La izquierda, Podemos y el fracaso de la II República

El fracaso de la II República (en un contexto extremadamente difícil) fue también el fracaso de la izquierda. Podemos ha vuelto a caer en el mismo error: no entender el país que habita

Foto: El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Es probable que a Podemos le haya sucedido lo que recordaba Michael Ignatieff en 'Fuego y cenizas' tras fracasar de forma estrepitosa en su aventura política: “Un hombre que no puede montar en dos malditos caballos a la vez no tiene derecho a un trabajo en este maldito circo”. El hombre era el propio Ignatieff, y el circo, la política, que había liquidado de un plumazo sus aspiraciones. Los dos caballos representan lo esencial para ganar unas elecciones: “dar carnaza” a los convencidos y, al mismo tiempo, buscar votos entre los indecisos.

Pablo Iglesias, como Ignatieff, cultivó lo primero, pero de forma muy deficiente lo segundo, y eso explica el fuerte retroceso de Podemos en las dos últimas citas electorales. No está claro, sin embargo, que se trate —en contra de la opinión mayoritaria— de un batacazo electoral, aunque a primera vista lo parezca.

Si la política no es otra cosa que la gestión de expectativas, es evidente que Iglesias ha sido una calamidad, pero, paradójicamente, todo indica que los resultados que ahora se ven tan catastróficos —42 diputados— se mirarán con envidia dentro de poco tiempo. Eso sí, siempre que Podemos no tenga la lucidez suficiente para entender que su espacio natural son entre dos y tres millones de votos, que serán más en los momentos de crisis económica o repunte de la corrupción política, y menos cuando el país entre en una calma chicha, como sucede ahora. Los años bobos, que se decía en tiempos de la Restauración.

Si la política es la gestión de expectativas, Iglesias ha sido una calamidad, pero es posible que sus resultados se miren con envidia en el futuro

Es decir, sus dirigentes deben aprender a distinguir, como recomiendan los viejos profesores de economía a sus jóvenes alumnos, entre lo coyuntural y lo estructural. Y lo coyuntural (que por esencia es pasajero) fue el haber podido capitalizar en escaños el aire fresco del 15-M, mientras que lo estructural son las condiciones objetivas de un país, que decían los clásicos, con casi 30.000 dólares de renta per cápita y con una amplia clase media muy hipotecada y envejecida, lo que necesariamente favorece el voto conservador en el sentido clásico del término, no estrictamente ideológico, y que nada tiene que ver con señores de puro y sombrero de copa.

Miedo al cambio

O lo que es lo mismo, lo que alimenta el voto (y eso lo saben como nadie los populismos de derechas) es el miedo al cambio, y en el futuro ese temor será cada vez más relevante si se tiene en cuenta que casi la tercera parte de los electores cuenta con más de 60 años, lo que significa que sus intereses son muy concretos y muy distintos a los que propone Podemos, más allá de revalorizar las pensiones de acuerdo al coste de la vida.

Millones de españoles tienen una o dos casas en propiedad (pagadas con el sudor de su frente), ahorros y un trabajo fijo (el 60% de los asalariados)

El error estratégico de Podemos es, pues, y en contra de lo que sostiene Espinar, pensar que en España solo votan los jóvenes entre 20 y 35 años que viven en grandes núcleos de población y que están asfixiados por los bajos salarios y el subempleo.

Por el contrario, millones de españoles tienen una o dos casas en propiedad (pagadas con el sudor de su frente), ahorros (los hogares lo hacen, aunque parezca mentira) y un trabajo fijo (el 60% de los asalariados). Y estos —aunque no lo crea Iglesias— también votan. Es decir, si se quiere ampliar la base electoral, también habrá que hacer un discurso para quienes no estuvieron en el 15-M y, por el contrario, sufren los rigores de un sistema económico difícil al calor de cuestiones como la globalización, las nuevas tecnologías o la propia revolución de la mujer.

