Historia de una traición

Los republicanos se traicionaron a sí mismos cuando eligieron a Trump. Cargarán con la infamia. Es una lección para los partidos que se diluyen en favor de hiperliderazgos

Foto: Donald Trump, en una rueda de prensa desde la Casa Blanca. (EFE)
Donald Trump, en una rueda de prensa desde la Casa Blanca. (EFE)
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Los republicanos, aunque parezca lo contrario, no han perdido. Sucumbieron en 2016, cuando eligieron a Donald Trump como su candidato a cualquier precio. Incluso, a costa de su honestidad como organización política apoyando a un sujeto sospechoso que ha hecho, justamente, lo que se esperaba de él. Ni más ni menos. Al fin y al cabo, como sostenía Thomas Paine, autor del panfleto más influyente de la historia de EEUU, "la verdad es naturalmente benigna, pero la falsedad que se cree verdadera es siempre violenta y por naturaleza carece de moral".

Los republicanos, es cierto, ganaron cuatro años del poder en la Casa Blanca, pero perdieron lo más importante para un partido, su honestidad. Si Trump hubiera derrotado a Biden, lo que ha estado cerca de suceder, la derecha norteamericana, igualmente, también hubiera seguido siendo un fantasma ideológico, una mera maquinaria electoral sin sustancia intelectual. Sin alma, como les recordó Biden durante la campaña. Ahora, en la ruina moral, tendrán que sufrir durante años el estigma de Trump.

Obviamente, salvo que sea capaz de construir un nuevo Trump para continuar convirtiendo la política en un lodazal, pero el todavía presidente, ahora convertido en un 'pato cojo' con enorme capacidad para hacer daño, es un fenómeno irrepetible debido a que su nominación en 2016 pilló a la vieja democracia norteamericana desmovilizada. Sin capacidad de oponerse al vendaval Trump. Ni siquiera el viejo partido demócrata de Roosevelt o Kennedy, aburguesado alrededor de unas élites incapaces de identificar las causas del resurgir del populismo, y que ellos mismos, cuando estuvieron en el poder, ayudaron a florecer creando unas condiciones objetivas que necesariamente, antes o después, iban a romper las costuras de la democracia americana.

Aun así, Trump, para escarnio de los republicanos, tiene ya sus sucesores. Lindsey Graham, el senador de Carolina del Sur, fue reelegido cómodamente, al igual que Mitch McConnell. Como ha recordado el FT, los recién llegados republicanos son más 'trumpianos' que Trump. Uno de sus miembros es Marjorie Taylor Greene, partidaria declarada de QAnon, el grupo de conspiración de extrema derecha. Cualquier posibilidad de que esta elección acabe con la fiebre populista republicana, como dijo una vez Obama, se ha desvanecido.

Posdemocracia

Trump, sin embargo, no ha caído del cielo. Es hijo de una globalización ciertamente asimétrica y de una sociedad falsamente informada que el sociólogo Colin Crouch denominó 'posdemocracia', y que no es otra cosa que un sistema controlado por los medios de comunicación de masas, a través de profesionales del espectáculo político, que dan apariencia de democracia a algo que no siempre lo es, aunque se acuda a las urnas cada cuatro años.

Pero si ello ocurriera, que un nuevo Trump surgiera en EEUU para reemplazar al histrión derrotado en las urnas, los republicanos enterrarían durante décadas el espíritu de presidentes como Lincoln, el primer Roosevelt y, por supuesto, alguien mucho más cercano en el tiempo como el senador John McCain, el último representante, hasta su muerte, de la dignidad de un partido.

Trump es hijo de una globalización ciertamente asimétrica y de una sociedad falsamente informada

Sería absurdo trasladar mecánicamente la situación de EEUU a España. Entre otras razones, porque Vox es un vulgar imitador de una forma de hacer política despreciable, pero conviene no olvidar lo que sucede cuando los partidos, que nacieron para canalizar el conflicto social de forma civilizada y sobre la base de buscar el bien común, no solo de los conmilitones, mutan a peor en aras de lograr resultados inmediatos. O, simplemente, se diluyen acallados por hiperliderazgos que son, en realidad, lo opuesto a la propia democracia.

