El teletrabajo y las leyes fundamentales de la estupidez humana

La idea de regular el teletrabajo es antigua. Pero ahora se quiere acelerar. Mal momento cuando miles de empleos están en el alero. Una mala regulación puede ser una catástrofe

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El historiador económico Carlos M. Cipolla definió a los estúpidos como aquellos que causan daño a otra persona o a un grupo sin obtener nada a cambio. Su acción, ni siquiera, se hace en beneficio propio. Ellos mismos, de hecho, pueden acabar siendo los perjudicados por su estulticia.

Cipolla, como se sabe, es autor de un librito* lleno de ingenio que arranca con una prodigiosa descripción de la condición humana. "La humanidad", decía, "se encuentra en un estado deplorable. Ahora bien, no se trata de ninguna novedad. Si uno se atreve a mirar hacia atrás, se da cuenta de que siempre ha estado en una situación deplorable". El economista italiano lo achacó a la fuerza de "un grupo más poderoso que la mafia o que el complejo industrial-militar". Incluso, decía, más poderoso que la propia Internacional Comunista [el libro lo escribió en los años 80]. Ese grupo no era otro que el representado por la estupidez humana.

Desgraciadamente, no sabemos lo que hubiera pensado Cipolla —falleció en el año 2000— de la fascinación, en el sentido que alumbra la real academia al término: una atracción irresistible, por las nuevas tecnologías, pero sí sabemos que está a punto de hacer cumbre con el teletrabajo, convertido en la nueva piedra filosofal del desarrollo humano. Hasta el punto de que la ministra Yolanda Díaz, muy por encima de la media del Gobierno, ha puesto en circulación un borrador de proyecto de ley, que sustancia una consulta pública de principios de junio, con el que pretende regular una cuestión central en las relaciones laborales.

No ya del futuro, sino del presente, pero cuya complejidad es de tal calibre que solo desde las tesis de Cipolla se puede entender que se haya metido en este charco. No porque no sea necesario regular el trabajo fuera de las oficinas, que obviamente habrá que hacerlo algún día, sino porque abrir ahora este debate en medio de múltiples incertidumbres económicas y sanitarias, y cuando más de dos millones de trabajadores están en el limbo laboral, es una invitación a despedir para luego contratar a los mismos trabajadores, pero ya con otras condiciones laborales.

Empleador y empleado

No en vano, el mensaje que se ha trasladado pasa por un aumento de los costes para muchas empresas que hoy están en el corredor de la muerte, y que pueden tener la tentación de caer en eso que se ha llamado ‘huida del derecho del trabajo’, que no es otra cosa que convertir lo laboral —que históricamente ha tenido un carácter tuitivo— en una relación puramente mercantil. Es decir, liquidar el principio protector que históricamente ha guiado al derecho laboral, donde las relaciones entre el empleador y el empleado no están en el mismo plano.

Existe un raro consenso en que la crisis derivada de la pandemia lo que ha hecho es acelerar tendencias que se venían observando desde hace décadas, incluido el teletrabajo. Pero el asunto es tan complejo que poco se ha avanzado desde que en 2002 sindicatos y empresarios a nivel europeo firmaron un acuerdo marco sobre teletrabajo.

El teletrabajo supone cambios radicales y disruptivos que afectan, incluso, al diseño urbanístico de las ciudades

Obviamente, porque su generalización supone un nuevo orden laboral que no solo se puede abordar desde el derecho del trabajo, como pretende hacer el Gobierno, sino desde múltiples ángulos, ya que el teletrabajo —algunos estudios estiman que una tercera parte de los ocupados podrían hacerlo— supone cambios radicales y disruptivos que afectan, incluso, al diseño urbanístico de las ciudades, que fueron el mejor invento para salir del pozo de la edad media.

Está algo más que demostrado que el principal agente socializador, además de la familia, es el trabajo. Entre otros motivos, porque la fuerza de creación colectiva todavía pertenece al mundo físico, no al virtual. Tanto el crecimiento de las ciudades como su propia configuración, de hecho, han estado históricamente condicionados por el trabajo físico en lugares concretos, lo que ha llevado, incluso, a establecer eso que a veces se ha llamado 'salario emocional', que tiene que ver con la satisfacción de trabajar en un determinado espacio físico y no al albur del individualismo en el que el trabajador se convierte en un número o en una mera dirección de correo electrónico. ¿O es que la transmisión intergeneracional del conocimiento, que requiere una complicidad personal y hasta física, se puede hacer a distancia?

