El error Calviño

Bruselas no siempre tiene razón, ni representa necesariamente el rigor. En la anterior crisis se equivocó gravemente. La vicepresidenta corre el riesgo de cometer el mismo error de apreciación

Foto: Pleno del Congreso.
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Si usted cree que me ha entendido, dijo Alan Greenspan en una ocasión a un periodista, es que no me he explicado bien. El expresidente de la Reserva Federal, como se sabe, tenía fama de jugar con los mercados con una capacidad de persuasión prodigiosa. Hasta el punto de que los convirtió en sus aliados durante los largos años de su mandato, lo que explica que tan extraño sindicato de intereses acabará por incubar una formidable burbuja de crédito que dio origen a la anterior crisis.

Pero Greenspan, sin embargo, cuando quería, era extremadamente oscuro, y por eso respondió de aquella manera al periodista: si usted cree que me ha entendido, es que no me he explicado bien. Bernanke, su sucesor, cuenta en sus memorias que el propio Greenspan le confesó en una ocasión que cuando se declaró a su mujer, Andrea, lo hizo de forma tan ambigua que ella –corresponsal de la NBC News– tardó tiempo en comprender que lo que le estaba pidiendo era el matrimonio.

Su nombramiento adolece de un pecado original del que no es responsable y tiene que ver con el diseño del Gobierno, pensado para un tiempo sin pandemia

La vicepresidenta Calviño no ha llegado a ese extremo, pero tampoco se entiende muy bien su papel en esta crisis. Probablemente, porque su nombramiento adolece de un pecado original del que ella no es responsable y que tiene que ver con el diseño del Gobierno, pensado para un tiempo en el que no había pandemia y en él se creía que la economía española transitaría durante un largo tiempo con una velocidad de crucero del 2%, lo que habría permitido reducir la deuda pública, crear empleo y, lo que no es menos importante, aligerar la voluminosa deuda exterior de España, que representa nada menos que el 71,6% del PIB (unos 886.000 millones de euros). Una de las más altas del mundo.

Sánchez, incluso, se permitió el lujo de dividir el área económica en varios ministerios por razones de equilibrio político, lo que a la postre ha restado eficacia a la acción de Gobierno. Por ejemplo, separando Trabajo y Seguridad Social, cuando las pensiones se pagan, precisamente, con cotizaciones sociales que, a su vez, dependen del volumen de empleo, cuya regulación está en manos de Yolanda Díaz. Es decir, se optó por una vicepresidencia mermada en sus funciones en lugar de otra con más potencia política que incluyera no solo Economía, sino también Hacienda y Comercio, incorporando eso que se ha llamado la diplomacia económica. De aquellos polvos, estos lodos.

El tarro de las esencias

La pandemia, sin embargo, lo ha cambiado todo, y eso explica que las tensiones hayan aflorado en el Gobierno entre sus dos almas o, incluso, entre sus tres espíritus, como ha sugerido Ignacio Varela. Y es en este contexto en el que Calviño aparece ante la opinión pública, y ese es el rol que le ha querido dar el presidente del Gobierno, como una especie de cancerbero cuyo fin último no es dirigir el conjunto de la política económica, sino parar todos los golpes que vienen del campo contrario, léase Unidas Podemos. En definitiva, Calviño aparece como el tarro de las esencias del rigor económico frente a Garzón, Nacho Álvarez y, por supuesto, el propio Iglesias.

Ese vínculo con la capital comunitaria es lo que hace diluir el perfil político de Calviño en favor de una suerte de tecnocracia de izquierdas

Este perfil se ha construido en torno a su pasado profesional como alta funcionaria de la Comisión Europea, un cargo que, en realidad nunca fue administrativo, sino político (creció a la sombra de Almunia), lo que le da, en principio, hilo directo con la Unión Europea. Sánchez, de esta manera, aparece como el equilibrio necesario entre dos extremos: Calviño e Iglesias, como una especie de emperador romano que con su pulgar dicta los designios del Consejo de Ministros. Lo cual, dicho sea de paso, le lleva a adoptar decisiones incongruentes para satisfacer a ambos. Como revalorizar las pensiones para que no pierdan poder adquisitivo o revisar el sueldo de los empleados públicos, cuando son los colectivos más protegidos; mientras que, por el contrario, racanea con el SMI, que afecta a los sectores más precarizados: temporales o trabajadores a tiempo parcial.

Ese vínculo con la capital comunitaria es lo que hace diluir a Calviño su perfil político en favor de una suerte de tecnocracia de izquierdas avalada por Bruselas. Hasta el punto de que, a veces, no se sabe si es la mujer de negro de la Comisión Europea en España con rango ministerial o, por el contrario, defiende los intereses de la economía frente a la indisciplina fiscal de Unidas Podemos en materias como los ERTE, el salario mínimo o la reforma laboral, víctima de un debate absurdo: o todo o nada, cuando lo más razonable sería hacer una evaluación seria sobre cómo ha funcionado y a partir de ahí se hagan los cambios que se consideren más convenientes. En particular, actuando sobre la dualidad del mercado de trabajo, que ha vuelto a aflorar en esta crisis de forma cruenta.

