MIENTRAS TANTO

La fiesta ha terminado: el virus que mató la estupidez

La fiesta ha terminado. Tanta condescendencia con China ha acabado en tragedia. El mundo debe repensar la globalización. No para frenarla, sino para hacerla más inteligente.

Foto: Pasajeros chinos esperando en el aeropuerto de Nueva York. (Reuters)
Pasajeros chinos esperando en el aeropuerto de Nueva York. (Reuters)
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Ya hay pocas dudas de que la Gran Recesión de 2008 reveló las verdades del barquero: el euro estaba desnudo. Sin instituciones que lo gobernara con los instrumentos necesarios para impedir choques asimétricos; sin convergencia real entre economías que compartían una misma moneda e, incluso, sin un sistema de garantías recíprocas, Europa se lanzó a un proyecto de integración monetaria que estuvo a punto de naufragar.

Ya hay pocas dudas, igualmente, de que la globalización tiene agujeros negros en su gobernanza. Y que, como casi le sucedió al euro, puede naufragar dramáticamente. Fundamentalmente, por su enorme capacidad para generar incertidumbres. El coronavirus, de hecho, no es más que la expresión trágica de un fracaso: problemas globales se combaten con soluciones nacionales. China ha hipotecado al mundo.

Como han recordado algunos expertos, cuando Italia solicitó suministros médicos urgentes bajo un mecanismo especial europeo de crisis, ningún país de la UE respondió por miedo a su propia escasez. Alemania, incluso, prohibió la exportación de mascarillas y otros equipos de protección. Luego fue Austria quien cerró unilateralmente sus fronteras a las personas que llegaban de Italia a menos que pudieran probar que estaban libres de virus. Y así una cadena de errores observados desde la incompetencia por Bruselas, que, como ya se manifestó en la crisis migratoria de 2015, ha contribuido, a su modo, a llevar al mundo a su mayor crisis sanitaria no provocada por guerras en más de un siglo, y que tiene ahora a Europa en el epicentro.

La globalización, como se sabe, ha hecho crecer de forma intensa el flujo de personas, el intercambio de mercancías y de servicios, los conocimientos técnicos, culturales y científicos, y hasta el tráfico de creencias apocalípticas, pero también los microorganismos, que, a diferencia de otros periodos históricos, han encontrado en las grandes ciudades, donde habita ya más de la mitad de la población, un caldo de cultivo extraordinario.

Enfermedades contagiosas

No es que antes no hubiera pandemias, que las había y eran infinitamente más letales que la actual, sino que su periodo de propagación era mucho más lento. Y, sobre todo, no había medios para atacarlas, al contrario que ahora, que se pueden minimizar sus efectos.

Como ha escrito el doctor José Luis Puerta, una autoridad en la materia, de los aproximadamente 400 patógenos emergentes o reemergentes observados en los últimos 70 años y que afectan a nuestra especie, se sabe que el 60% son zoonóticos. Es decir, transmitidas por animales. El virus del ébola, el mal de las vacas locas, la gripe aviar, la salmonelosis, la tuberculosis, la peste... y así hasta más de un centenar de enfermedades contagiosas tienen un origen zoonótico. Y muchas vienen de China.

Cuando China ingresó en la Organización Mundial de Comercio en 2001 se comprometió a reducir sus aranceles, a no restringir la entrada de proveedores extranjeros, a ser transparente y a eliminar todas las subvenciones no autorizadas. También a que sus empresas públicas operaran con criterios comerciales y de mercado, si cabe en un país que planifica su economía a modo de planes quinquenales.

A cambio, países como EEUU le otorgaron la cláusula de nación más favorecida, lo que le ha permitido, disfrutar de unas condiciones excepciones en el comercio mundial. Y que explican el enorme avance de su economía y de las condiciones de vida de su población.

