Cataluña y el taimado juego de los tramposos

Cataluña se ha convertido en un gran botín electoral. Todos quieren sacar tajada. El resultado no puede ser más desolador. Cataluña monopoliza la política española

Foto: Miles de esteladas durante una manifestación independentista. (Reuters)
Miles de esteladas durante una manifestación independentista. (Reuters)

Año uno de la nueva legislatura: Cataluña sigue siendo la gran coartada para hacer política. Como se ha dicho y escrito, el Gobierno de Sánchez, con la elección de Batet y Cruz para la presidencia del Congreso y el Senado, respectivamente, ha buscado visualizar una especie de tercera vía para allanar el camino hacia la solución del conflicto. Pero el presidente del Gobierno (123 diputados) sabe que sin acuerdo con los partidos constitucionalistas cualquier salida a la cuestión catalana que modifique el marco territorial (y mucho menos las competencias del Senado) está cegada.

Casado y Rivera, por su parte, siguen viendo Cataluña (y no digamos Vox) como un botín electoral que no pueden dejar escapar porque da votos en el resto de España, lo que explica su insistencia —desmentida por los hechos— en que Sánchez pactará tarde o temprano con el independentismo, cuando ambos son conscientes de que los límites constitucionales también afectan a la Moncloa; mientras que los soberanistas no cejan en reclamar la independencia —que nunca conseguirán ni por las bravas ni de forma pactada— porque sería lo mismo que reconocer un nuevo fracaso histórico. El tercero en el último siglo tras las dos asonadas de la República.

Unidos Podemos, como se sabe, navega entre dos aguas, que es una forma de no romper el delicado equilibrio interno de la coalición, atrapada sin salida en su camaleónica existencia.

El resultado, como no puede ser de otra manera, es cristalino. La cuestión catalana tiende a hacerse un mal crónico, como ha escrito Manuel Cruz en este periódico.

Todos los partidos siguen viendo Cataluña como un botín electoral que no pueden dejar escapar porque da votos en el resto de España

La política española, que históricamente ha tenido serias dificultades para fijar con acierto una política de prioridades adecuada a cada tiempo, llegó tarde a la revolución industrial y aún más tarde al reconocimiento de los cambios sociales, continúa girando en torno a Cataluña, como se demostrará dentro de pocas horas en dos sesiones parlamentarias (lunes y martes) que darán la vuelta al mundo.

Fortaleza y debilidad

Presos del 'procés' sentados en sus escaños, como si la democracia española los tuviera secuestrados o fueran rehenes de la arbitrariedad del sistema judicial. Ni en el mejor de sus sueños, los independentistas hubieran podido conseguir que esa imagen —irrepetible e inédita en Europa— fuera posible. Fuera real. Una especie de 155 icónico que demostrará, al mismo tiempo, y aquí está la paradoja, la fortaleza y la debilidad de la democracia española, capaz de juzgar a los rebeldes desde la imparcialidad y desde el rigor jurídico, pero con serios problemas para articular políticamente todos sus territorios.

Cataluña, de hecho, es el leitmotiv de la política española, y todo parece indicar que seguirá siéndolo. Algo que explica que se haya querido trasladar a Madrid la bronca diaria que ha vivido el Parlament desde 2012, sin duda porque de lo que se trata es de obtener rédito político a cuenta de Cataluña, cuyos ciudadanos son rehenes de las élites políticas.

Hay demasiadas guerras de guerrillas, una expresión genuinamente española, que pululan en torno al 'procés', lo que impide buscar una solución

Reinventando la célebre frase de Ortega, Cataluña es el problema y Cataluña es la solución, lo cual dice muy poco en favor de la política española, incapaz de encauzar, al menos, un problema —por supuesto extremadamente complejo— que seguirá así mientras que en la partida de tahúres nadie enseñe sus cartas y, por el contrario, se opte por la política preñada de hipérboles y exageraciones. O lo que es lo mismo, mientras no se diga qué es lo que se están dispuestos a sacrificar —esa es la base de cualquier negociación— para que florezca una solución que comprometa a todos.

