"Queríamos ser como California y hemos acabado siendo Florida"

La derrota de Calviño es lo menos relevante. El problema de España es su incapacidad para definir un patrón de crecimiento propio. Esto hace que las crisis sean especialmente duras

Foto: El exministro Luis de Guindos y la ministra de Economía, Nadia Calviño, en una foto de archivo. (EFE)
El exministro Luis de Guindos y la ministra de Economía, Nadia Calviño, en una foto de archivo. (EFE)
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Es sintomático que haya sido un ministro irlandés quien haya derrotado a Calviño para la presidencia del Eurogrupo. El exministro De Guindos lo sabe bien porque él mismo sucumbió ante el holandés Dijsselbloem en circunstancias muy parecidas.

Tanto Calviño como De Guindos entraron como papas y salieron como cardenales, lo que muestra que Europa, como el Vaticano, es un territorio complejo que no siempre responde a la lógica política. De hecho, en muchas ocasiones, ni siquiera es heredero de la tradicional división norte-sur. Los países pequeños se han dado cuenta de que la presidencia del Eurogrupo es el único espacio relevante en el que pueden hacerse fuertes por el singular sistema de voto. Es decir, la fumata blanca depende de ellos y no de los que digan Merkel, Macron, Conte o Sánchez, y más si la votación es secreta.

Lo reconoció el propio Dijsselbloem en sus memorias, en las que presumió de que la Grecia de Tsipras, castigada con saña por Merkel y su ministro Schäuble, le había votado a él para el Eurogrupo frente a De Guindos (en aquel momento alineado con los halcones para salvar a España y alejarla de Grecia), pese a que, por entonces, Holanda ejecutaba con gusto la estrategia de la canciller.

La noticia positiva es que ahora Merkel, en el ocaso de su extraordinaria carrera política, ha entendido que cuando hay una crisis de caballo el riesgo moral importa poco. Lo urgente es salvar al enfermo. El error lo admitió el propio Juncker cuando llegó pedir perdón a Grecia por una “austeridad irreflexiva”, aunque el daño ya estaba hecho.

Donohoe, en todo caso, tenía una ventaja respecto de Calviño. Irlanda es un país que no encaja perfectamente en ningún bloque. Se acerca al arco mediterráneo cuando hay que reivindicar eurobonos -ahí está la carta firmada en marzo de este año por nueve países pidiendo emisiones conjuntas- y, al mismo tiempo, no duda en ir de la mano de Holanda o Luxemburgo cuando se trata de defender sus ventajas fiscales. Es decir, tiene un perfil propio, algo de lo que carece España, cuya transversalidad, como ha reconocido la propia Calviño, es manifiestamente mejorable.

Válvula de escape

Esta flexibilidad, algunos lo llamarían oportunismo, es lo que explica que haya podido mantener sus privilegios fiscales a lo largo del tiempo. Mientras que a Grecia se le impusieron dolorosas subidas de impuestos, a Irlanda, que no es más grande en población que la Comunidad Valenciana, se le permitió mantener su singularidad fiscal. Obviamente, porque Europa no tiene ningún interés en cerrar territorios de baja tributación por los que circulan los vehículos de inversión y de retornos de beneficios de las grandes empresas, y que vienen a ser una especie de válvula de escape para competir en un mundo fiscalmente depredador que erosiona las bases imponibles a escala global.

Dublín no es solo un territorio de baja tributación. Sus políticos han aprendido de la experiencia traumática tras el duro invierno de la 'troika'

Dublín, sin embargo, no es solo un territorio de baja tributación. Sus políticos han aprendido de la experiencia traumática que el país tuvo que sufrir tras el duro invierno de la 'troika' después de que su economía fuera intervenida. La prensa irlandesa lo ha llamado la experiencia siberiana, que no es otra cosa que acordarse de los tiempos duros para no volver a tropezar en la misma piedra. Algo que España olvida con facilidad, y cuyo comportamiento ciclotímico -pasa de la euforia a la depresión con una facilidad pasmosa- ha sido ya detectado en innumerables ocasiones.

Muchos habían advertido que la economía española era muy vulnerable en la crisis anterior por su elevada exposición al ladrillo, pero poco se hizo para diversificar su sistema productivo cuando está acreditado que para que un país se desarrolle y sea más productivo tiene que disponer de una economía compleja, fuertemente diversificada y, en paralelo, fabricar productos únicos o casi únicos.