Han pasado ya casi dos décadas y China, paradójicamente, se ha convertido en el problema del mundo. Cuando ingresó en la OMC, un club que aboga por la liberalización del comercio mundial, muchos pensaban que la democracia (como le sucedió a las España de los años 60 tras el Plan de Estabilización) era irreversible. Antes o después los intercambios comerciales acabarían con el régimen. El aire fresco, como se sabe, es el mejor antídoto contra las dictaduras.

Demasiado tarde

No ha sido así. Ya hay pocas dudas de que la propagación del virus tiene mucho que ver, como ocurrió en 2002 con el SARS, con la irresponsabilidad del Gobierno chino al ocultarlo inicialmente. Solo cuando ya era imposible mantenerlo en secreto, procedió a imponer duras restricciones a su población, pero, al llegar demasiado tarde, han sido incapaces de detener la propagación del virus. Como ha asegurado Robert O’Brien, asesor de seguridad nacional de EEUU, China “encubrió” el brote retrasando dos meses una respuesta global.

China, por lo tanto, es el problema. Como ha escrito el profesor Brahma Chellaney, si cualquier otro país hubiera desencadenado una crisis tan dañina, que llevará a la recesión a la economía mundial durante el primer trimestre, ahora sería un “paria global”. Pero China, con su enorme influencia económica, ha escapado de las críticas. Incluso, ahora quiere aparecer ante el mundo como el que salva a países como Italia enviándole mecanismos de protección, cuando la mejor solidaridad hubiera sido una alerta lanzada a tiempo.

China, sin embargo, tiene la sartén por el mango. Como ha recordado la agencia de noticias estatal, un verdadero aviso a navegantes, el planeta, y en particular EEUU y Europa, dependen de la fábrica del mundo: los bienes intermedios, que sirven para fabricar productos finales que llegan a los consumidores y a las empresas, se fabrican allí. También los servicios vinculados a las tecnologías de la información y las comunicaciones y los bienes de consumo más pequeños. Hasta las mascarillas y los medicamentos proceden de China. El 97% de los antibióticos que se venden en EEUU vienen de la fábrica del mundo.

Sanciones

La globalización, por lo tanto, ha sido económica, pero no se han globalizado ni los derechos humanos, ni la lucha contra el cambio climático, ni la generalización de productos fitosanitarios, ni un sistema eficaz de sanciones para los países que incumplen las normas más elementales de convivencia en el planeta. ¿Cómo se pueden cuestionar las soberanías nacionales cuando el mundo carece de instituciones que lo gobiernen?

Obviamente, la solución no es el regreso a las fronteras nacionales, ni a poner barreras artificiales al comercio. Ni volver a viejas recetas fracasadas. Pero convendría que el mundo repensara la globalización si no quiere caer en las consecuencias imprevisibles de lo que Ulrich Beck llamó la sociedad del riesgo, y que indefectiblemente lleva a crear comunidades más intransigentes, más conservadoras, sobre todo si están envejecidas, y menos abiertas por miedo a lo que viene de fuera. Al extranjero.

Hay razones para preocuparse. La impotencia es tal que el Gobierno italiano ha ordenado al único fabricante de ventiladores del país que cuadruplique su producción, incluso desplegando miembros de las fuerzas armadas para ayudar a cumplir con la nueva cuota. Una muestra inequívoca de hasta qué punto se ha destruido el tejido productivo de la tercera economía del euro.

Beck ya advirtió que las tradicionales coordenadas que marcaban las fronteras de desigualdad y de inseguridad (basadas en las viejas estructuras de clase y que afectaban a colectivos sociales homogéneos) han sido profundamente alteradas por fuertes procesos de individualización y de fragmentación familiar y social, que hoy cabalgan a caballo de los cambios generados por la globalización y la revolución tecnológica.

Y hay razones para pensar que ese escenario seguirá alimentándose si nada se hace. Si nada lo remedia. Nada volverá a ser igual después del Covid-19 si los países se pliegan a una política cortoplacista. Pero, en todo caso, distinguiendo entre las respuestas inteligentes y las que son solo oportunismo ideológico.Al fin y al cabo, el populismo es hijo de la mala globalización.

Mientras Tanto
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