Es decir, Calviño viene a ser la representación formal del viejo Samuelson, aquel célebre manual de política económica que ha ayudado a entender la ciencia lúgubre a generaciones de economistas y que, hoy, probablemente, está superado por nuevas tendencias que no tienen que ver solo con la pandemia, sino con cambios profundos en la estructura productiva del planeta de la mano de fenómenos como la globalización, los avances tecnológicos o el envejecimiento.

El legado de Merkel

Los bancos centrales lo saben mejor que nadie, y de ahí que hayan puesto en circulación lo que han venido en denominar políticas no convencionales, que es una forma amable de reconocer que las herramientas de análisis tradicionales no sirven. Ni, por supuesto, las recetas. El BCE tardó en entenderlo hasta que llegó Draghi enmendando la plana a la Alemania de la primera Merkel y a su escudero Schäuble, a quienes entonces, como hoy, también se la consideraba la máxima expresión del rigor económico, pero que con su estrategia –merece recordarlo para hacer un análisis serio sobre su legado– estuvo a punto de provocar el colapso del euro.

Merkel ha cambiado, y mucho; y a Calviño, desde luego, no se le pueden achacar tentaciones austericidas, ya que es una socialdemócrata convencida, pero sorprende su tendencia a arrastrar los pies cuando se plantea políticas fiscales más expansivas o un papel más determinante del sector público en la economía en tiempos de penuria para millones de españoles, y en esto coinciden tanto los sindicatos, una parte de la izquierda del PSOE, como el propio Banco de España, a la hora de tomar decisiones más ambiciosas en un contexto extraordinario, en el que el BCE está dispuesto a comprar toda la deuda que se le ponga por delante.

No hay que olvidar que España, entre los grandes, es el país que menos recursos ha destinado a ayudas directas a los agentes económicos

Exactamente, lo mismo que están haciendo la Reserva Federal, el Banco de Japón y, por supuesto, las autoridades chinas. Incluso, el FMI viene animando a los gobiernos a ser más ambiciosos en aras de evitar la destrucción del tejido productivo. O, lo que es lo mismo, se trata de impedir que una crisis sanitaria, necesariamente temporal, provoque daños estructurales irreversibles. Lo que no se salve hoy morirá definitivamente.

No hay que olvidar que España, entre los grandes, es el país que menos recursos ha destinado a ayudas directas a los agentes económicos. Obviamente, porque su espacio fiscal era más limitado de partida, pero también por esa estrategia de alinearse con lo que diga la Unión Europea, quien con los fondos Next Generation ha marcado a hierro y fuego un perímetro de actuación que probablemente sea insuficiente.

Un círculo vicioso

Como sostenía hace unos días el profesor Díaz-Giménez en el IESE, hay pocas dudas de que si España empezara a utilizar ya en 2021 los cerca de 70.000 millones asignados en forma de préstamos, otros países irían detrás y la UE no tendría más remedio que asumir objetivos más ambiciosos (EEUU está a punto de aprobar otro paquete de estímulos por casi 900.000 millones de dólares). De paso, se haría un favor al euro, ya que al convertirse la UE en el primer emisor de deuda del mundo se daría un paso de gigante en la integración financiera europea, que ha sido una de las causas de las crisis bancarias, al producirse un círculo vicioso entre deuda pública y activos en manos de los bancos nacionales.

Conviene no olvidar que no siempre Bruselas –o, lo que es lo mismo, Calviño– es sinónimo de rigor, ni siquiera de eficacia, como se demostró en la anterior crisis. Aquella estrategia equivocada no solo estuvo a punto de arruinar el euro, sino que dio alas al populismo y a la verborrea política. Un riesgo que, lejos de haberse disipado, está plenamente vigente habida cuenta de que el virus será una amenaza durante todo el año 2021. Y la tercera oleada ya parece estar aquí. Desde luego, en términos económicos, ya está causando estragos.

Es verdad que Calviño acierta destinando la mayoría de los fondos europeos a sectores con capacidad de arrastre sobre el conjunto de la economía, lo que se ha llamado sectores tractores, pero antes que el futuro está el presente. Y no es incompatible poner las bases de los que será la economía de las próximas décadas (digitalización, cambio climático o recualificación profesional) con atender las necesidades más urgentes, para lo cual se necesita ser más ambiciosos, no vaya a ser que el tren de la historia vuelva a pasar por la estación España sin detenerse.

Mientras Tanto