La camisa de cuadros de Iglesias lo decía todo 

Sesión de investidura de amago. Hasta el jueves nada de nada. Todo pura retórica. Propuestas vagas porque no están avaladas ni por cifras ni por plazos de cumplimiento

Foto: El secretario general de Podemos Pablo Iglesias, en el hemiciclo del Congreso en la primera jornada del debate de investidura. (EFE)
El secretario general de Podemos Pablo Iglesias, en el hemiciclo del Congreso en la primera jornada del debate de investidura. (EFE)

Si los gestos, en política, lo dicen casi todo, era evidente que este lunes, el primer día de la sesión de investidura, no habría acuerdo entre Sánchez e Iglesias. Pablo Iglesias, el líder de Unidas Podemos, ha colgado de momento la corbata que ha lucido en los últimos días de manera un tanto informal, algo aflojada respecto del cuello de la camisa. Sin duda, como una manera de dar la imagen de hombre de Estado o, al menos, de tener el Estado en la cabeza. En esta ocasión, y pese a la solemnidad que se supone a un debate de investidura, Iglesias lucía una setentera camisa de cuadros, sin corbata y sin asomo de chaqueta.

Este cambio puede parecer cosmético, e, incluso, intrascendente, pero conviene recordar que en los años 80 y 90, durante la edad de oro del sindicalismo, la forma de vestir de los líderes sindicalistas anticipaba el resultado de la negociación. Si lo previsto era alcanzar un acuerdo en esa misma reunión, los sindicalistas lucían americana, y, a veces corbata, pero si su indumentaria era más propia de una asamblea de fábrica, es que el acuerdo tendría que esperar.

La camisa de cuadros de Iglesias, por lo tanto, lo decía todo. Hasta el jueves, ‘rien de rien’. Es decir nada de nada, lo que explica que Sánchez, en su intervención inicial se dedicara más a reivindicar las fortalezas de España, que las tiene, que un programa detallado sobre qué hacer. Tan vago ha sido su discurso, sin plazos y sin cuantificar los compromisos, que no es exagerado pensar que el 90% del discurso lo hubieran suscrito todos los partidos, incluidos el PP y Ciudadanos.


¿Quién se puede negar a que España pueda ser el mejor país del mundo para la vida de un niño? ¿O quién podría pegas a que España lidere el cambio tecnológico, no en Europa, sino en todo en el planeta? Que tiemble China. ¿O quién se puede negar a mejorar los salarios y las condiciones de trabajo de muchos trabajadores afectados por la precariedad haciendo circular un nuevo Estatuto de los Trabajadores? El problema es cómo hacerlo, y Sánchez poco ha dicho de esto. Apenas una relectura del programa electoral del partido socialista y poco más.

Como alguien dijo de forma irónica: "Sánchez ha venido a leer el listín telefónico". Ni siquiera la cuestión catalana, que viene contaminando toda la vida política nacional desde hace más de una década, mereció ninguna atención [ver el discurso]. Evidentemente, para no dejar ninguna puerta cerrada. Todos los votos (o las abstenciones) valen.


La causa de tanta generalidad tiene que ver con un hecho insólito pese a que, según Sánchez, España es una de las 20 democracias plenas que hay en el mundo. Al debate de investidura, como se sabe, y así sucede en democracias con una larga tradición en gobiernos de coalición, se suele llegar con los deberes hechos. Es decir, con un pacto con las minorías en caso de que el partido con más diputados no alcance la mayoría absoluta, como ocurre ahora. Y este lunes, sin embargo, Sánchez llegó con las manos vacías. Nada por aquí, nada por allá, lo que se ha traducido en un discurso preñado, sin duda, de buenas intenciones, pero puro humo si Sánchez no consigue los apoyos suficientes.

Un derecho universal

Al fin y al cabo, pasar de las musas al teatro exige dinero, mucho dinero, y plantear, por ejemplo, el derecho universal a la educación durante toda la vida, no deja de ser una ilusión si no se dice cómo lo piensa financiar el país con mayor déficit público de la eurozona. O de dónde va a salir el dinero para que España destine el 2% del PIB a I+D+i. Desde luego, no parece suficiente subir los impuestos a las corporaciones tecnológicas.

Sorprende, en este sentido, cómo los políticos cambian su visión de España en función de si están en el Gobierno o en la oposición. Desde la Moncloa se ve España como a un gran país que es la envidia del planeta, pero desde la oposición es casi una ruina. Y este lunes, según Sánchez, estamos ante el mejor país del mundo.

Todo es tan disparatado que mientras Sánchez negocia con Podemos un Gobierno de coalición, al mismo tiempo, y ya en la sesión de tarde, le reclamaba a Casado una abstención ‘patriótica’, lo que significa, ni más ni menos, poner una vela a dios y otra al diablo, aunque no está muy claro quién es, para Sánchez, el diablo y quién es el altísimo, toda vez que el presidente en funciones se ha tomado el debate de investidura como un trágala.

Hay que votar a Sánchez sí o sí, todo lo demás es irrelevante, lo que explica que ni siquiera tuviera la delicadeza de pedir de forma expresa el apoyo a la bancada de Unidas Podemos, que recibía ojiplática las palabras del presidente en funciones. Es como si al final de un juicio oral el fiscal no hiciera pública sus conclusiones en aras de quedar bien con todo el mundo, con el acusado y con los acusadores.

Tanta insistencia en pedir el voto a unos y otros es lo que explica la ausencia de propuestas concretas, e, incluso, de ideología, lo que en realidad vacía de contenido el debate de investidura, al que se llega, como se ha dicho, con un pacto cerrado y con un documento aceptado por los socios, como se hace en Europa. Sobre todo, cuando han pasado tres meses desde las elecciones.

Sánchez, sin embargo, le da a todo. Quiere ser el más ‘social’ cuando negocia con Podemos y el más moderado cuando le pide a Casado pactos de Estado, lo que sin duda ha convertido este debate de investidura en algo inusual. No se discute la idoneidad de determinadas propuestas, sino que el debate deriva en una conversación perimetral sobre política de alianzas, lo cual es tan escasamente operativo como inane. Hasta el jueves, ‘rien de rien’.

Mientras Tanto
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