"Vengo enviado por la soberanía nacional…"

Ni Frente Popular ni falsos extremismos. El nuevo Ejecutivo supone un paso definitivo en la integración de Unidas Podemos en el sistema político. Como en Alemania o Austria

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Cuenta el historiador Julio Aróstegui* que el 15 de abril de 1931, un día después de proclamarse la II República, a las once de la mañana, Largo Caballero tomó posesión como ministro de Trabajo y Previsión Social. Ante la puerta del edificio había una concentración de trabajadores integrada por la Sociedad de Cerilleras de Carabanchel y numerosos grupos vinculados a UGT que, con sus banderas rojas al viento, no pararon de dar vítores entusiastas. Como recuerda Aróstegui, la recepción de los funcionarios fue mucho más tibia, y tal vez por eso el veterano líder socialista (61 años) comenzó su breve discurso diciendo: "Vengo enviado por la soberanía nacional…".

No estará de más recordarlo en unos tiempos en los que se deslegitiman de forma irresponsable las instituciones, y el Consejo de Ministros es una de las esenciales en cualquier Estado democrático.

La acogida de los funcionarios fue más tibia, y por eso Largo Caballero inició su discurso diciendo: "Vengo enviado por la soberanía nacional…"

Largo Caballero, como se sabe, venía de una densa carrera sindical y política, y era la primera vez que "un hombre nacido y crecido en la clase obrera", como recuerda el historiador, sin más formación que la que pudo darse a sí mismo (fue autodidacta), llegaba al Gobierno de la nación.

Tampoco conviene olvidarlo porque manifestaciones como las de la señora Arrimadas, afeando en público el CV de Adriana Lastra, reflejan cómo la estulticia se ha apoderado de algunos políticos a los que tan vez habría que recordar que el actual primer ministro de Suecia, Stefan Löfven, fue soldador antes de ser elegido secretario general del sindicato de metalúrgicos, iniciando así una digna carrera política que le ha llevado a presidir una de las mejores democracias del mundo.

Héroe o villano

Más allá de la controvertida figura de Largo Caballero, para unos un héroe y para otros un villano, lo relevante es que aquel Consejo de Ministros de 1931 (once carteras) inauguró un nuevo tiempo. Por primera vez, los partidos obreros se sentaban en el centro del poder político, lo que necesariamente debía tener una enorme transcendencia histórica. España, en aquel momento, abrió uno de los candados que le habían situado fuera de la modernidad.

"La eclosión de las clases medias ha hecho que ningún partido pueda hoy reivindicarse como el único representante de los trabajadores"

Carece de sentido, sin embargo, hacer un paralelismo con la situación actual. Entre otras cosas, porque ni siquiera hoy se puede hablar de partidos obreros en el sentido tradicional y de clase del término. Sobre todo, si se tiene en cuenta, además, que la izquierda (acusada de forma recurrente de radical y extremista cada vez que llega al poder) ha gobernado desde 1979 en multitud de administraciones sin que el sistema político haya saltado por los aires. Ni siquiera los independentistas, con su pulso al Estado, han sido capaces de desarmar la Constitución de 1978.

La realidad es que la eclosión de las clases medias en las últimas décadas ha hecho que los partidos políticos sean cada vez más transversales (se los ha llamado partidos 'atrapalotodo') y ninguno pueda hoy reivindicarse como el único representante genuino de los trabajadores, lo que no es de ninguna manera incompatible con que unos partidos defiendan más a determinados colectivos que a otros. En definitiva, en línea con lo que se ha denominado históricamente intereses de clase.

Asignadores de rentas

Probablemente, porque en las sociedades postindustriales (volcadas al sector servicios) avanza de forma inexorable lo que muchos han llamado proceso de 'desocialización', que no es otra cosa que la pérdida de vínculos sociales en favor del individualismo radical, lo que ha provocado una fragmentación ideológica que ya no tiene solo que ver con los bienes materiales. Los intereses individuales priman sobre los colectivos, que se ven como algo ajeno, lo que hace que los partidos tiendan a comportarse como asignadores principales de rentas públicas en función de sus características electorales.

Lo relevante no es el reparto de carteras, sino que el sistema integra (como en 1931) a una formación que ya no tendrá nada que ver con su fundación

Esta realidad, de hecho, es lo que esconde el gabinete diseñado por el presidente Sánchez, que, en el caso de Unidas Podemos, responde más a un interés clientelar, sin duda legítimo, que a una visión global y compacta del Estado. Y el hecho de que el partido de Iglesias se haya reservado las áreas que mejor conectan con su electorado no es más que una profundización de esa visión fragmentada del poder y de las políticas públicas que a veces, aunque no siempre, choca con los intereses generales en favor de determinados grupos de interés. El célebre ¡qué hay de lo mío!

Es por eso por lo que lo relevante no es tanto el reparto de carteras, ni siquiera la correlación de fuerzas dentro de la Comisión Delegada para Asuntos Económicos o del propio Consejo de Ministros, sino el hecho de que el sistema político integra (como sucedió en 1931) a una formación, Unidas Podemos, que, desde este lunes, cuando tomen posesión los ministros, ya no tendrá nada que ver con su fundación, aunque la retórica les haga decir a sus dirigentes que siguen representando al 15-M y que lo que ha cambiado no son ellos, sino las condiciones objetivas, que decían los clásicos.

No es, sin embargo, aunque para algunos lo pueda ser, una mala noticia. De hecho, esto es, en realidad, lo relevante en el proceso de formación del nuevo Gobierno más allá de si a Iglesias se le ha diluido su poder con otras tres vicepresidencias o si a Alberto Garzón se le ha entregado una cartera vacía de contenido habida cuenta que las competencias de comercio están transferidas a las comunidades autónomas. O si Yolanda Díaz es capaz de convencer a Calviño de la necesidad de dar la vuelta a puntos centrales de la reforma laboral del PP.

Amalgama ideológica

Es por eso por lo que merece la pena recordar que justo estos días Los Verdes alemanes, que nacieron como una amalgama ideológica muy diversa, cumplen 40 años de existencia.

Aquella Alianza 90, que no era más que una sopa de letras compuesta de pacifistas que protestaban por la proliferación de armas nucleares en plena guerra fría, ecologistas hartos de tanta contaminación industrial, feministas abochornadas de una sociedad machista y activistas de toda índole y condición, ha madurado con los años, y hoy, junto a la CDU/CSU y el SPD son el pilar del sistema político alemán, pactando con unos y con otros —como se acaba de hacer en Austria— en función de un programa perfectamente identificado por los electores. En Austria, incluso, a nivel federal, con el partido conservador. Una verdadera transformación que el sistema político alemán ha sabido integrar con evidentes resultados positivos.

El tiempo dirá si Unidas Podemos se transforma en esa dirección o si, por el contrario, en el futuro (cuando vengan las primeras curvas) puede más al alma activista que buena parte de su dirección lleva dentro, y que los ha llevado a aparecer ante una parte de la opinión pública poco sospechosa de ser reaccionaria como un partido inmaduro incapaz de tomar decisiones difíciles a corto plazo, pero necesarias si lo que se quiere es cambiar las cosas. Y a los que tal vez habría que recordar aquellos versos de Gil de Biedma: "Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde".

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*Julio Aróstegui. 'Largo Caballero, el tesón y la quimera'. Editorial Debate, 2013.

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