Ventajas e inconvenientes

Sus ventajas, en todo caso, como han puesto de relieve multitud de estudios, como los que han hecho Eurofound y la OIT, son evidentes: mejora en la conciliación de la vida laboral y familiar, reducción del tiempo dedicado a desplazamientos, y, por lo tanto, mayor eficiencia en el consumo de energía, reducción de los costes de transacción para las empresas, que necesitarán menos metros cuadrados, o la posibilidad de atraer talento de otras geografías sin necesidad de traslados físicos. Además de la oportunidad que se abre a territorios periféricos que, de esta manera, estarían en condiciones de competir con las grandes ciudades siempre que gocen de las infraestructuras necesarias. No hay evidencias claras, todavía, sobre cómo afecta a la productividad.

No hay ninguna duda, en todo caso, de las ventajas del teletrabajo, pero tampoco hay razones para despreciar de forma ingenua, atrapados por la modernidad de las tecnologías, sin que ello suponga una reivindicación de los luditas que quemaban los telares, los riesgos e inconvenientes que conlleva. Y que conviene identificar cuanto antes, como son los costes de transición para múltiples actividades económicas complementarias y muy dependientes del espacio físico. Precisamente, para evitar que suceda lo mismo que con la globalización, que se aceleró sin gobernanza y sin analizar de forma cabal sus implicaciones, lo que a la postre ha generado claros ganadores y claros perdedores, con las consecuencias políticas que ha tenido. El populismo, el individualismo feroz o las soluciones fáciles a problemas complejos no son más que una salida desesperada ante la imprevisión de quienes en los años 90 aceleraron de manera insostenible el progreso económico.

Falsos autónomos

Lo paradójico es que existe un riesgo cierto de que si el teletrabajo, que aprovecha tecnologías propias del siglo XXI, no se diseña de forma correcta, acabe por retroceder las relaciones laborales al siglo XIX. Por ejemplo, eliminando derechos y mecanismos de protección que forman parte del acervo generacional y del pacto social, ya sea a través de los falsos autónomos, que no es otra cosa que una mercantilización de las relaciones laborales, o mediante la transferencia directa del riesgo empresarial a los trabajadores sin contraprestación alguna. Lo que hoy se sabe, como muchos estudios han evidenciado, es que los empleados que teletrabajan tienden a estar ocupados más horas que la media, lo hacen con mayor frecuencias en horarios vespertinos y en fines de semana, y sin la retribución correspondiente. O que el 'derecho a desconectar', ya presente en muchas regulaciones nacionales, incluso en convenios colectivos, es, en realidad, papel mojado.

Es decir, el teletrabajo puede suponer un paso más en la precarización de las relaciones laborales, que es una de las características de este siglo, como el propio BCE ha observado cuando ha hablado de una creciente holgura laboral, que no es más que una metáfora amable para describir la existencia de enormes bolsas de subempleo que no recogen las estadísticas oficiales de paro, y que pueden esconderse tras el trabajo a distancia u otras fórmulas de empleo presuntamente 'disruptivas' de relaciones laborales, pero que, en realidad, son profundamente reaccionarias.

Si el Gobierno, como ha dicho, quiere sacar adelante el Estatuto, lo mejor que puede hacer es esperar a negociarlo con sindicatos y empresarios

Es por eso por lo que haría bien la ministra Díaz en pensárselo dos veces antes de agitar borradores que confunden más que aclaran en medio de la pandemia. Si el Gobierno, como ha dicho, quiere sacar adelante el Estatuto de los Trabajadores del siglo XXI, lo mejor que puede hacer es esperar a negociarlo con sindicatos y empresarios para llevar posteriormente un texto al parlamento. Mientras tanto, que sea en la negociación colectiva donde se resuelvan las condiciones de trabajo. Desde casa o desde la oficina. A veces, lo moderno es añejo.

Carlos M. Cipolla 'Las leyes fundamentales de la estupidez humana'. Crítica Edit. Planeta. 2013.

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