El descenso a los infiernos del Ibex

La democracia impone límites. Y algunas empresas del Ibex han jugado con fuego. Hoy, se han quemado por bajar a los infiernos para aprovecharse de las cloacas del Estado

Foto: Foto: EFE.
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La creación de falsos mitos forma parte indeleble de la política. Probablemente, porque es la manera más eficaz de influir en el imaginario colectivo. Al fin y al cabo, las sociedades quieren oír mensajes simples: el bien y el mal, el negro y el blanco, el amigo y el enemigo… Y la creación de leyendas (muchas de ellas falsas) evita cualquier explicación compleja.

El Ibex, en este sentido, es para muchos la representación del mal. No sería más que la quintaesencia del capitalismo patrio. Un grupo selecto de empresas (las de mayor capitalización y liquidez) con verdadera capacidad para doblegar la voluntad del Gobierno de turno a través de numerosos mecanismos coercitivos: control de los medios de comunicación y de los aparatos del Estado, puertas giratorias, fagocitación de las instituciones o presión sobre el mundo académico.

España sabe mucho de ello. El célebre ‘arancel Cambó’ o la vieja ley de ordenación bancaria de 1921, elaborada también en tiempos del político catalán por el Ibex de la época, reflejan con precisión el triunfo del interés particular sobre el general. Algo que explica, como muchos historiadores han puesto de manifiesto, el ‘atraso histórico’ de España. Y que enlaza, más recientemente, con lo que se ha denominado ‘capitalismo de amiguetes’, una forma castiza de llamar al compadreo de toda la vida, que en última instancia es la causa principal de la corrupción.

El Ibex, desde que nació hace casi tres décadas, ha formado parte de esa tradición. Es obvia su capacidad de influencia sobre los gobiernos. Hasta el punto de que muchas leyes y normas no se entienden sin la ‘mano invisible’ ejercida por algunos de sus barandas. Desde luego, una mano muy distinta, y, por supuesto, menos honrosa, que la célebre metáfora que ideó Adam Smith para explicar el funcionamiento del capitalismo.

Como siempre ocurre, el mundo avanza. Y hoy, el Ibex es una sombra de lo que fue. Se reinventó, pero nunca fue más que un grupo de presión

Como siempre ocurre, sin embargo, el mundo avanza, y el Ibex es hoy la sombra de lo que fue. Se reinventó, no obstante, hace algunos años en aquel fantasmagórico Consejo Empresarial de la Competitividad, nacido para influir sobre Zapatero y Rajoy en unos tiempos especialmente duros para la economía española, pero en realidad fue lo más parecido a un simple grupo de presión que no quería perder sus privilegios y, sobre todo, su ascendencia sobre la Moncloa. Aquel consejo nunca tuvo a un Cambó para defender sus intereses.

Ibex y bipartidismo

Lo que acabó con aquel consejo fue, en realidad, la crisis y el hartazgo de la opinión pública. El país cambió harto de la corrupción y de la enorme influencia de las élites económicas sobre la política, y ahí está el ocaso del bipartidismo para demostralo. Pero también el Ibex comenzó a transformarse y hoy es la ceniza de su propio pasado. Su influencia se ha ido diluyendo en la medida en que ha ido avanzando la calidad democrática de un país demasiado complaciente con el cabildeo.

De hecho, los últimos escándalos vinculados al anterior presidente del BBVA o las revelaciones de este periódico en relación con Iberdrola solo reflejan las miserias de directivos de grandes compañías al ponerse en manos de las cloacas del Estado para resolver sus cuitas internas. Obviamente, por el desprecio hacia la intimidad de las personas y hacia la propia ley, saqueada por comisarios corruptos acostumbrados a hacer el trabajo sucio de la política. Y ya se sabe, quien se adentra en la oscuridad de los bajos fondos corre el riesgo de salir trasquilado.

Y, de hecho, lo que hoy está conociendo la opinión pública, incluida la sentencia de los ERE, no es más que el reflejo de una época de excesos, la célebre cultura del pelotazo, que hoy, tras la crisis de 2008, continúa vomitando su mezquindad. Y que tiene su origen en un cierto sentimiento de casta basado en la impunidad, que tuvo su momento de gloria cuando Felipe González hablaba de que la democracia, a veces, se defendía desde las cloacas, y cuya estela han seguido algunos presidentes del Ibex. No para salvar su compañía o para crear valor para el accionista sino para perpetuarse en el poder. Lógicamente, aprovechando el mal funcionamiento de los mecanismos de control internos. Gestores que confunden su trabajo, bien remunerado, con la propiedad de la empresa para la que trabajan.

Corrupción y escándalo

La democracia, sin embargo, es un sistema de opinión pública que gira en torno a la transparencia, y cuanto esta desaparece, florecen la corrupción y el escándalo.

Durante años, no obstante, este país miró hacia otro lado. Probablemente, porque la capacidad de influencia del Ibex era enorme y porque las democracias necesitan tiempo para depurarse.

También lo necesitan los mercados de valores, cuya metamorfosis, al calor de la internacionalización y de las mayores exigencias del supervisor, es ya un hecho. De hecho, lo que hoy se publica no es más que el rescoldo amargo de un pasado demasiado reciente que incluye escuchas ilegales, asaltos a bancos con el beneplácito de Moncloa, fusiones tuteladas por el poder o privatizaciones de servicios públicos esenciales para ganar votos en el Congreso.

La buena noticia es que los gestores profesionales han sustituido en la mayoría de los casos a los propietarios, y hoy los inversores no residentes, a quienes importa, y mucho, conceptos como la reputación, controlan casi el 50% de la capitalización bursátil de las empresas cotizadas españolas, lo que significa 20 puntos más que en 1992, precisamente el año en que nació el selectivo español.

Y lo que no es menos relevante, el peso de la banca, que durante décadas y décadas ha dictado el ordeno y mando sobre el sistema productivo, se ha reducido a niveles históricos: apenas controla ya el 3% de las empresas cotizadas.

Obviamente, porque su modelo de negocio ha cambiado y las autoridades monetarias han obligado a hacer grandes desinversiones, pero también porque la información, que es la principal materia prima de los bancos, como decía José Ángel Sánchez Asiaín, está hoy vigilada por el supervisor, lo que limita la manipulación de los mercados. Y si la información es poder, solo cabe en el marco de la legalidad.

Mientras Tanto
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