Guerra y revolución en España

Probablemente, porque dentro de la guerra catalana en su sentido más metafórico —el 'procés'— hay en marcha una revolución, como aquella que descubrió el Conde Toreno hace dos siglos —Guerra y Revolución en España— cuando las tropas de Napoleón cruzaron la frontera. Pero si entonces, lo que estaba en juego, además de la expulsión del ejército francés era el pulso entre el viejo absolutismo y el liberalismo ilustrado, hoy —en el caso de la derecha— está la batalla por la hegemonía del espacio conservador.

Ese, en realidad, es el gran drama de la política española. Hay demasiadas guerras de guerrillas internas que pululan en torno al 'procés', lo que impide buscar una solución. O, al menos, la célebre conllevanza orteguiana desde un enfoque no solo político, sino también jurídico para aprender de las enseñanzas del Estado federal.

Junqueras —que maneja como pocos la tensión emocional— no buscará una vía de entendimiento estable hasta que ERC no presida la Generalitat

También Oriol Junqueras ve la cuestión catalana como el instrumento necesario —ahí están sus últimos resultados electorales— para que ERC, un partido irrelevante durante la Transición en los tiempos de Heribert Barrera, vuelva a ser el partido hegemónico dentro del independentismo, como lo fue en tiempos de la II República.

Junqueras —que maneja como pocos la tensión emocional— no buscará una vía de entendimiento estable, más allá que gestos simbólicos, hasta que ERC no presida la Generalitat, que es el objetivo estratégico del partido de Macià y Companys, lo que exige neutralizar a Puigdemont. Y mucho menos cuando la sentencia del 'procés' no estará lista hasta la vuelta de verano. Es decir, coincidiendo, de nuevo, con la discusión presupuestaria. Una especie de pesadilla anual que envuelve a la política española por arrastrar un mecanismo de aprobación completamente obsoleto. Cataluña, siempre Cataluña.

El hombre de Waterloo, por su parte, tiene una deuda con la historia al haber dilapidado el enorme capital político del catalanismo moderado que un día representó Pujol y que liquidó Artur Mas, lo que exige mantener la estrategia de la tensión para seguir siendo un referente político. Algo que explica su deriva populista completamente alejada de un partido que contribuyó a elaborar la Constitución. Lo que está en juego, ni más ni menos, es la hegemonía en el nacionalismo conservador, ahora amenazado por ERC.

La mirada de Orwell

Todos y cada uno, por lo tanto, necesitan a Cataluña. No para ganar la guerra, que es el objetivo estratégico de cualquier contienda política, sino para lograr salir victoriosos de pequeñas escaramuzas que emponzoñan un poco más el conflicto. Y que Orwell, en su Homenaje a Cataluña, y en medio de la refriega entre anarquistas y comunistas supo ver como ninguno:

"Por debajo de la superficie de la ciudad, por debajo del lujo y la creciente pobreza, por debajo de la aparente alegría de las calles con sus puestos de flores, sus banderas multicolores, sus carteles de propaganda y las multitudes, había un horrible e inconfundible sentimiento de odio y rivalidad política. Gente de todos los signos políticos profetizaba; 'Se va a armar una buena'. Era el antagonismo entre quienes querían que la revolución siguiera adelante y quienes deseaban ponerle freno, impedirla".

Nadie lo hará. Las guerras de guerrillas (una expresión de raíz española) están tan acendradas que difícilmente se podrá encauzar el conflicto hasta que no se sepa quién será el partido hegemónico en el centro derecha, si el PP o Ciudadanos. O hasta que ERC y el PDeCAT resuelvan su competencia sobre quién es el partido de cabecera del independentismo. O hasta que el PSOE deje de disfrutar cómo sus adversarios políticos se devoran entre sí y se escoran en un viaje suicida hacia la derecha, lo cual le beneficia electoralmente a corto plazo, como se ha visto este 28-A, pero que hace más difícil una solución.

Así las cosas, no hay nada que negociar, solo gritar. El problema de España, como en la República, sigue siendo Cataluña. Lo dijo el primer Azaña que todavía creía en la política: "Se me dirá que el problema es difícil. ¡Ah!, yo no sé si es difícil o es fácil, eso no lo sé; pero nuestro deber es resolverlo, sea difícil o sea fácil".

Mientras Tanto
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