Trump, de hecho, quiso convertir las elecciones de EEUU en un plebiscito sobre su persona, y lo consiguió, lo que explica la excepcional participación electoral. Pero esa estrategia solo ha conseguido polarizar el voto —de ahí la enorme participación— y crear una democracia sin matices, sin grises, que es justo lo que desean los líderes en los sistemas autoritarios, siempre más partidarios de celebrar referéndums que elecciones. La España del franquismo lo sabe bien. O yo o el caos.

Hiperliderazgos

No es un fenómeno exclusivo de EEUU ni, por supuesto, nuevo. Pero lo cierto es que algunas democracias liberales están sucumbiendo ante hiperliderazgos construidos artificialmente por profesionales del marketing político que convierten la cosa pública, y la vida interna de los partidos, en un plebiscito permanente. Es decir, su estrategia consiste en dar respuestas personalísimas —las del líder— a cuestiones complejas, lo que en definitiva es una simplificación de la política que suplanta las decisiones colectivas, que son la esencia de la democracia.

Es el líder quien lleva la iniciativa y quien siempre está en la razón, ya que, en última instancia, la propia estabilidad de la organización —sobre todo en sistemas electorales cerrados— depende de su reelección. Y cuando es elegido, como ha sucedido en EEUU, se callan u ocultan las patochadas del líder en aras de seguir en el poder.

Este vaciamiento de los partidos políticos en favor de un líder que construye los equipos de dirección a su medida —merece la pena leer el artículo de Fernández Villaverde de este sábado— es hoy la realidad en la política española.

El comité federal del PSOE es un páramo en el que nadie osa cuestionar al líder, ya que él es el único que puede garantizar un triunfo electoral, aunque sea a costa de la democracia interna o de ciertos valores arraigados en el partido desde hacía décadas; Pablo Iglesias, por su parte, ha dejado a Podemos y sus círculos como un cascarón vacío. Hueco. Sin vida. No es más que un mero envoltorio político que hoy se ha alejado de quienes impulsaron la creación del partido hace pocos años. Ciudadanos cayó en la irrelevancia porque nadie en el partido paró los pies a un Albert Rivera desmedido y fuera de sí que nunca propició un verdadero debate en la organización sobre el rumbo suicida que había tomado el partido; mientras que Casado, con apenas dos años como líder del PP, se ha encontrado con un partido en el que los barones regionales hacen de su capa un sayo. Ni siquiera ha podido ejercer el liderazgo que se le supone al presidente del principal partido de la oposición.

Culto a la personalidad

Esta debilidad de los partidos tampoco ha caído del cielo, como Trump. Es consecuencia lógica de un desgraciado culto a la personalidad construido con paciencia de orfebre por asesores de imagen y aprendices de brujo de la cosa pública que han colado por la puerta de atrás un sistema presidencialista que, para nada, desde luego en el caso español, prevé la Constitución. Y que, a la postre, se han convertido en una suerte de primeros ministros —el caso de Iván Redondo es el más evidente— que hace chirriar el sistema parlamentario, ya que sin unas competencias claras más allá de su funcionalidad orgánica no rinde cuentas ante el Congreso de los Diputados, algo que sí están obligados a hacer los ministros.

La concentración del poder en torno al líder y su 'primer ministro' no solo diluye el carácter colegiado del Consejo de Ministros, sino que liquida el debate interno de los partidos, máxime cuando el control se ejerce a través de listas cerradas que excluyen de forma deliberada a quienes cuestionan al jefe.

Esto explica, sin duda, que cada vez se hable más de movimientos —un término que recuerda inevitablemente a los feroces años 30— que de líderes o de organizaciones políticas. Trump, Bolsonaro, Salvini e, incluso, Macron o Puigdemont aparecen en la vida pública no como representantes de un partido político que discute de forma democrática la identidad de sus líderes, sino como cabezas de movimientos políticos que, en realidad, ocultan la debilidad de los partidos tradicionales, convertidos, salvo algunas excepciones, por ejemplo, en el País Vasco, en meras comparsas.

El populismo, la demagogia y la verborrea no son más que herederos de ese estado de cosas. Y, por eso, Trump ha estado cerca de ganar.

Mientras Tanto
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