Trabajo, familia y patria: el populismo se hace conservador

El populismo ha virado. Ha empezado a consolidarse en torno a principios conservadores que los hace enormemente atractivos. Tanto la derecha liberal como la socialdemocracia sufren

Foto: El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. (EFE)
El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. (EFE)
Adelantado en

Los profesores Mitchell Orenstein y Bojan Bugaric han escrito un lúcido trabajo en el que muestran cómo los populismos del Este de Europa, en particular Hungría y Polonia, han girado hacia una estrategia netamente conservadora que los ha hecho electoralmente muy atractivos.

Si hasta hace poco, las nuevas democracias nacidas tras el derrumbe del muro de Berlín se alimentaban ideológicamente de un neoliberalismo rampante que hizo a sus países muy dependientes del capital extranjero, en los últimos años, y a raíz de la anterior crisis, han optado por un programa que Orenstein y Bugaric denominan estatismo desarrollista conservador, y que recuerda necesariamente al franquismo de los 60 y 70.

Su argumentario se basa en proteger a la 'gente común' frente a las 'élites liberales' mediante políticas proteccionistas, ya sea respecto de la familia, la propiedad privada o el propio Estado. En el primer caso, fomentando políticas de natalidad con ayudas muy generosas, incluso de por vida para las mujeres que tengan cuatro hijos o más; en el segundo, endureciendo las leyes y reforzando el principio de autoridad, mientras que, en el tercero, mediante un nacionalismo económico en aras de emancipar a la nación del capital extranjero.

El hecho de que el populismo ocupe el espacio conservador es una mala noticia para la derecha tradicional, pero también para la izquierda

La combinación hábil de estas estrategias ha tenido un éxito innegable desde que Fidesz, el partido de Orbán, llegara por segunda vez al poder hace una década. Desde entonces, se han renacionalizado empresas, algo impensable en 1989 tras la caída del imperio soviético, o se han incrementado los impuestos a los bancos extranjeros, las compañías de seguros o las grandes cadenas de distribución. Todo con un objetivo: activar la mano de obra nacional frente a la inmigración. Una especie de exaltación del trabajo propio de los regímenes autoritarios.

Estas políticas, que son muy parecidas a las que se han venido aplicando en Polonia, hacen recordar, dicen los autores del estudio, al viejo eslogan del Gobierno de Vichy, que construyó su ideario en torno a tres conceptos: trabajo, familia y patria.

Un nuevo enfoque

Frente a los tópicos y los análisis superficiales, lo que acredita el estudio es que detrás de Orbán o de Ley y Justicia, el partido de Jaroslaw Kaczynski, hay mucho más que un simple movimiento populista. Lo que ha nacido es un nuevo enfoque conservador —y ahí la religión cumple un papel relevante— que arrincona a los partidos liberales y a la propia izquierda, cada vez más alejada de su ecosistema tradicional: los asalariados. O la clase obrera, como se prefiera. De hecho, tanto en Hungría como en Polonia los partidos en el Gobierno han crecido a costa de los partidos poscomunistas.

La huida hacia el conservadurismo de antiguos partidos liberales que hicieron la oposición al comunismo hace apenas 30 años es una señal de que algo ha fallado respecto de lo que se prometió en 1989. Históricamente, ha sucedido lo contrario. Partidos conservadores, como el británico, han evolucionado hacia el liberalismo en la medida que el poder les ha hecho más transversales. Robert Peel, por ejemplo, evolucionó del conservadurismo tory al liberalismo, lo que le granjeó un alejamiento de Disraeli, partidario de un proteccionismo a ultranza para mantener las esencias del imperio británico. Pero hoy nadie dudaría de que los conservadores británicos han sido históricamente liberales en el sentido continental del término.

En el mismo sentido, al menos desde Bad Godesberg, los partidos de izquierdas han virado hacia posiciones socialdemócratas para ampliar su base electoral. Y hay evidencias de que cuando no ha sucedido eso, la sociedad ha tendido a polarizarse, que es lo que sucede ahora, toda vez que ambos bloques tienden a alejarse para mostrar un perfil propio, desde luego en el caso español.

