefe político de turno.

Mientras Tanto

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