Las tabernas y el holgar: la maldición de Campomanes que se proyecta sobre España

El cambio de época entre el absolutismo y la Edad Moderna le pilló a España con el pie cambiado. El reformador Campomanes fracasó, y con él generaciones de españoles

Foto: Un retrato de Pedro Rodríguez de Campomanes.
Un retrato de Pedro Rodríguez de Campomanes.
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"Los oficios están en Madrid lánguidos y atrasados", sostenía Campomanes en un discurso pronunciado hace ahora casi 250 años. "El número de artesanos es corto, su enseñanza descuidada y los gravámenes que sufren intolerables. No por las contribuciones que pagan, sino por otras derramas indebidas que les empobrecen; además de los abusos introducidos en holgar días enteros y consumir sus jornales en las tabernas".

Cuando Pedro Rodríguez Campomanes leyó sus cuartillas ante la recién creada Sociedad Económica Matritense de Amigos del País (1776), el reformista asturiano ya había publicado sus dos obras capitales, 'Discursos sobre el fomento de la industria popular' y 'Sobre la Educación popular de los artesanos y su fomento', en las que recogía los ideales de la Ilustración para modernizar un país que, como decía el propio Campomanes, solo necesitaba tres cosas en palabras actuales: concienciación, formación profesional y movilización de recursos financieros. Pero también un marco político propicio. En el pueblo, decía una de las mentes más privilegiadas de su tiempo, radica el verdadero fundamento del poder político, y, de hecho, el monarca solo podía ser poderoso, hoy se llamaría Estado, si lo eran también sus vasallos.

Portada de 'Campomanes y su obra económica'.
Portada de 'Campomanes y su obra económica'.

Este reformismo ilustrado, como se sabe, fracasó. Como ha escrito* la profesora Concepción de Castro, Campomanes fue cesado en el Consejo de Castilla por Floridablanca, receloso de la independencia que había acreditado el asturiano "en medio de aquella lucha política" de finales del XVIII. Ya por entonces (1791), sin embargo, el impulso reformador se había venido abajo ahogado por el miedo a la revolución que había triunfado en Francia.

Campomanes fracasó, sin duda, porque la sociedad de su tiempo, empeñada en defender sus privilegios, no entendió el cambio de época, pero, sobre todo, por la incapacidad de lo que hoy llamaríamos 'élites' para comprender que cualquier transformación económica de envergadura exige un clima político adecuado. Y hoy es una obviedad que la globalización y los avances tecnológicos lo están cambiando todo, como sucedió con el paso del Antiguo Régimen a la Modernidad.

Una formidable batalla

Esta es, probablemente, la parte más débil del Plan Presupuestario presentado por el Gobierno a Bruselas. Independientemente de su contenido formal o de sus medidas concretas, lo relevante es que ningún programa económico puede salir adelante en medio de la formidable batalla que vive la política española.

Se equivoca Sánchez si cree que, con una mayoría escuálida en el parlamento, aunque saque adelante los presupuestos del año que viene, puede cambiar las bases del crecimiento, que se han demostrado extremadamente vulnerables a 'shocks' externos. Y yerra Casado si cree que el 'cuanto peor, mejor' le va a beneficiar electoralmente. Al contrario que en la anterior crisis, cuando el PP hizo una oposición frontal en medio de una profunda recesión y eso propició que Rajoy sacara mayoría absoluta, hoy será Vox quien capitalice la destrucción de la economía, lo que dejaría a su propio liderazgo algo más que comprometido.

Lo menos importante, en todo caso, es su futuro político. Transformar una economía como la española, con problemas estructurales que vienen de lejos —no es casualidad que España sea el país más castigado cuando llega una recesión, ya sea por causas endógenas o exógenas— es un asunto de Estado. Incluso de varias generaciones, y de ahí que el Plan Presupuestario y el plan nacional de reformas que lo acompaña estén condenados al fracaso si no van avalados por una sólida mayoría parlamentaria.

