Cómo hacer políticas de derechas para que gobierne la izquierda

Más allá de la retórica y de los lugares comunes, el pragmatismo se ha impuesto. Ni Sánchez es un izquierdista peligroso ni Iglesias es el mismo de 2015. Hoy, quiere poder

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, antes de la firma del preacuerdo. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, antes de la firma del preacuerdo. (EFE)
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Es probable que tanto Sánchez como Iglesias hayan hecho suyo aquel viejo axioma del pragmatismo político que dice que “hay que hacer política de derechas para que gobierne la izquierda”. El mundo está lleno de ejemplos.

Pero también es probable que suceda lo contrario, como algunos auguran. Que ambos líderes hayan decidido tirar por la calle de en medio y se lancen a aquel precipicio por el que se arrojó Mitterrand a principios de los años 80, cuando nacionalizó la banca, una docena de grupos industriales y aprobó un incremento significativo de los impuestos, al mismo tiempo que se aumentaba el gasto social. No parece probable, sin embargo, que vayan a seguir ese camino. Al contrario.

Aquella política económica, como se sabe, fue un rotundo fracaso que el propio Mitterrand no tardó en reconocer. Y la lección, como se sabe, caló en el resto de dirigentes socialistas europeos, incluido Felipe González, que llegaría al poder al cabo de solo unos meses.

González tiró de pragmatismo, cuatro huelgas generales le montaron los sindicatos durante su mandato, y, de hecho, eso es lo que le permitió seguir en la Moncloa hasta que la corrupción y los crímenes de Estado, además del desgaste político, se lo llevaron por delante.

Desde entonces, el partido socialista ha formado parte, junto al Partido Popular, de la centralidad política. Hasta el punto de que hoy no es creíble identificar al PSOE con un partido extremista. Aunque Rivera lo sacara durante algún tiempo del pacto constitucional.

Pablo Iglesias lo fue durante un tiempo, cuando hablaba de ‘asaltar los cielos’ o respaldaba ‘rodear el Congreso’ en aras de construirse una imagen de tipo duro e insobornable. Eran los tiempos del pequeño Robespierre y de mirar al griego Tsipras como un referente político.

Erótica del poder

Pero como siempre ocurre (también el mundo está lleno de ejemplos), una cosa es predicar y otra dar trigo. Y han bastado cinco años instalado en el 'establishment' político (desde que fue elegido europarlamentario) para darse cuenta de que todo aquello era una mezcla de retórica y de adolescencia política. De hecho, en el mundo de Podemos -Izquierda Unida es otra historia- hay un antes y un después desde que pudieron gobernar los principales ayuntamientos de España y ver que eso de mandar mola. La coleta, de hecho, es lo único que sobrevive.

Fue entonces cuando descubrieron lo que muchos han llamado la erótica del poder, que va mucho más allá de un mero cargo administrativo. Y que consiste en hacer caso a la célebre sentencia de Andreotti: "Lo que desgasta no es el poder, sino su ausencia". Y tanto Sánchez como Iglesias sabían que ahora o nunca. O pactaban un Gobierno, por muy precario que sea, o el castillo se vendría abajo. Entre otras cosas, porque el tiempo corría en su contra, como han demostrado los resultados de este 10-N. No habría una tercera oportunidad.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. (Reuters)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. (Reuters)

No hay que olvidar, en todo caso, que tanto el PSOE como Podemos son muy distintos a lo que ha sido tradición en la izquierda: la vieja enemistad entre socialistas y comunistas. Hoy, ambos partidos han enterrado su ideología y tiran de pragmatismo, como lo demuestra que los dirigentes del PSOE más críticos con Sánchez vayan a aceptar el pacto sin rechistar. O el hecho de que quienes gobernaran el Ayuntamiento de Madrid, el núcleo duro de Errejón, hayan sido en los últimos tiempos los más posibilistas. ¿Qué fue aquello de asaltar iglesias? Un pecado de juventud. Hoy, incluso, han cambiado de indumentaria.

Sánchez e Iglesias, en cualquier caso, también sabían que una negociación larga en el tiempo, como la del 28-A, corría el riesgo de ser cortocircuitada por eso que el líder de Podemos llama ‘poderes fácticos’, a los que por razones obvias no les gustará el nuevo Gobierno si, finalmente, sale adelante. De ahí que se busque una investidura rápida con el objetivo de evitar presiones externas capaces de dinamitar el acuerdo.

La liebre Calviño

La liebre ya la lanzó Sánchez el día del debate en televisión, cuando anunció que Calviño sería su vicepresidenta. Lo que parecía un guiño a la derecha (que lo fue) también era una forma de aplacar a sectores alarmados por un futuro pacto PSOE-UP, ya que no es lo mismo si la ministra de Economía en funciones sigue en su cargo tutelando la Comisión Delegada. Al fin y al cabo, y este es el margen de maniobra que le deja Sánchez, Iglesias siempre puede hacer aquello que pactó Willy Brandt en 1969 con los liberales: fingir una crisis de Gobierno cada seis meses para que se visualizaran las dos identidades.

Lo de los ‘poderes fácticos’ suena muy bien en el discurso retórico de Iglesias, que también está obligado a alimentar de ideología fácil a las bases, pero en realidad la capacidad de cambiar la historia del Ibex es cada vez más reducida (también la Caixa iba a acabar con el ‘procés’ cuando quisiera).

El empresariado, incluida la cúpula de CEOE, sabe que quien controla el BOE controla el poder, y no parece razonable pensar que el capital, más allá de algún exabrupto, vaya a poner la proa a un Gobierno salido de las urnas. Máxime, cuando la alternativa (un Gobierno del PP y Cs) ni está ni se la espera.

Claro está, salvo que el nuevo Gobierno, si sale adelante, se haga un Mitterrand y empiece a nacionalizar industrias o subir impuestos de forma descabellada, lo que tampoco parece creíble en un contexto en el que los grandes ejes de la política económica, ahí están el pacto fiscal o las normas sobre competencia, los marca la Unión Europea. Y el hecho de que Calviño se sitúe al frente del equipo económico no es más que una señal de moderación salpimentada con un toque de izquierdismo.

No hay que olvidar, y esto es muy relevante, que el giro estratégico de Iglesias tiene mucho que ver con su acercamiento a Julio Anguita, pragmático donde los haya, como lo demostró durante sus años de alcalde de Córdoba, lo que explica que el líder de Unidas Podemos se haya abrazado en los últimos tiempos a la Constitución (a la que detestaba no hace mucho tiempo), como si fuera las tablas de ley.

Es decir, Iglesias ‘jugará’ a explotar las contradicciones del sistema político, que crea expectativas económicas y sociales que luego no está dispuesto a cumplir. Algo que han sabido hacer muy bien los populismos que pululan por el mundo para ganar votos y arrinconar a lo que llaman las ‘élites’.

Pero para ser más eficaces hay que estar en el poder, donde, por cierto, se puede ensanchar la base laboral de muchos cuadros de UP que han visto en carne propia que gestionar -y no rodear el Parlamento- es lo mejor que le puede pasar a un político. Aunque originalmente se venga del activismo. Lo contrario es poesía.

Mientras Tanto
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