¿Confiaría usted su patrimonio a Pepe Borrell?

¿Se puede ser un buen ministro y un pésimo gestor patrimonial? Esto es lo que dejó este lunes bien claro la audición del Parlamento Europeo al futuro alto representante de la UE

Foto: El alto representante para la Política Exterior de la UE designado, el español Josep Borrell, participa en su audiencia confirmatoria ante el Parlamento Europeo. (EFE)
El alto representante para la Política Exterior de la UE designado, el español Josep Borrell, participa en su audiencia confirmatoria ante el Parlamento Europeo. (EFE)

José Borrell dejó de ser Pepe Borrell el día en que una parte de los catalanes decidió hacerse independentista. Desde entonces es Josep, probablemente porque el Estado necesitaba a un jacobino, y Borrell lo es, aunque no le gusten las fronteras, como reconoció con un tono ciertamente solemne. No en vano, sus tres principales servicios a España han pasado por Hacienda, que es la columna dorsal del Estado, Obras Públicas, que vertebra el conjunto del territorio, y Asuntos Exteriores, que desde Richelieu es la representación más evidente del Estado-nación.

Tan alta misión en defensa del Estado (y el futuro alto representante para la Política Exterior de la UE ha sido uno de los mejores ministros en 40 años de democracia) es probable que le haya hecho perder a Borrell un cierto sentido de la realidad, lo que le llevó a vender acciones de Abengoa, donde era miembro del consejo de administración, días antes de que anunciara concurso de acreedores.

Como se sabe, fue condenado por la CNMV por usar información privilegiada en beneficio propio, pero esto para Borrell es 'peccata minuta'. Al fin y al cabo, respondió con un tono algo alterado a la pregunta de una eurodiputada que tan solo operó fraudulentamente con el 7% de su cartera de inversiones (unos 9.030 euros). El resto, el 93%, unos 300.000 euros, lo perdió, lo que, según el todavía ministro de Exteriores, demuestra que obró sin maldad. Entre otras cosas, porque operó por cuenta de su exesposa, ni siquiera para obtener un lucro personal. “Usted cree que si yo hubiera tenido información privilegiada hubiera perdido más de 300.000 euros, sería un estúpido”, dijo ya sensiblemente alterado.

Un mal pensado diría que el argumento es, cuanto menos, peculiar. Es como si un amigo de lo ajeno entra en una joyería y solo se lleva a casa el 7% de las alhajas, dejando el resto en los mostradores de la tienda.

Borrell, que es una de las cabezas mejor amuebladas de este país, quería demostrar con esta confesión que para él el asunto Abengoa era un asunto sin importancia, toda vez que su pensamiento está en cuestiones de mayor enjundia. O más elevadas, como se prefiera. Como el hecho de que tenga invertidos 12.000 euros en acciones de Iberdrola, que ha causado mucho revuelo, y que Borrell está dispuesto a vender “desde mañana mismo”. ¿Por qué no lo ha hecho antes, cuando la eléctrica es una compañía regulada desde el Consejo de Ministros?

Esas pequeñas cosas

Es probable que tenga razón y, al fin y al cabo, en otra ocasión fue estafado por 150.000 euros por una operación financiera realizada a través de internet, lo que da idea de que el mundo de las cosas pequeñas no es precisamente el de Borrell. Es decir, se puede ser un gran ministro y un pésimo gestor de lo mundano.

Solo hay un problema que este lunes no pareció preocupar a ningún eurodiputado, ni siquiera a los españoles, más familiarizados con el asunto y más críticos con el Gobierno, lo que sugiere un pacto de no agresión, al contrario de lo que sucedió hace cinco años con Miguel Arias Cañete.

¿Confiaría usted su patrimonio a Pepe Borrell?

El problema, como se ha dicho, es que no hay razones para comprobar la naturaleza de sus inversiones, entre otras cosas porque la CNMV, siempre celosa de guardar la identidad de los incumplidores de la ley, ha presentado un recurso contencioso contra el Consejo de Transparencia que quería conocer el expediente Borrell. Es decir, si lo gana, nadie sabrá nunca lo que realmente pasó más allá de la imposición de la sanción. Aquí paz y después gloria.

Se trata, sin duda, de una salida razonable teniendo en cuenta la propia naturaleza de los ‘hearings’, las audiencias que sirven para analizar la idoneidad de los candidatos a comisario, que, lógicamente, tienen más que ver con los asuntos europeos.

Asuntos internos

¿El resultado? Ni un ápice de discusión sobre los asuntos internos de España o sobre el pasado político de Borrell, que en su día tuvo que dimitir como candidato del PSOE a la presidencia después de ganar las primarias. El propio ministro en funciones cortó de cuajo cualquier tentación de poner el retrovisor cuando al comienzo de su intervención dejó bien claro: “No voy a decir nada sobre la política de un país, ni siquiera el mío”. Obviamente, en clara referencia a Cataluña, que algunas veces es una cuestión solo española y en otras ocasiones es de alcance europeo.

Con este bagaje, no es de extrañar que ayer Borrell jugara a favor de obra y reivindicara, con razón, una Europa más fuerte resumida en una frase para agradar a los europarlamentarios, siempre ninguneados por los jefes de Estado y de Gobierno: “Voy a utilizar el lenguaje del poder”.

Y el poder, para Borrell, el político más pragmático que se conoce, ya desde los lejanos tiempos de la Diputación Provincial de Madrid, es lo que le mueve (72 años) a aceptar un cargo complejo y muy visible, pero con escasas competencias reales y no retóricas, toda vez que los países siguen siendo muy celosos de su política exterior. Entre otras cosas, por la regla de la unanimidad que Borrell se compromete a intentar flexibilizar para evitar bloqueos

Borrell, de alguna manera, lo reconoció ayer de forma un tanto sinuosa: “No se puede hacer política multilateral sin socios”, y hoy por hoy, el principal de los socios, EEUU, está ausente. También la Rusia de Putin, para quien Borrell quiere mantener las sanciones. “Hay una amenaza en el este de Europa, para eso están ahí los F18 en Estonia y Lituania”, de ahí que “mientras Rusia no cambie en asuntos como Crimea y Ucrania, habrá que mantener las sanciones”. Máxime cuando en el horizonte se encuentra la integración de Bielorrusia por parte de Rusia, que está empezando a preocupar en la diplomacia europea.

Borrell, en todo caso, no se ha presentado ante el Parlamento como un halcón. Pero tampoco como una paloma. Ni con Venezuela, ni con Cuba (“que ni ejecuta ni crucifica”) ni, por supuesto, con China.

Lo suyo es el pragmatismo, hasta el punto de que recordó una confidencia que le hizo en una ocasión Raúl Castro: “Quiero que me traten como a Vietnam, China o Arabia Saudí”, con quien todo el mundo comercia sin que nada les hable de derechos humanos. Puro pragmatismo. Incluso a la hora de invertir.

Mientras Tanto
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