Neoconservadores

Este alejamiento del liberalismo progresista, el espacio común entra ambas posiciones políticas, explica, por ejemplo, que los conservadores británicos hayan ido dando tumbos ideológicos desde que hace poco más de una década David Cameron anunciara que el partido de Peel, Disraeli, Churchill o Thatcher abandonaba el Partido Popular Europeo (el más numeroso e influyente de Estrasburgo) para integrarse en una amalgama de partidos populistas, nacionalistas y neoconservadores, la mayoría del este de Europa. Aquel giro fue el antecedente del Brexit. El partido republicano de EEUU ha sufrido un proceso similar tras su captura por los acólitos de Trump.

El hecho de que los partidos populistas empiecen a ocupar el espacio netamente conservador es una mala noticia para los partidos de la derecha tradicional, toda vez que se achica su campo de juego y los somete a la tentación de competir en esa esquina del tablero. Pero también es un desafío para la izquierda, que no dispone de instrumentos para blindar derechos y oportunidades que hoy las democracias liberales no son capaces de garantizar. Por ejemplo, el empleo, los salarios dignos o, incluso la posibilidad de construir una familia debido a que la precariedad no es un fenómeno derivado de las crisis, sino que tiene naturaleza estructural. La derecha populista polaca, de hecho, se presenta como una ferviente defensora del Estado de bienestar, lo que ha contribuido a su éxito electoral.

El sistema económico no es capaz de cumplir sus expectativas prometidas, dejando un campo abonado al conservadurismo iliberal

Lo que ha cambiado respecto de épocas anteriores, por lo tanto, es que el descontento social, que crece a medida que se desvanecen las expectativas individuales, no se canaliza ahora a través de la derecha liberal o de la socialdemocracia clásica, sino de nuevas formaciones que o bien recuperan el viejo conservadurismo no cosmopolita de Disraeli o bien abrazan nuevos valores, como la lucha contra el cambio climático, el feminismo o la libertad sexual, que no cubre las necesidades de la clase obrera tradicional en los términos que planteaba Bernstein. Para el político alemán, la esencia de la socialdemocracia pasaba, precisamente, por aprovechar la potencia del capitalismo para crecer y así generalizar los avances sociales.

Como han advertido los profesores Sheri Berman y María Snegovaya, este desplazamiento del debate público al eje estrictamente económico y social en un contexto de crisis, beneficia a la derecha populista (ahora convertida al conservadurismo paternalista y protector) más que a la izquierda o a la derecha tradicional, toda vez que no se siente heredera de los fallos del sistema y tiene las manos libres para actuar. Incluido, en un ámbito como el de la inmigración, un terreno tradicionalmente fructífero para la izquierda, pero que, como ha sucedido en Francia, verá cómo las segundas o terceras generaciones de inmigrantes se vuelven más conservadoras como reacción defensiva ante la entrada de nuevos inmigrantes que compiten por el mismo pan.

Se trata, en realidad, de un regreso al pasado inmediatamente anterior a 1945, cuando los feroces años 30 hicieron saltar por los aires todos los resortes institucionales que canalizaban el conflicto social. El pacto histórico entre la derecha liberal y los partidos socialdemócratas en torno a la construcción del Estado de bienestar, eso que se ha llamado el contrato social, fue lo que permitió superar aquella dialéctica, pero hoy ese consenso tiende a diluirse. Probablemente, porque es el sistema económico —más allá de la correlación de fuerza que haya en cada momento para formar Gobierno— quien no es capaz de cumplir sus propias expectativas, dejando un campo abonado al conservadurismo iliberal, ya sea de derechas o de izquierdas. Es decir, un regreso al conservadurismo clásico, que nació como reacción a la revolución francesa.

Lo más paradójico, como dijo Patrick J. Deneen, es que el liberalismo ha fracasado porque ha triunfado, que es una forma de decir que algunos de los viejos paradigmas, como la globalización, tal y como se ha conocido desde que China entró en la OMC hace 20 años, o la propia arquitectura institucional del sistema político han quedado obsoletos. Hasta Hayek, poco sospechoso de socialdemócrata, ya advirtió del triste sino del conservador, de derechas o de izquierdas, cuando se ve obligado a ir a remolque de los acontecimientos.

Mientras Tanto
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
8 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios