Gloria (y también dolor) del dios de la política monetaria

Para muchos, Volcker ha sido el mejor banquero central. En su haber está la lucha contra la inflación, pero en su debe está la destrucción de buena parte del tejido productivo de EEUU

Foto: El expresidente de la Fef Paul Volcker. (Reuters)
El expresidente de la Fef Paul Volcker. (Reuters)
Adelantado en

Es probable que para analizar la figura de Paul Volcker, que acaba de fallecer, haya que aplicar aquella confesión que hizo Chou En-lai, el legendario dirigente del Partido Comunista Chino, a un grupo de periodistas occidentales durante una visita a Pekín.

Corrían los primeros años setenta, en pleno deshielo de las relaciones entre EEUU y China, y un periodista europeo, ansioso por conocer la opinión de dirigentes impenetrables a los ojos de un occidental, le preguntó al primer ministro y mano derecha de Mao desde los tiempos de la Larga Marcha: "¿Qué piensa el comité central de la Revolución francesa de 1789?". Se cuenta que Chou En-lai lo miró fijamente y respondió con cierta condescendencia: “Se trata de un hecho demasiado reciente. Todavía no tenemos un perspectiva histórica suficiente para pronunciarnos sobre la Revolución francesa”.

A la política monetaria le sucede algo parecido. Sus efectos inmediatos sobre la economía real son observables a los dos o tres trimestres desde que el banco central de turno adopta una determinada decisión, pero sus consecuencias sobre el tejido productivo y social son subterráneas, y, por lo tanto, más difíciles de analizar.

Este es el caso de Volcker, que triunfó, a la vista está, en su batalla contra la inflación mediante una cirugía de hierro (la tasa de interés preferencial llegó al 21,5% en diciembre de 1980), pero sus consecuencias a largo plazo fueron tan duras —sin contar el efecto devastador que tuvo para las economías en desarrollo altamente endeudadas en dólares— que acabaron por llevarse por delante buena parte de la economía productiva de EEUU, que comenzó a ser una economía financiera en la que la figura de los banqueros centrales llegó a ser popular por primera vez. Y que con Greenspan o, incluso, con Draghi, ha llegado a ser extraordinaria. Parte de la política monetaria, de hecho, consistía en convertir los mercados en parte de la solución. O lo que es lo mismo, sentarlos a la misma mesa de los bancos centrales en aras de la desregulación, y en eso estamos.

El expresidente de la Fed Paul Volcker, en un discurso en 2012. (EFE)
El expresidente de la Fed Paul Volcker, en un discurso en 2012. (EFE)

Volcker, al contrario que William McChesney, que estuvo casi dos décadas en el cargo —aunque muy pocos se atreverían a decir quién fue el presidente de la Fed entre 1951 y 1970—, fue el primer presidente de la Reserva Federal convertido es una ‘superestrella’ mediática. Y, de hecho, cuando acudía a las reuniones anuales del FMI en Washington, se podía ver desde lejos su gigantesca e intimidante figura (más de dos metros de humanidad) rodeada de colaboradores, políticos, economistas, periodistas y de todo aquel que quisiera estar cerca de un dios monetario.

La decadencia de Detroit

No está claro, sin embargo, que fuera tan popular en Detroit, Pittsburgh o Chicago, las ciudades industriales de EEUU que iniciaron su decadencia con aquella política monetaria tan agresiva, basada no solo en elevar los tipos de interés lo que fuera necesario para doblegar la inflación o restringir el crédito mediante el expeditivo método de aumentar las reservas obligatorias de los bancos, sino, sobre todo, en controlar los agregados monetarios.

Es decir, vigilar la oferta de dinero para purgar los tumores que causaban la subida de la inflación, que, como alguien dijo, es preocupante cuando pagas 20 dólares por el corte de pelo de 10 dólares que solían hacerte por cinco dólares cuando aún tenías pelo. Y por entonces la inflación llegó a escalar hasta el 15%, lo que solo se solucionó con un duro ajuste que llevó la economía a la recesión, a una tasa de paro del 10,8% (superior a la de la última crisis) y a situarse, finalmente, muy cerca de la deflación.

Volcker, graduado en Princeton y máster en Harvard, fue uno de los asesores de Nixon, en su calidad de subsecretario del Tesoro, que estuvo en Camp David cuando se decidió, en agosto de 1971, que EEUU abandonara el patrón oro, lo que supuso el fin del sistema de Bretton Woods, decisión que está detrás de una célebre frase de John Connally: “El dólar es nuestra divisa, pero es vuestro problema”. Una especie de socialización de las dificultades de Washington para mantener el tipo de cambio del dólar, aunque fuera llevándose por delante (sin alternativa) el sistema de Bretton Woods. Años después, el propio Volcker cuestionaría esa decisión porque no se introdujo un nuevo sistema consensuado entre países aliados.

Insostenible postura

Es probable, sin embargo, que esa estrategia estuviese justificada, sin duda, porque la Reserva Federal estaba obligada a actuar para compensar, entre otras cosas, los efectos del doble choque petrolífero de los años setenta y la emisión acelerada de dólares tras el abandono de EEUU del patrón oro; pero también para poner algo de cordura en aquella política fiscal tan expansiva del primer mandato Reagan, que puso el país al borde del abismo, y que su director de la Oficina de Presupuestos, David Stockman, calificó de la siguiente manera: “Nuestro presupuesto se halla hoy drásticamente desequilibrado, pero no porque tal condición sea endémica. Es más bien la consecuencia de un error de gobierno que se produjo en 1981. Que el mismo persista, se debe a la insostenible postura contraria a los impuestos de la Casa Blanca. Tras cinco años de intransigencia presidencial, todos los mecanismos normales de la gobernación económica se han atascado en una telaraña de frivolidad”.

El expresidente de la Reserva Federal, en un charla en Nueva York. (Reuters)
El expresidente de la Reserva Federal, en un charla en Nueva York. (Reuters)

Afortunadamente, dijo Stockman en su libro de memorias, Volcker estaba allí para hacer lo que consideraba necesario, y, de hecho, el propio Reagan, con un olfato político que para sí hubieran querido tener sus colaboradores más cercanos, fue quien más lo apoyó frente a la monserga de sus asesores. Aunque solo a medias.

Pese a la política monetaria restrictiva, EEUU, en aquellos años ochenta, volvió a ser un país deudor, algo que no había sucedido desde la I Guerra Mundial, y con unos altibajos del dólar que obligaron a firmar los acuerdos del Plaza (1985) y del Louvre (1987) ante la constatación de que la apreciación del billete verde (fruto de la dura política monetaria) se había llevado por delante las economías de medio mundo endeudadas en dólares. La tristemente célebre década perdida de América Latina.

Presiones

Paradójico, y hasta sintomático, que el mejor aliado de Reagan en el despacho oval (durante el primer mandato) fuera, precisamente, un presidente de la Fed nombrado por Carter, cuya derrota (al margen de otros factores, como la crisis de los rehenes) tuvo mucho que ver con la subida de los tipos de interés en plena campaña electoral.

Eso demuestra que la independencia de los bancos centrales no es un asunto menor. Claro está, salvo que el presidente de la Fed o del BCE se deje presionar por el poder político. Como hoy, por cierto, pretende hacer Trump sobre Jay Powell.

La célebre ‘regla Volcker’, por ejemplo, que prohíbe a la banca de negocios invertir el dinero de sus clientes en operaciones altamente especulativas, fue aprobada en tiempos de Obama en alianza con el economista de cabecera de Reagan. Puede parecer una contradicción, pero no lo es en alguien que fumaba cigarros baratos, vivía en un edificio de apartamentos poblado de estudiantes mientras fue presidente de la Reserva Federal y almacenaba su ropa en la casa de su hija en los suburbios de Virginia.

Mientras Tanto
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios