Yolanda Díaz tiene un problema, y se llama Pablo Iglesias

El resultado electoral de Galicia deja a la ministra de Trabajo en una situación difícil. Si Iglesias se radicaliza, arruinará su estrategia de diálogo con sindicatos y empresarios

Foto: Yolanda Díaz y Pablo Iglesias, en un acto en Galicia. (EFE)
Yolanda Díaz y Pablo Iglesias, en un acto en Galicia. (EFE)
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A Yolanda Díaz, la ministra de Trabajo, le ha sucedido algo sobre lo que ya advirtió Albert Camus. El escritor argelino confesó en alguna ocasión que mucho de lo que había aprendido en la escuela de la vida se lo debía al fútbol. Hablaba con conocimiento de causa. El propio Camus jugó de portero en uno de los mejores equipos del norte del África colonial, y allí aprendió que el balón nunca llegaba por donde uno esperaba que lo hiciera. “Eso me ayudó mucho en la vida”, reconoció Camus.

Poco podía sospechar Yolanda Díaz que Galicia le iba a suponer una mala pasada. Las malas noticias han llegado por donde menos lo esperaba. Justo desde su tierra y cuando ella misma y su ministerio juegan un papel central en la política española después de haber hecho la travesía del desierto en los tiempos duros del PCE y de Esquerda Unida, la federación gallega de IU.

Yolanda Díaz tiene un problema, y se llama Pablo Iglesias

Díaz lo ha sido todo en Galicia en un partido que ha dejado de tener representación parlamentaria: activista, abogada laboralista, concejala, diputada autonómica e, incluso, cabeza de cartel de Esquerda Unida, quien desde los lejanos tiempos de Santiago Álvarez siempre ha sido irrelevante en la política gallega, salvo en las comarcas industriales de Ferrol o Vigo.

La paradoja es que justo ahora, cuando ha conseguido un perfil propio a nivel nacional, construido sobre la gestión de los ERTE y sobre su capacidad para alcanzar acuerdos sociales, ve con pavor cómo su influencia en el Consejo de Ministros tenderá a diluirse. Entre otras razones, porque si algo ha quedado claro en estas elecciones es que a este paso los diputados de Podemos podrán viajar juntos en una furgoneta pequeña, y es posible que sobre alguna plaza.

Capacidad de influencia

No es irrelevante en términos políticos. Significa que el Ministerio de Trabajo, sobre el que, en principio, pilotan las políticas de entendimiento con sindicatos y empresarios, va a quedar debilitado. No es que formalmente vaya a ser apartado de las negociaciones, sino que su capacidad de influencia será menor. Justo lo que siempre han querido los empresarios de la CEOE y de Cepyme, para quienes su interlocutor principal con el Gobierno siempre ha sido la vicepresidenta Calviño. No es ningún secreto que Garamendi y, en general, el Ibex siempre han querido alejar al mundo de Podemos de la concertación social y de la toma de decisiones en materia económica.

Y lo cierto es que tras los resultados de este 12-J ya hay pocas razones para pensar que Iglesias tendrá la misma influencia sobre el Gobierno que hasta ahora, y ello, sin duda, arrastrará a Díaz, una de las sorpresas positivas de este Ejecutivo. Ni siquiera utilizando el argumento favorito del líder de UP frente a Sánchez cuando hay problemas en la coalición: "Nosotros tenemos 35 diputados y Calviño solo se representa a sí misma".

Díaz, hay que recordarlo, aún tiene por delante negociaciones cruciales. Los ERTE caducan el 30 de septiembre, una fecha que está a la vuelta del verano; pero sobre todo en algún momento tendrá que abordar una vieja asignatura pendiente de este Gobierno, la reforma laboral. Enterrada la ‘vía dura’, es decir, aquella que firmaron Lastra y Simancas con EH Bildu, que consistía en una derogación ‘íntegra’, ahora, desde los círculos más cercanos a Yolanda Díaz, se asume que habrá que hacer una reforma selectiva de la legislación de 2012 del Partido Popular. Es decir, más cirugía y menos martillo.

Reforma de la reforma

Ya se habla desde sus círculos más cercanos de “modernizar” las relaciones laborales, lo que significa que no habrá derogación sino reforma de la reforma, y es ahí donde es fundamental la posición de fuerza que pueda tener la ministra Díaz, que, aunque cuanta con el respaldo de los sindicatos, en particular de CCOO, va a tener más dificultades para sacar adelante ‘su’ reforma. También en su propia casa.

La posición de la ministra respecto de la reforma laboral dependerá, y mucho, de la estrategia que siga Pablo Iglesias tras el batacazo del 12-J. Si el líder de UP opta por endurecer su estrategia para marcar terreno propio frente al PSOE, es probable que salten chispas, no ya con el resto del Gobierno sino con la parte de IU más proclive a llegar a acuerdos en materias sociales. Por ejemplo, con el ministro Garzón, más propenso a reforzar el papel del diálogo social. Por supuesto, orillando planteamientos ideológicos que tienen más que ver con la hojarasca y la retórica hueca que con la política, y que es el terreno en el que mejor se mueve Iglesias.

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, en un acto de su formación en Galicia. (EFE)
La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, en un acto de su formación en Galicia. (EFE)

Yolanda Díaz, como el propio Garzón, viene de una cultura política muy distinta a la del líder de Unidas Podemos, cuya estrategia tiene más que ver con el activismo que con una cultura de la estrategia política, algo que le hace caer una y otra vez en un tacticismo cortoplacista que lo aleja de cualquier programa coherente. Vive del ruido. Esa estrategia la conocen bien los sindicatos, acostumbrados a negociar cada año miles de convenios colectivos con sus patrones sin que se les caigan los anillos. Eso explica, por ejemplo, que la propia Díaz se haya abierto a pactar unos Presupuestos de "emergencia" con Ciudadanos, algo de lo que recela Iglesias.

Y hay pocas dudas de que la reforma laboral es un asunto muy goloso sobre el que se pueden echar toneladas de demagogia para culpar al mundo de una derrota sin paliativos que deja al líder de Podemos solo ante su propia soledad. Será entonces, en el momento de decidir qué hacer, cuando Yolanda Díaz tendrá que decir qué camino emprende: la vía reformista o la de la ruptura. Pero ya con plomo en sus alas políticas por culpa de un balón, como decía Camus, que ha entrado por donde menos lo esperaba.

Mientras Tanto
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