Es por ello, precisamente, por lo que los dos partidos más convencionales, y a la vez más conservadores, como son el PSOE y el PP, son quienes se llevan el gato al agua.

Partido de masas

Unas veces el PSOE y otras veces el PP, según vayan sufriendo el desgaste por la acción de gobierno; pero pensar, como sucedió tras las elecciones de 2015 y 2016, que en España había cinco millones de personas dispuestas a asumir un programa radical —aunque no lo sea tanto en la práctica, porque el sistema económico es suficientemente fuerte para aguantar las tensiones, que se lo digan a Tsipras— es, simplemente, no entender la verdadera naturaleza del país. Es legítimo mantener el discurso, pero eso es incompatible con ser un partido de masas.

Por cierto, como le sucedió a la izquierda durante la II República con planteamientos que se alejaron de las incipientes clases medias de la época —como la quema de iglesias o el debilitamiento del Gobierno de Madrid por parte de los nacionalismos emergentes, además del auge de los fascismos en Europa y la crisis derivada del 'crack' del 29—, y que a la postre fueron la munición que utilizaron las derechas contra el orden constitucional.

Si se quiere hacer la revolución y dejarse de monsergas de activista de barra de bar, lo primero que debería intentar Podemos es entender el país

En palabras de Santos Juliá (se puedan cambiar los nombres a gusto del lector), “por la soberbia de Azaña, las marrullerías de Prieto, la intoxicación de Largo, la debilidad de Casares; el extremismo utópico de los anarquistas, las divisiones de los socialistas, las maniobras comunistas o la indecisión de los republicanos”. Entre todos la mataron y ella sola se murió, que diría el castizo. Ahí están las razones del fracaso.

Es por eso por lo que, si se quiere hacer la revolución y dejarse de monsergas de activista de barra de bar, lo primero que deberían intentar es entender el país en el que se vive y sobre el que se quiere actuar, que no está ni en Lavapiés ni en Malasaña, sino en la complejidad del territorio.

España es como es

Por mucha política de alianzas que se quiera buscar (como propone Errejón), no hay más cera de la que arde. Y cuando se cometen errores de bulto, como abandonar el barco a pocos meses de las elecciones después de haber sido elegido candidato en primarias, o cuando se desprecian las donaciones de Amancio Ortega, se paga en las urnas. El país es como es. Y si se quiere señalar el camino, lo primero que hay que ser es ejemplar viviendo humildemente, y no convertir los órganos de dirección de Podemos en la nomenclatura del viejo PCUS. Incluso los komsomoles tenían más autonomía.

Es verdad, sin embargo, que eso exige una revisión de la política de alianzas, incluso con Ciudadanos (o el PP, si fuera necesario) en torno a unos objetivos concretos, como han hecho Los Verdes alemanes, que gobiernan junto a la CDU en algunos 'Länder' sin que se les caiga ningún anillo. Al contrario, ya han superado a los socialdemócratas en muchos territorios pese a perder su virginidad, sin que Petra Kelly se haya levantado de su tumba.

Si Podemos quiere crecer, no debe hacer ascos a influir de manera decisiva en la gobernabilidad de un municipio o de una comunidad autónoma. Impulsar la política de bloques (el célebre 'No pasarán' revisitado) no es más que una cantinela que ya no cuela. La España actual, afortunadamente, ya nada tiene que ver con la de los años treinta.

Y si Podemos e IU hubieran entendido que España es un territorio donde cohabitan diferentes administraciones, cada una con su identidad y sus características propias, es probable que sus candidatos hubieran tenido mejores resultados, porque hubieran mejorado su política de alianzas.

En los Estados federales (y España en muchos aspectos lo es), cada territorio es muy celoso de su autonomía, lo que significa que los pactos en la Administración central no hay que trasladarlos necesariamente al resto de entes territoriales. Es decir, una especie de federalismo político y no solo económico, como habitualmente se cree. Ese es el verdadero federalismo. Lo contrario conduce a la melancolía.

Mientras Tanto
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