Lo más fácil, sin embargo, era seguir ordeñando la vaca. ¿El resultado? Cuando ha llegado la actual crisis, de naturaleza exógena, ha descubierto su enorme dependencia del turismo y de la hostelería, además de otros servicios de bajo valor añadido y mínima productividad. Hasta el punto de que ha incubado un verdadero monocultivo en amplias zonas del país -regado con amplias dosis de precariedad laboral y baja cualificación profesional- que hoy se preguntan sin obtener respuesta dónde están las fábricas, los polígonos industriales, los laboratorios de investigación o los centros educativos de excelencia. Queríamos ser California y hemos acabado siendo la Florida de Europa, como sostenía con pesar un antiguo ministro de Economía.

Un modelo propio

Las vulnerabilidades de la economía española no han caído del cielo. Han sido fruto de malas decisiones. Desde hace décadas, ningún gobierno, aunque en realidad se trata de un asunto de Estado que compromete a todos los partidos, ha diseñado un modelo productivo propio, con sus rasgos perfectamente definidos, lo que deja a la economía a la intemperie cuando llegan las crisis.

La economía española sufre como pocas el invierno económico, lo que sin duda refleja problemas estructurales que vienen de lejos. Probablemente, porque las respuestas que se han dado para salir de la crisis han sido siempre convencionales: ajustes sin ton ni son, pero sin haber sido capaces de identificar dónde están las fortalezas de España, también las geoestratégicas, para construir en torno a ellas un patrón de crecimiento propio que proteja cuando vienen mal dadas. Ni Corea del Sur ni Alemania son potencias industriales por designio divino. Ni los países nórdicos son como son por un capricho de los dioses.

Esos países son como son porque en un momento histórico identificaron cuál sería su lugar en un mundo en el que la especialización juega un papel determinante en el comercio internacional de bienes y servicios.

Este Gobierno, sin embargo, está cayendo en el mismo error. Como si se tratara del viejo plan Marshall, se discute de forma un tanto obscena, como si fuéramos nuevos ricos a los que les ha tocado la lotería, sobre qué sectores serán los beneficiados del maná europeo, pero sin que el Ejecutivo se haya hecho la pregunta más importante: ¿Cuál es el modelo productivo que quiere España para las próximas décadas más allá de los lugares comunes?

Pudor político

Irlanda, guste o no, lo sabe; también Holanda u Alemania. Incluso Portugal. Y, por supuesto, Chequia, Eslovenia o Dinamarca, con su 'flexiseguridad', pero España sigue dando palos de cielo tapando agujeros de sectores inviables.

Es paradójico, en este sentido, la ausencia de una estrategia a medio y largo sobre la política industrial. Hasta el extremo de que la SEPI, un organismo sobre el que debería pilotar la reconstrucción de buena parte del sistema productivo es hoy un organismo más administrativo que político. Depende, inexplicablemente, de Hacienda, en lugar del ministerio de Industria, que sería su lugar natural. Sin contar el magro papel del ICO más allá de ser una mera ventanilla de dinero, pero sin establecer prioridades en la política de financiación sectorial de las empresas. Sorprende que solo se hable de la financiación pública y del ICO cuando hay crisis, pero no cuando las cosas se normalizan.

Es decir, existen instrumentos que apenas se utilizan por una especie de pudor político o, lo que es peor, por falta de ambición, cuando todos los países están aprovechando esta crisis para reformar el papel de su sector público. No para competir con el sector privado, sino para llegar allí donde este no lo hace y construir un patrón de crecimiento propio capaz de generar externalidades positivas a las empresas a través de lo que se ha llamado conocimiento compartido.

A veces, y con razón, y desde ámbitos sin veleidades izquierdistas, se ha acusado a la vicepresidenta Calviño de arrastrar los pies a la hora de los estímulos económicos o de ser timorata en el gasto por miedo a que crezca el endeudamiento. Pero lo más relevante es la incapacidad del Gobierno para marcar una agenda precisa sobre las prioridades en política económica más allá de tapar agujeros y socorrer a empresas y familias en dificultades. O se hace ahora, o la próxima crisis volverá a coger a España con el pie cambiado.

Mientras Tanto
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