Esta es, sin duda, una responsabilidad que le corresponde gestionar al presidente del Gobierno en el actual contexto: crear un clima favorable para el acuerdo. A veces se olvida que el éxito de la Transición no fue tal o cual medida, sino la construcción de un espacio de entendimiento que hoy ni está ni se le espera.

Lo dramático es que esa ausencia de consenso se produce cuando el diagnóstico sobre la situación de la economía española no admite muchas discrepancias, algo que no sucedía hace 40 años, cuando las posiciones de partida de derecha e izquierda —todavía en medio de la guerra fría— eran claramente antagónicas. Hoy, por el contrario, no solo España, sino Europa, vive un tiempo raro en el que hay un gran consenso sobre las medidas a aplicar, algo que no sucedió en la anterior crisis, cuando la intransigencia de Merkel y su ministro Schäuble pusieron al euro al borde del abismo. Alemania es hoy quien tira del carro porque es consciente de que la intensidad de la actual recesión pone en peligro su propia economía. Alemania necesita mercados para proyectar su extraordinaria capacidad exportadora.

Mano de obra barata

En lo que no existe consenso alguno, como ha recordado con evidente acierto el ministro Garzón en un lúcido artículo, es en el papel que cada Estado va a cumplir en la división internacional del trabajo. Si va a ser protagonista o meramente subalterno. O, dicho de otra manera, si España será capaz de disponer de un modelo de crecimiento sólido, basado en la innovación y en el alto valor añadido, para enfrentarse a un mundo al que se han incorporado como mano de obra barata en las últimas décadas más de 1.500 millones de trabajadores procedentes de China e India, y contra los que no hay ninguna posibilidad de competir, salvo que se quieran poner en riesgo no solo el Estado de bienestar, sino la propia democracia.

La panoplia de recetas es amplia, y, en general, existe un elevadísimo consenso sobre qué hacer, como han puesto de manifiesto en los últimos meses lucidos informes realizados por economistas de toda suerte ideológica, pero con profundos conocimiento de lo que "nos pasa", que decía Ortega, en Fedea, Esade, Funcas, el Círculo de Empresarios, CEOE, los sindicatos UGT y CCOO, y todos los servicios de estudios que existen en el país.

Las cadenas globales de valor articulan la producción mundial colocando a cada país en situación de ventaja o de desventaja

Todos y cada uno han puesto de manifiesto no solo las carencias del sistema productivo, sino que han lanzado propuestas con las que en un 80% o 90% todo el mundo estaría de acuerdo. Y, de hecho, eso es lo que está ocurriendo en el planeta. La China comunista ha hecho lo mismo que EEUU o Europa para combatir la crisis: inyectar ingentes cantidades de dinero en su economía y sostener su demanda interna dándole a la máquina de hacer billetes, lo que pone de relieve que hoy, al contrario que en el pasado, las recetas son muy parecidas. De hecho, las restricciones al comercio mundial, uno de los errores de la Gran Depresión, han tenido efectos muy reducidos, salvo en el ámbito de los productos sanitarios, lo que pone de relieve que la globalización también ha supuesto un consenso general que muchos han llamado keynesianismo del siglo XXI. Y que se manifiesta en la montaña de deuda pública sobre la que se sienta el mundo.

Otra cosa es, como se ha dicho, el papel que cada país vaya a jugar en las cadenas globales de valor, que son hoy las que articulan la producción mundial colocando a cada país en situación de ventaja o de desventaja. Y ahí España tiene que decidir su posición.

Los presupuestos generales, en este sentido, son una condición necesaria, pero no suficiente para avanzar en esa dirección si lo que se pretende no es ganar las próximas elecciones, sino dar un giro a un modelo de crecimiento que se ha demostrado muy vulnerable. El futuro de España se juega ahora. Y no es necesario recordar que el fracaso de Campomanes y de los reformadores fue el fracaso de varias generaciones de españoles.

*'Campomanes y su obra económica'. Francisco Comín y Pablo Martín Aceña. Editores. Instituto de Estudios Fiscales.

Mientras Tanto
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